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Cierto mi querida poetisa que hay personas así. Un beso para ti.Sol de mañana;3454438 dijo:BELLISIMA prosa, muy entretenida, muy reflexiva, hay personas asi, abrazos y estrellitas.
Muchas gracias mi querida Yaneth por tu fidelidad con mis relatos. celebro que te haya gustado. Un beso.jajajjajaja que final tan inesperado mi apreciado Dulcinista, la verdad que tus prosas se están convirtiendo en un verdadero deleite para mi, agradecida por tu invitación. Preciosa prosa, excelentes recursos literarios. Muy bueno. Saludos y estrellas. Besos con mucho cariño.
Eladio,
Me encanta como te introduces en las mentes de las mujeres (y más de esa época) para plasmar tu muy buena prosa.
¿ Cuáles son las trampas de ratones de hoy día?... a lo mejor parecidas pero mas audaces y sistematizadas. :::sorpresa1:::
En fin... pobres ratoncitos tiernos... y ellos tan santos y puros jejeje:::blush:::
Abrazos a tu corazón. Osa.
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Camellia Hayes se había casado muy joven con el capitán Thomas Anderson y había sido todo lo feliz que puede ser una mujer joven casada con un militar. En su matrimonio no había habido imaginación y fueron contadas las noches en que alcanzó el verdadero placer. Con su marido nunca sintió verdadera pasión. Cuando le anunciaron que el capitán había muerto al caer del caballo rompió a llorar, pero el mismo día del entierro, por la noche, sintió su alma aliviada de un peso del que creía imposible deshacerse.
Como es bien sabido que las amigas están para cuando se les necesita pero también para cuando no se les llama, Cecile Hall fue un gran apoyo para ella en esos tristes momentos.
Camellia Hayes aún era joven cuando se quedó viuda, y albergaba en su corazón el deseo de compartir sus noches con algún joven bien posicionado.
Solía levantarse tarde, con el convencimiento de que alargando las horas de sueño alargaría también su vida y aumentaría la belleza de su cuerpo, con lo que le sería más fácil encontrar un marido que le conviniera. Conseguir un nuevo marido se había convertido para ella en un obsesión.
- Señora, su pelo brilla como si fuese de oro - la halagó Allison, la doncella que llevava a su servicio desde que se casó con el capitán, mientras le peinaba los cabellos frente a un antiguo espejo.
- Gracias, querida, haces muy bien tu trabajo - contestó Camellia.
Antes de comer solía pasar algún tiempo en la biblioteca. Estaba leyendo un libro de poemas de John Donne cuando apareció el mayordomo.
- Señora, en la bodega hay un ratón. Le hemos puesto una trampa, pero el maldito se las sabe todas y no acaba de caer en ella - informó.
- Esperemos que caiga tarde o temprano - dijo Camellia.
- Además, acaba de llamar su amiga Alyssa anunciando que no podrá acompañarla a la ópera - continuó el mayordomo.
- Supongo que no se le habrá ocurrido mandar las entradas -comentó Camellia con fastidio.
- Nadie ha traído nada, señora - contestó el mayordomo.
- LLame a su casa, quizás todavía puedan traerlas - dijo Camellia convencida de que eso era imposible.
- LLamaré yo mismo - anunció el mayordomo.
- Puedes retirarte - ordenó Camellia.
Richard, que así se llamaba el mayordomo, manejaba la casa con mano de hierro, y si tenía que despedir a algún criado lo despedía sin que le temblara el pulso. Además, era un erudito en literatura isabelina, y algunas veces Camellia lo había sorprendido declamando poemas de Thomas Wyatt. Esta afición de Richard por la poesia lo había convertido en una persona imprescindible para Camellia. Conversar con él sobre literatura era uno de los pocos alicientes que ella le encontraba a la vida, eso y asistir a la ópera de vez en cuando. Aunque a decir verdad, su mayor prioridad en esos momentos era asistir a las fiestas y bailes que daban sus amigas y conocer a jóvenes como August Baker, al que había conocido en uno de los últimos bailes a los que había asistido. Lo que más le atraía de él era su privilegiada situación económica, ya que su padre era el dueño de uno de los mayores bancos de Inglaterra.
