rosa amarilla
Poeta que no puede vivir sin el portal
Cinco añitos... María tenía cinco añitos...
Su madre la vestía con primor, era una tarde de domingo, una hermosa tarde de primavera...
Su padre había salido temprano, tenía un conierto en el paseo del pueblo.
Salieron a la calle, ella junto con su hermano pequeño y su madre, se disponían a ir a ver el concierto.
María saltaba por la calle asida de la mano de su madre, su hermito apenas andaba... los vecinos les saludaban y le acariciaban la cara, -María, que guapa vas!!!-, le decian.
María se enfurruñaba, no quería pararse, deseaba llegar a donde estaba su padre y escuchar la música, ella hacía siempre lo mismo, todos los domingos.
Veía a su padre, sonaba la música y ella bailaba entre la gente, feliz, dihosa...
Despues un rico helado, ahora de la mano de su padre...
Esa estampa, ha perdurado siempre en el alma de María, al pasar los años.
Jamás se borró de su reuerdo...
Esa María llena de vida, que no sabía lo que el destino le tenía reservado.
Esa niña llena de dicha, ignorante de las lágrimas que tendría que derramar, solo al paso de unos cuantos años...
Siempre que María se mira ahora al espejo, ve la imagen guardada al otro lado, que le habla y le sonrie
Esa María niña, vive al otro lado del cristal, para recordarle cada día, que una vez, fue feliz...
Su madre la vestía con primor, era una tarde de domingo, una hermosa tarde de primavera...
Su padre había salido temprano, tenía un conierto en el paseo del pueblo.
Salieron a la calle, ella junto con su hermano pequeño y su madre, se disponían a ir a ver el concierto.
María saltaba por la calle asida de la mano de su madre, su hermito apenas andaba... los vecinos les saludaban y le acariciaban la cara, -María, que guapa vas!!!-, le decian.
María se enfurruñaba, no quería pararse, deseaba llegar a donde estaba su padre y escuchar la música, ella hacía siempre lo mismo, todos los domingos.
Veía a su padre, sonaba la música y ella bailaba entre la gente, feliz, dihosa...
Despues un rico helado, ahora de la mano de su padre...
Esa estampa, ha perdurado siempre en el alma de María, al pasar los años.
Jamás se borró de su reuerdo...
Esa María llena de vida, que no sabía lo que el destino le tenía reservado.
Esa niña llena de dicha, ignorante de las lágrimas que tendría que derramar, solo al paso de unos cuantos años...
Siempre que María se mira ahora al espejo, ve la imagen guardada al otro lado, que le habla y le sonrie
Esa María niña, vive al otro lado del cristal, para recordarle cada día, que una vez, fue feliz...
Última edición: