Jose Dominguez
Poeta asiduo al portal
El zumbido del silencio paseaba detrás de las ventanas, y la
tarde se hacia lenta y fría como las palabras enredadas en
tus labios, de placentera desnudez. Me hablabas de mí, de ti,
de tardes como hoy; de estrellas incrustadas en el techo
mirando nuestros cuerpos florecer.
Destellaban a lo lejos tenues luces que peinaban sus reflejos,
también fríos, entre las hojas de los árboles de la montaña en su
profundo azul; bondad azul que todo acogía: los silencios,
las palabras, los recuerdos y la calidez de tenerte entre mis brazos
casi adormecida de placer, y un cristalino manantial en tu mirada.
El caldero ardía insistentemente abrigando el sueño escondido
de tenernos en la inmensidad del cielo y la tierra, de la luz y las
sombras. Quemábanse también las horas, que minuto a minuto
tornaba en cenizas nuestra misteriosa tarde; silenciosa, necesaria
como el agua de mi sed, como el sueño más profundo, como el aire
que golpeaba mis pulmones, insuflados de montaña, de azul, de
cielo y de ti.
Tarde de inmensidades irrumpiendo en los sentidos, cual punto
de fuga: ínfimo, perdido en toda la faz, pero inmenso de paz,
de armonía; de labios sedosos húmedos y tibios. Tú y yo allí
aferrados a la vida, amansando ansiedad y anidando golondrinas.
El cobertor, el caldero, las prendas; mis zapatos y los tuyos,
mis sueños, mi risa y tu risa fueron la íntima melodía que
acompaño nuestra tarde de zumbidos, de frío, de luz peinada
entre ramas y frenéticas hojas de brisas, de calor y tibieza, de
pieles nuestras, de exquisito café y de todo el amor que anida
este canto sin fin. Llave de sol que abría la dulce partitura en
que se escriben los signos inconfundibles de nuestra melodía:
azul como la montaña, tibia como nuestra piel, alegre como
nuestras sonrisas, exquisita como nuestro café
JDz.
tarde se hacia lenta y fría como las palabras enredadas en
tus labios, de placentera desnudez. Me hablabas de mí, de ti,
de tardes como hoy; de estrellas incrustadas en el techo
mirando nuestros cuerpos florecer.
Destellaban a lo lejos tenues luces que peinaban sus reflejos,
también fríos, entre las hojas de los árboles de la montaña en su
profundo azul; bondad azul que todo acogía: los silencios,
las palabras, los recuerdos y la calidez de tenerte entre mis brazos
casi adormecida de placer, y un cristalino manantial en tu mirada.
El caldero ardía insistentemente abrigando el sueño escondido
de tenernos en la inmensidad del cielo y la tierra, de la luz y las
sombras. Quemábanse también las horas, que minuto a minuto
tornaba en cenizas nuestra misteriosa tarde; silenciosa, necesaria
como el agua de mi sed, como el sueño más profundo, como el aire
que golpeaba mis pulmones, insuflados de montaña, de azul, de
cielo y de ti.
Tarde de inmensidades irrumpiendo en los sentidos, cual punto
de fuga: ínfimo, perdido en toda la faz, pero inmenso de paz,
de armonía; de labios sedosos húmedos y tibios. Tú y yo allí
aferrados a la vida, amansando ansiedad y anidando golondrinas.
El cobertor, el caldero, las prendas; mis zapatos y los tuyos,
mis sueños, mi risa y tu risa fueron la íntima melodía que
acompaño nuestra tarde de zumbidos, de frío, de luz peinada
entre ramas y frenéticas hojas de brisas, de calor y tibieza, de
pieles nuestras, de exquisito café y de todo el amor que anida
este canto sin fin. Llave de sol que abría la dulce partitura en
que se escriben los signos inconfundibles de nuestra melodía:
azul como la montaña, tibia como nuestra piel, alegre como
nuestras sonrisas, exquisita como nuestro café
JDz.
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