Loco
Poeta fiel al portal
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Cuando naces dos veces el dolor físico es algo indiferente en tu existencia. El dolor dicen es una alarma del organismo, yo más pienso que es un camino del mismo hacia lugares donde no se ha osado llegar. Y vivir sin sentir el corazón es tal vez el dolor más aguado que uno puede soportar. Por eso cuando me mezclo entre los vivos. Sus latidos me atruenan en los tímpanos cómo una sinfonía desafinada de angustia y prisa. Beethoven loco, o Tchaikovsky endemoniado creo que no serían capaces de recrear ese eco del universo en ebullición. Son hijos del agobio buscando la inercia de la vida, buscando la inmortalidad. La sangre les fluye recorriendo cada recoveco de sus células buscando la eterna respiración, la sublime ansia de ver amanecer una vez más. Qué equivocados están, la inmortalidad no es tan hermosa, ni tan brillante, tal vez sea un claroscuro digno de Rubens que confunden con un colorista Van Goth. Y ese fluido mágico es mi droga más deseada, la que saca al depredador que un día fui. Me hace rememorar todo lo que hice por conseguir sentir una vena reventando en mis fauces y mi instinto tal sólo los veía cómo simples rebaños. Bueno no a todos, pero la inmensa mayoría si sois eso, estúpidos engreídos. Me alimento de ese néctar y de otros intangibles que tienen más poder aún. No me creéis lo sé. Pero muchos siglos me contemplan y en estos momentos os estoy diciendo una de las verdades de la misma Tierra.
Mi segundo renacer fue en el cuerpo de un moroi, pero esa historia creo la escucharéis cuando sea preciso. Aún no estáis preparados incautos. Es increíble pero estoy recordando todo esto mientras esta muchacha agoniza a mis pies. Sí, supongo pensaréis que es un presa mía. No escucháis hace tiempo deje ese instinto, escuchad y no juzguéis. Los hombres caen en su miseria cuando sólo oyen a su propia desgracia. Es tan sólo una desesperada suicida que deja escapar entre un único corte sus vitalidad en rojo y metal aroma a través de sus muñecas recortadas con miedo. Es curioso no es consciente de mi presencia ahora mismo. Delira y poco a poco el sueño eterno la acoge en su dulce guadaña. Y cómo todos los suicidas tiene varios cortes hasta que la duda le hizo hincar más fuerte el filo. Esa duda que hace que la vida se amarre incluso en el desierto.
Mis dedos se impregnan del carmesí charco de miel que cada vez se hace más amplio. Una cosa es no dar caza, pero perder este oro rojo, es una tontería digna de los arrogantes. Es sólo sangre derramada y ahora me alimento de ella. Deliciosa cómo cuando recorrí los campos de Normandía, o Gettisburg. Incluso en esos campos de Jerusalén dónde los cruzados creían llegar al lugar dónde el Grial duerme. Y cuando no me alimento de otros elementos, la sangre es lo que más me mantiene en este mundo imparable. Cualquiera de mi mundo pensaría que soy un degenerado, y lo soy porque soy el más viejo de ellos y en su ignorancia son todos mis hijos. Mi nombre es innombrable pero he tenido muchos, y el que ahora me viste en este presente es: Dhaos Shelmory
Ha abierto los ojos, me ve, Veo en sus pupilas la esperanza caer.
-Ayúdame.- Y me pide que la dé ya descanso. Pero me doy la vuelta y miro las luces del fondo iluminando la noche. Me apoyo en la ventana y mis nanos en las jambas me hacen crear un nido de compasión.
¿Por qué no? Me digo y me vuelvo. Mi boca se abre para que mis colmillos hagan sus afilados trabajos, pero entonces esa joven se proyecta hacia mí y es su boca la que muerde mi cuerpo y mi sangre, sin mi permiso, es bebida. Dije qué el dolor no era algo que en mi mundo sea importante, pero si la codicia. Su vida, sus anhelos me pasan a mí memoria. Eso si duele, creo que deje de cazar por ello. Y enrabietado la separo de mí.
