Hector Alberto Villarruel
Poeta que considera el portal su segunda casa
MORDIÉNDOME EL ALMA
La ciega dulzura de estar vivo,
de forma feroz en cada latido,
con el pecho constelado por un oro demoníaco,
siento un idioma húmedo de equinoccio
-mordiéndome el alma-,
en la impalpable mutación de mi sangre.
Y tú, mi ciencia de extravío
que liga la tierra y el sueño,
-hechicera de mil vientos-,
tu fuerza mujer
está en cualquier límite de estrellas,
hacia la irrealidad, a la luz del delirio.
Y así, vislumbrar sobre mis ojos
tus mejillas doradas,
ante la esfinge del pan y del agua.
Me inclino ante tu grandeza
-que solicita en su vorágine-,
la más oscura célula,
leve reverbero del mundo.
Sintiendo resonar en mí
el fuerte crujido del universo.
Tú, sentada sobre una roca escarlata
y yo,
descubriendo el rocío de tus ojos
y ese olor a violetas de tu piel;
mientras el mercurio asciende al cielo
con la fiebre de las almas...
Hector Alberto Villarruel.
La ciega dulzura de estar vivo,
de forma feroz en cada latido,
con el pecho constelado por un oro demoníaco,
siento un idioma húmedo de equinoccio
-mordiéndome el alma-,
en la impalpable mutación de mi sangre.
Y tú, mi ciencia de extravío
que liga la tierra y el sueño,
-hechicera de mil vientos-,
tu fuerza mujer
está en cualquier límite de estrellas,
hacia la irrealidad, a la luz del delirio.
Y así, vislumbrar sobre mis ojos
tus mejillas doradas,
ante la esfinge del pan y del agua.
Me inclino ante tu grandeza
-que solicita en su vorágine-,
la más oscura célula,
leve reverbero del mundo.
Sintiendo resonar en mí
el fuerte crujido del universo.
Tú, sentada sobre una roca escarlata
y yo,
descubriendo el rocío de tus ojos
y ese olor a violetas de tu piel;
mientras el mercurio asciende al cielo
con la fiebre de las almas...
Hector Alberto Villarruel.