Francisco Lechuga Mejia
Poeta que no puede vivir sin el portal
Cuando comencé a leer aquella novela, me llamó la atención el primer renglón en donde Marina le dice a Oscar; sólo se recuerdan las cosas que no sucedieron. No soy mucho de creer a pie juntillas lo que dicen los escritores, en ese aspecto soy un tanto como tú, la diferencia es que yo divago y pienso en lo escrito hasta formarme un juicio al que defiendo como bueno o como malo, finalmente sigo creyendo en la bendita y humana contradicción a diferencia de ti, que nunca creíste nada de los escritores que no han logrado que nadie les publique algo, ni de lo que yo te dije.
Me atrapó el sentido de las palabras de Marina -lo siento, no he dejado de ser un bobo esperanzado- quien dejó en manos de Oscar el final del libro y con ello la interrogante de qué tanto vivieron juntos y qué tanto se cerró la historia sólo en la imaginación de Oscar.
Ellos son un tanto como tú y yo, o para ser más certero, ambos son como yo. A estas alturas de la vida no sería justo que imaginara por ti o que hiciera historias de tu vida que ya no conozco aunque te extrañe a rabiar.
Sin embargo, lo mío es cosa aparte, quizá por ello me quedé con esas palabras más que con la emoción y el suspenso del libro, ya que aún ahora, a cada momento, sigo escribiendo en mi libreta la historia que vivimos juntos.
Quizás cuando escriba nuestro final no te guste, no lo sé, de lo que si estoy seguro es que a mi no me gustará, estoy cierto de que yo voy a querer mucho más, aunque en ese momento lo de más ya sea, por fin, lo de menos.
¿Recuerdas la iglesia aquella con su cinco palmeras en el atrio? no verdad, esa parte de nuestra historia la viví a solas mientras te esperaba y después cuando te fuiste. Creo que así mismo será tu recuerdo del mercado con sus aromas de guayaba, manzana, mandarina y verduras frescas, con mi saliva como agua de tanta comida y tanta hambre juntas a tu espera, o la tardanza de la mesera en el café en contra esquina de la medialuna. Ya no digamos de la estación de autobús y las siete horas de regreso con ese dolorcito amargo que siempre se queda en la boca del estomago con las despedidas. Tal vez así le ha de pasar a tu recuerdo aquel de tu carrera a la parroquia a la que, por culpa del taxista distraído, nunca llegué.
Ahora yo no sé y no lo sé con tristeza, si aquella comida al pie de la cama o aquel bailecito contigo sobre mis pies, o mi poema desluciéndose de tu piel de nácar con el agua de la ducha, en realidad hayan sucedido o forman parte de aquello que no sucedió y que según yo debió haber sucedido.
Marina muere en la novela y Oscar al parecer no se amarga con su partida, continúa con el culto que le dedicara a ella en vida, termina de escribir para bien o para mal su historia, o mejor dicho, su muy breve historia.
En ésta distancia llamada tiempo ya no sé qué sea verdad de lo nuestro o cuáles son los recuerdos que dejo en cada poema, o peor aún, cuáles son los que aún traigo atorados en la garganta, pues te llevaste tanto entre las manos, tanta mirada mía en tu mirada, tanta alma y tu aroma de manzanilla que creo que la garganta se me quedó eternamente tan seca que nunca pasaran del todo, lo que si sé es que siempre tendré una mirada nueva para mirarte de nuevo con tanto cariño, con tanto amor como aquella vez en aquella banca del parque donde vi por primera vez tu espalda con sus dos alas, tus rulos dorados, tu pequeño y mal genio y en donde creo, ya no lo sé, que jamás me esperaste.
Due.® 07.12.10
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