- Furcia insensata, no sabes que has hecho. Y su corazón quemado por mi sangre la termina de matar.
Ahora ha de renacer y por desgracia he de ser su Sire, su mentor forzado, pues una virgen que bebe de mí se convierte en un peligro para vosotros. Entre convulsiones entra en el trance de la parca y amanece. Me acerco al mirador y el sol me mece la cara. Creíais que me quemaría, pero os lo dije soy el padre de todos ellos y esa maldición no me afecta. Yo soy el que camina bajo el sol, el que sabe que la oscuridad es paz y el sol vida. Y arrodillado la aparto del la luz que la abrasaría. Ya nunca más volvería a sentir el calor en sus mejillas. Y comienzo a recordar mi historia. Oigo su corazón quebrarse, dentro de unas horas mi error retornaría a la oscuridad, nacería a la vida que no es vida. Volver de la muerte, que utopía, que deseo más humano, más canalla, más irreal. Mi mente sale de mí y comienza el recorrido de mi existencia.
Todo, todo, empezó en la Roma Imperial hace muchos siglos, en la época en que Poncio Pilatos era el gobernador de Judea, y yo un legado curtido en mil batallas de sangre e intrigas a lo largo del Imperio. Mi primer nombre, el que mis padres me pusieron allá por mi Hispania natal, cerca de Cartago Nova, fue el de Marco Claudio Marcelo . Qué más da, me conocían cómo él que sobrevivió a la lamia. Pero ese fue uno de muchos que luego asimilé en mis viajes y peripecias. Hacía años que no lo rememoraba. Y escuece ese primer recuerdo del albor de mi pena y gloria. Se ha quedado quieta ya esta insensata, ya su sangre no fluye, no resuena. Esperaré a la noche a que el dolor la despierte
Capítulo I ......... El error
Barcelona, en la actualidad.
Cuando naces dos veces el dolor físico es algo indiferente en tu existencia. El dolor dicen es una alarma del organismo, yo más pienso que es un camino del mismo hacia lugares donde no se ha osado llegar. Y vivir sin sentir el corazón es tal vez el dolor más aguado que uno puede soportar. Por eso cuando me mezclo entre los vivos. Sus latidos me atruenan en los tímpanos cómo una sinfonía desafinada de angustia y prisa. Beethoven loco, o Tchaikovsky endemoniado creo que no serían capaces de recrear ese eco del universo en ebullición. Son hijos del agobio buscando la inercia de la vida, buscando la inmortalidad. La sangre les fluye recorriendo cada recoveco de sus células buscando la eterna respiración, la sublime ansia de ver amanecer una vez más. Qué equivocados están, la inmortalidad no es tan hermosa, ni tan brillante, tal vez sea un claroscuro digno de Rubens que confunden con un colorista Van Goth. Y ese fluido mágico es mi droga más deseada, la que saca al depredador que un día fui. Me hace rememorar todo lo que hice por conseguir sentir una vena reventando en mis fauces y mi instinto tal sólo los veía cómo simples rebaños. Bueno no a todos, pero la inmensa mayoría si sois eso, estúpidos engreídos. Me alimento de ese néctar y de otros intangibles que tienen más poder aún. No me creéis lo sé. Pero muchos siglos me contemplan y en estos momentos os estoy diciendo una de las verdades de la misma Tierra.