Después de comer, salió al jardin a contemplar el colorido de las innumerables flores. Recordó que su marido las odiaba y que por ese motivo su tumba permanecía sin una sola flor que alegrara su descanso eterno.
- Señora - anunció Richard - está aquí su amiga Cecile. Nadie contesta en casa de Alyssa Sanders. Me temo que se quedará usted sin ir a la ópera.
Cecile Hall había sido su confidente cuando se casó con el capitán Thomas Anderson y lo seguía siendo ahora que la muerte la había librado de él.
- Querida - dijo Cecile - este año tus rosas están preciosas. Sin embargo, las mías no acaban de gustarme, es como si no tuvieran perfume, o si lo tienen está como apagado. Creo que tendré que cambiar de jardinero.
- Ya sabía yo que no se podía confiar en Alyssa. Nos la ha vuelto a jugar. Nos hemos quedado sin poder ir a la ópera. Ha desaparecido, y con ella las entradas - habló Camellia.
- Supongo que nos esperan unas largas y apasionanres partidas de bridge - dijo Cecile con ironía.
- No pasaremos la noche con unas tontas partidas de cartas. Iremos a la fiesta de los Sanders. Rechacé la invitación porque quería asistir a la ópera, pero Aurelia lo comprenderá, no será capaz de decirle que no a una buena amiga - contestó Camellia.
- Pero querida, yo no estaba invitada a la fiesta - dijo Cecile.
- No debes preocuparte por eso, si me acompañas estás invitada - contestó Camellia con convicción.
Pasaron la tarde en la biblioteca, hablando sobre el joven August Baker y las posibilidades que tenía Camellia de conseguir su amor.
- Iré a vestirme para la fiesta. Tú no necesitas cambiar nada en tu atuendo, estás radiante - dijo camellia.
- Querida, si hoy no cae rendido a tus pies es que es de hielo - contestó Cecile cuando apareció su amiga con un vestido más atrevido de lo habitual.
Camellia se pasó toda la noche mirando al joven August Baker, esperando que este se decidiese a acercarse, pero él lo único que hizo fue charlar con sus amigos y beber una copa tras otra. Tan solo al final, cuando todos sus amigos se habían marchado, se acercó a la sobrina de su amiga Alyssa para invitarla a bailar, con lo que Camellia pudo comprobar que el joven había bebido demasiado para poder apreciar sus dotes de bailarin.
- Bebe mucho, seguro que no sería un buen amante. Casi con toda seguridad, entiende más de licores que de los juegos necesarios para satisfacer a una mujer - comentó Cecile.
- Querida, pero beba o no beba su padre sigue siendo el mismo - contestó Camellia con un tono de voz apagado.
Al terminar la fiesta y salir a la calle, vieron que estaba allí el joven August Baker esperando algo o a alguien. Poco después apareció un coche de caballos.
- Quizás pudiese usted hacernos el favor de que su cochero nos llevase a casa - le dijo Camellia acercándosele.
- Eso va a ser imposible, señoras, tengo mucha prisa y los caballos están cansados - contestó el joven mientras se subía al coche.
Cuando apareció la sobrina de su amiga Alyssa del brazo de otra joven y las dos subieron al coche, Camellia supo que había perdido la partida.
Cuando las dos llegaron a casa de Camellia después de andar cerca de una milla, a Cecile le pareció notar en el rostro de su amiga algo parecido a la tristeza y en sus ojos azules un brillo como de rabia.
Cecile pasó toda la noche dormida, al contrario que Camellia, que una especie de pensamiento recurrente no le dejó dormir en toda la noche. Se levantó más temprano que de costumbre. Mientras desayunaban, apareció Richard.
- Señora, el ratón por fin ha caído en la trampa - dijo con una voz en la que se notaba su alegría.
- Creo que no ha caído y según parece nunca caerá - dijo Cecile.
- ¿ Cómo dice, señora ? - preguntó el mayordomo con asombro.
- Son cosas mías, no decía nada - contestó Cecile- Hay gatas que solo son capaces de cazar un ratón cuando este ya está muerto.
