Samuel17993
Poeta que considera el portal su segunda casa
Estampa de Bautismo/Mea Pilas Todos (Esperpento Religioso)
Nos metimos en la Iglesia, como las ovejas llamadas por la campana del santuario sitiado en una plazuela del pueblo. Hoy tenemos bautismo, por lo que los no habituados a la asistencia al templo, nos vemos obligados a la “conexión divina” típica de los creyentes.
La niña, recién nacida claro, iba vestida con un vestido barato, pues hay crisis: de unos 3000€. Fue así por consejo de la familia y el párroco. ¡Pues el padre quería uno de sólo 100€!. ¡Vaya rácano y poco piadoso, además de querer poco a su hija con esa calumniosa elección! No se podía consentir. La niña fue bautizada con la mano de la madre cariñosa ahogando el cuerpo de la infanta en esa agua sagrada, bendecida por el Dios omnipotentísimo que miraría seguramente desde su santuario de las alturas a esa pequeña ricura de niña. Mientras el padre, absorto, miraba la escena que tanto recordaría hasta la borrachera de la tarde, en honor de su hija primogénita, a la cual, como todo buen padre, no haría la real gana, dejando esas magnas decisiones a la madre, como dice la tradición castellana (tan conservada en el norte).
Luego, para rematar la faena del milagro de Dios y el nacimiento, el cura, el típico con guitarrilla y medio cantante y la otra media amanerado con el toque ese de “enrollado”, se dispuso a acometer la homilía. El párroco, el pobre, no pudo evitar que su ceremonia fuera un “tontón infumables” (dicho por el vulgo). Ustedes lectores, pensaran, erróneamente, que estos ritos son como los Estados Unidos de Norteamérica y sus películas de negros en la iglesia, donde se ponen a cantar y mil más chuminadas varias. Pero no, por supuesto que no.
Fue una clase de oratoria, la cual no por antes haber dicho que su encanto era nulo hay que decir que era de gran calidad y no pecaba de detalles, centrados en la teología, pero aliviando sus mensajes apocalípticos, por aquellas mentes frágiles que venían a la iglesia por obligación de salvar sus almas y no matarlas a escuchar desgracias. En estos mensajes, destacados ante las de las impiedades, fueron expuestos: la adoración a la virginidad, el no a las mentiras, el respeto a la familia y otras más, casi todas minuciosas para quienes se quieren salvar del Infierno; mientras, el párroco miraba a los futuros confirmados, de no ir en contra de su salvación, que confesaban sin mentira alguna que estaban de acuerdo con aquellos mandatos del señor. Por lo tanto, ante esto, el mensaje estaba claro que el mensaje fue muy aceptado y respetado por esos sus fieles. Para rematar tal faena que quería advertir su mensaje, el cura concluyo: “ No sean ustedes, mis fieles devotos y beatos, unos mea pilas, es decir, no digan que aceptan el mensaje de Dios si luego me son unos pecadorcillos… ¿Entienden?
El mensaje dio sus frutos más brillantes. La primera en salir fue directa hacia su novio que le esperaba a la salida; ella ya estaba pensando en dónde ir a desabrocharse la falda y bajarse los pantalones y su ropa interior. Más atrás, me fije en una amiga de la primera en salir; la chica era la ciencia del estudio y, aún desconociendo de la Filosofía, del estoicismo, aunque fuera de dia, y la mayor parte del tiempo, pero por la noche, quitándose el maldito disfraz que la ahorcaba los instintos y sentimientos, se corrompía en una erudita medio epicúrea. Mientras, la amiga de al lado, pensaba en cómo mentir a sus padres para poder escaparse de marcha con su novio medio anarquista y medio pijo (en fin, medio perro flauta y medio chico de papa y mama liberales). Y luego, acompañando, el resto de confirmados que ya deseabas estar en “las clases religiosas” para la confirmación, para después, aún con la resignación del cura que aceptaba la situación (pobres, esos son pecados menores), se irían a beber algunos cachis –hasta emborracharse.
Más atrás del séquito o vanguardia de los futuros confirmados, iban el padre, la madre y la feliz niña, feliz por el contacto, aún sin saberlo, con Dios. El padre disfrutaba del momento y la alegría divina que le hacía recordar que, luego, debía celebrarlo con sus amigos en el puticlub, lugar habitual para él. La mujer estaba radiante y feliz, aún sabiendo que su marido se iba de putas, aún sabiendo del trato de él hacia ella misma –el trato habitual de él hacia toda mujer, para él prostitutas-, aún sabiendo de su condición de patricia, al estilo romano –herencia bien sostenida en el tiempo-, pero que se compensaba con el futuro divorcio por el cual ganaría una buena renta y paga por los servicios dados a su maridos además de mantener el apellido familiar y el cuidar y educar a la prole.
Más tarde, por último, en una especie de escalafón y como es costumbre, salió la comitiva de políticos invitados, es decir, todos. Era magna imagen; estaba desde los beatos hasta los de los partidos declaradamente anticlericales, que asistían a todo acto religioso, pero sólo por respeto, aunque fueran todos los domingos a misa y sus hijos estaban entre la vanguardia de futuros confirmados. Entre ellos, metido de vagabundo pide limosnas, estaba peloteando el profesor más experimentado de la región, tanto que estaba educando desde tiempos indómitos, tanto que parece de esos profesores de época franquista que sólo entraban por su afiliación y adoración al Régimen.
Viendo a esa estampa, me di cuenta, tenía razón el cura: ¡Todos son unos mea pilas!
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