Mi segundo renacer fue en el cuerpo de un moroi, pero esa historia creo la escucharéis cuando sea preciso. Aún no estáis preparados incautos. Es increíble pero estoy recordando todo esto mientras esta muchacha agoniza a mis pies. Sí, supongo pensaréis que es un presa mía. No escucháis hace tiempo deje ese instinto, escuchad y no juzguéis. Los hombres caen en su miseria cuando sólo oyen a su propia desgracia. Es tan sólo una desesperada suicida que deja escapar entre un único corte sus vitalidad en rojo y metal aroma a través de sus muñecas recortadas con miedo. Es curioso no es consciente de mi presencia ahora mismo. Delira y poco a poco el sueño eterno la acoge en su dulce guadaña. Y cómo todos los suicidas tiene varios cortes hasta que la duda le hizo hincar más fuerte el filo. Esa duda que hace que la vida se amarre incluso en el desierto.
Mis dedos se impregnan del carmesí charco de miel que cada vez se hace más amplio. Una cosa es no dar caza, pero perder este oro rojo, es una tontería digna de los arrogantes. Es sólo sangre derramada y ahora me alimento de ella. Deliciosa cómo cuando recorrí los campos de Normandía, o Gettisburg. Incluso en esos campos de Jerusalén dónde los cruzados creían llegar al lugar dónde el Grial duerme. Y cuando no me alimento de otros elementos, la sangre es lo que más me mantiene en este mundo imparable. Cualquiera de mi mundo pensaría que soy un degenerado, y lo soy porque soy el más viejo de ellos y en su ignorancia son todos mis hijos. Mi nombre es innombrable pero he tenido muchos, y el que ahora me viste en este presente es: Dhaos Shelmory
Ha abierto los ojos, me ve, Veo en sus pupilas la esperanza caer.
-Ayúdame.- Y me pide que la dé ya descanso. Pero me doy la vuelta y miro las luces del fondo iluminando la noche. Me apoyo en la ventana y mis nanos en las jambas me hacen crear un nido de compasión.
¿Por qué no? Me digo y me vuelvo. Mi boca se abre para que mis colmillos hagan sus afilados trabajos, pero entonces esa joven se proyecta hacia mí y es su boca la que muerde mi cuerpo y mi sangre, sin mi permiso, es bebida. Dije qué el dolor no era algo que en mi mundo sea importante, pero si la codicia. Su vida, sus anhelos me pasan a mí memoria. Eso si duele, creo que deje de cazar por ello. Y enrabietado la separo de mí.
- Furcia insensata, no sabes que has hecho. Y su corazón quemado por mi sangre la termina de matar.
Ahora ha de renacer y por desgracia he de ser su Sire, su mentor forzado, pues una virgen que bebe de mí se convierte en un peligro para vosotros. Entre convulsiones entra en el trance de la parca y amanece. Me acerco al mirador y el sol me mece la cara. Creíais que me quemaría, pero os lo dije soy el padre de todos ellos y esa maldición no me afecta. Yo soy el que camina bajo el sol, el que sabe que la oscuridad es paz y el sol vida. Y arrodillado la aparto del la luz que la abrasaría. Ya nunca más volvería a sentir el calor en sus mejillas. Y comienzo a recordar mi historia. Oigo su corazón quebrarse, dentro de unas horas mi error retornaría a la oscuridad, nacería a la vida que no es vida. Volver de la muerte, que utopía, que deseo más humano, más canalla, más irreal. Mi mente sale de mí y comienza el recorrido de mi existencia.
Todo, todo, empezó en la Roma Imperial hace muchos siglos, en la época en que Poncio Pilatos era el gobernador de Judea, y yo un legado curtido en mil batallas de sangre e intrigas a lo largo del Imperio. Mi primer nombre, el que mis padres me pusieron allá por mi Hispania natal, cerca de Cartago Nova, fue el de Marco Claudio Marcelo . Qué más da, me conocían cómo él que sobrevivió a la lamia. Pero ese fue uno de muchos que luego asimilé en mis viajes y peripecias. Hacía años que no lo rememoraba. Y escuece ese primer recuerdo del albor de mi pena y gloria. Se ha quedado quieta ya esta insensata, ya su sangre no fluye, no resuena. Esperaré a la noche a que el dolor la despierte