Eladio Parreño Elías
6-Junio-2011
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Camellia Hayes se había casado muy joven con el capitán Thomas Anderson y había sido todo lo feliz que puede ser una mujer joven casada con un militar. En su matrimonio no había habido imaginación y fueron contadas las noches en que alcanzó el verdadero placer. Con su marido nunca sintió verdadera pasión. Cuando le anunciaron que el capitán había muerto al caer del caballo rompió a llorar, pero el mismo día del entierro, por la noche, sintió su alma aliviada de un peso del que creía imposible deshacerse.
Como es bien sabido que las amigas están para cuando se les necesita pero también para cuando no se les llama, Cecile Hall fue un gran apoyo para ella en esos tristes momentos.
Camellia Hayes aún era joven cuando se quedó viuda, y albergaba en su corazón el deseo de compartir sus noches con algún joven bien posicionado.
Solía levantarse tarde, con el convencimiento de que alargando las horas de sueño alargaría también su vida y aumentaría la belleza de su cuerpo, con lo que le sería más fácil encontrar un marido que le conviniera. Conseguir un nuevo marido se había convertido para ella en un obsesión.
- Señora, su pelo brilla como si fuese de oro - la halagó Allison, la doncella que llevava a su servicio desde que se casó con el capitán, mientras le peinaba los cabellos frente a un antiguo espejo.
- Gracias, querida, haces muy bien tu trabajo - contestó Camellia.
Antes de comer solía pasar algún tiempo en la biblioteca. Estaba leyendo un libro de poemas de John Donne cuando apareció el mayordomo.
- Señora, en la bodega hay un ratón. Le hemos puesto una trampa, pero el maldito se las sabe todas y no acaba de caer en ella - informó.
- Esperemos que caiga tarde o temprano - dijo Camellia.
- Además, acaba de llamar su amiga Alyssa anunciando que no podrá acompañarla a la ópera - continuó el mayordomo.
- Supongo que no se le habrá ocurrido mandar las entradas -comentó Camellia con fastidio.
- Nadie ha traído nada, señora - contestó el mayordomo.
- LLame a su casa, quizás todavía puedan traerlas - dijo Camellia convencida de que eso era imposible.
- LLamaré yo mismo - anunció el mayordomo.
- Puedes retirarte - ordenó Camellia.
Richard, que así se llamaba el mayordomo, manejaba la casa con mano de hierro, y si tenía que despedir a algún criado lo despedía sin que le temblara el pulso. Además, era un erudito en literatura isabelina, y algunas veces Camellia lo había sorprendido declamando poemas de Thomas Wyatt. Esta afición de Richard por la poesia lo había convertido en una persona imprescindible para Camellia. Conversar con él sobre literatura era uno de los pocos alicientes que ella le encontraba a la vida, eso y asistir a la ópera de vez en cuando. Aunque a decir verdad, su mayor prioridad en esos momentos era asistir a las fiestas y bailes que daban sus amigas y conocer a jóvenes como August Baker, al que había conocido en uno de los últimos bailes a los que había asistido. Lo que más le atraía de él era su privilegiada situación económica, ya que su padre era el dueño de uno de los mayores bancos de Inglaterra.
Después de comer, salió al jardin a contemplar el colorido de las innumerables flores. Recordó que su marido las odiaba y que por ese motivo su tumba permanecía sin una sola flor que alegrara su descanso eterno.
- Señora - anunció Richard - está aquí su amiga Cecile. Nadie contesta en casa de Alyssa Sanders. Me temo que se quedará usted sin ir a la ópera.
Cecile Hall había sido su confidente cuando se casó con el capitán Thomas Anderson y lo seguía siendo ahora que la muerte la había librado de él.
- Querida - dijo Cecile - este año tus rosas están preciosas. Sin embargo, las mías no acaban de gustarme, es como si no tuvieran perfume, o si lo tienen está como apagado. Creo que tendré que cambiar de jardinero.
- Ya sabía yo que no se podía confiar en Alyssa. Nos la ha vuelto a jugar. Nos hemos quedado sin poder ir a la ópera. Ha desaparecido, y con ella las entradas - habló Camellia.
- Supongo que nos esperan unas largas y apasionanres partidas de bridge - dijo Cecile con ironía.
- No pasaremos la noche con unas tontas partidas de cartas. Iremos a la fiesta de los Sanders. Rechacé la invitación porque quería asistir a la ópera, pero Aurelia lo comprenderá, no será capaz de decirle que no a una buena amiga - contestó Camellia.
- Pero querida, yo no estaba invitada a la fiesta - dijo Cecile.
- No debes preocuparte por eso, si me acompañas estás invitada - contestó Camellia con convicción.
Pasaron la tarde en la biblioteca, hablando sobre el joven August Baker y las posibilidades que tenía Camellia de conseguir su amor.
- Iré a vestirme para la fiesta. Tú no necesitas cambiar nada en tu atuendo, estás radiante - dijo camellia.
- Querida, si hoy no cae rendido a tus pies es que es de hielo - contestó Cecile cuando apareció su amiga con un vestido más atrevido de lo habitual.
Camellia se pasó toda la noche mirando al joven August Baker, esperando que este se decidiese a acercarse, pero él lo único que hizo fue charlar con sus amigos y beber una copa tras otra. Tan solo al final, cuando todos sus amigos se habían marchado, se acercó a la sobrina de su amiga Alyssa para invitarla a bailar, con lo que Camellia pudo comprobar que el joven había bebido demasiado para poder apreciar sus dotes de bailarin.
- Bebe mucho, seguro que no sería un buen amante. Casi con toda seguridad, entiende más de licores que de los juegos necesarios para satisfacer a una mujer - comentó Cecile.
- Querida, pero beba o no beba su padre sigue siendo el mismo - contestó Camellia con un tono de voz apagado.
Al terminar la fiesta y salir a la calle, vieron que estaba allí el joven August Baker esperando algo o a alguien. Poco después apareció un coche de caballos.
- Quizás pudiese usted hacernos el favor de que su cochero nos llevase a casa - le dijo Camellia acercándosele.
- Eso va a ser imposible, señoras, tengo mucha prisa y los caballos están cansados - contestó el joven mientras se subía al coche.
Cuando apareció la sobrina de su amiga Alyssa del brazo de otra joven y las dos subieron al coche, Camellia supo que había perdido la partida.
Cuando las dos llegaron a casa de Camellia después de andar cerca de una milla, a Cecile le pareció notar en el rostro de su amiga algo parecido a la tristeza y en sus ojos azules un brillo como de rabia.
Cecile pasó toda la noche dormida, al contrario que Camellia, que una especie de pensamiento recurrente no le dejó dormir en toda la noche. Se levantó más temprano que de costumbre. Mientras desayunaban, apareció Richard.
- Señora, el ratón por fin ha caído en la trampa - dijo con una voz en la que se notaba su alegría.
- Creo que no ha caído y según parece nunca caerá - dijo Cecile.
- ¿ Cómo dice, señora ? - preguntó el mayordomo con asombro.
- Son cosas mías, no decía nada - contestó Cecile- Hay gatas que solo son capaces de cazar un ratón cuando este ya está muerto.
Eladio Parreño Elías
6-Junio-2011
Amiga, equivocó el rumbo y la estrategia. Los ratones son de por sí esquivos y desconfiados. Un beso y gracias por tu comentario.¡Felicitaciones querido amigo! Tu relato me ha mantenido suspendida.
Parece que ésta gatita no sabía ronronear. La viudita alegre supongo picaba alto
y el caballero quería "fiesta"...
Mi opinión es que equivocó el rumbo, sólo buscaba alguien con quien casarse;
el compañero excelente lo tenía al lado: el mayordomo, obviamente ni se le cruzaba por la mente a la dama.
Se olvidó que debía divertirse antes de meterse en complicaciones y ataduras ¡ja ja ja!
Los hombres "huelen" a las casamenteras y...¡huyen despavoridos!
¡Hay que ser pavota!
Las gatitas no deben olvidar que hay que jugar con el ratón, esperar...seguir jugando... hasta cansarlo y ¡Zas! "Un palo y a la bolsa" ¡ja ja!
Bueno amigo, eres muy bueno relatando. Estoy engripada y bastante mal.
¡Felicitaciones por tu magnífico relato!
¡Besos, mariposas y estrellas radiantes mi querido amigo poeta!
Gracias amiga Cinarizina, celebro que te haya gustado. Un beso.Dulcinista, amigo mio, me encantó tu historia, te dejo un fuerte abrazo y un montón de estrellas.
Gracias amigo por tu fidelidad con mis escritos. Te mando un abrazo.Buenas tardes dulcinista. Muchas gracias por la invitación. Es todo un placer y un regalo que no tiene precio el poder leer tus cuentos-narraciones breves. Sabes que siempre te lo digo, que tienes un don para crear ambiente, para transportar al lector a un mundo, un tiempo en concreto... desde el primer momento en que uno se pone a leer es incapaz de parar... y los personajes los perfilas muy bien. En cuanto al tema de la narración, ciertamente me ha gustado mucho la "moraleja" final. A ver si algún día podemos disfrutar de todos estos cuentos tuyos unidos en un compendio... ¡Si algún día lo haces me lo dices que aquí tienes a un admirador declarado! ¡Gracias por entretenerme haciendome pensar! Saludos![]()
Gracias amigo Cesar por tu comentario. Celebro que te haya gustado.Audaces Fortuna Juvat!
Muy buenas líneas Eladio.
Con excelente entramado y descenlace.
Gracias por compartirlas.
Un abrazo.
Cierto, a esa ratón no había quien lo cazara. Un beso. Gracias por tu comentario.Que fuerte el final,para esa mujer cazadora!... será que ese ratón era muy escurridizo, jejej. un gusto leerte dulcinista.
Un abrazo
Gracias amiga Rosa, celebro que disfrutes con mis relatos, para eso los escribo. Gracias por tu comentario. Un beso.Cada vez disfruto mas de tus historias amigo dulcinista
me encantó asi como el final un ratoncito inteligente.
Saludos y estrellas millll
Cierto, mi querida alzahara, este no es macabro ni de terror. Gracias por tu amabilidad con mis relatos. Celebro que te guste, Un beso para ti.Me encantan tus relatos, este no es escabroso, pero igual hace alusión a comportamientos errados que dejan reflexión, mejor no poner trampas ni andar de cacería, eso para algunas no es seductor...tu narrativa es muy entretenida...la imagen que escogiste ni se diga.
Abrazos cálidos desde mi terruño
Alzahara
Gracias, amiga. Un beso.Como siempre un placer leerte
besos y estrellas
Rosario
Gracias mi querida Bet. Cazadoras ha habido y habrá siempre, y también ratones escurridizos jajaja. Un beso.Muy buen relato!!! me encanta tu forma docil y suave de narrar y mantener la atención de principio a fin.. !Bravo!
Menos mal que las mujeres de ahora no piensan igual... jajajaj.. ¡O si?... jajajaj
Besitos, amigo mio........... genial relato que me ha hecho disfrutar de un rato encantador.... con cariño.... Bet
Gracias amiga por tu comentario. Un beso.HAY GATAS QUE SOLO SON CAPACES DE CAZAR UN RATON CuANDO ESTE YA ESTA MUERTO.
Me sento bastante bien esta frace.
jajjaja
y muchas gracias por tu detalle.
Gracias amiga por tus halagos. Un beso y gracias por tu comentario.Querido Dulcinista,todos tus relatos son geniales.
Este entra en la colección de tu peculiar estilo que
es maravilloso.
Besos y estrellas poeta.
Cierto, pero se dejó atrapar por la gata que él quería que lo atrapase, no por la que lo quería atrapara a él. Un beso para ti, mi estimada susi.Me alegro por el ratón... pero creo que otra gata le atrapó jejejee........... Estupendo y ameno relato, dulci.
Muchas gracias, amiga Erina, celebro que te haya gustado mi relato. Un beso.Me ha gustado muchísimo, sobretodo el final. Mis felicitaciones ^^
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