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Empujaron el coche hasta sacarlo fuera de la carretera. Lo dejaron en un camino, debajo de unos árboles. Llovía como si no lo hubiese hecho nunca.
-Hay días que es mejor no levantarse- pensó César.
Caminaron hacia las luces que se veían en la lejanía, con la esperanza de encontrar allí algún sitio donde guarecerse de la lluvia y pasar la noche. El viento húmedo del norte les azotaba la cara y les helaba las manos; para colmo, César, llevaba ropas de primavera: cómo iba él a suponer que de pronto se pusiese a llover como si fuese enero. Oía con fastidio los reproches de su mujer: no será porque no te dije que no te fiaras del tiempo, pero claro, con esa manía tuya de llevarte siempre el gato al agua no le haces caso a nadie. Pensó en la calefacción del coche que hasta hacía unos instantes había calentado sus miembros. Llegaron al pueblo ateridos y demacrados. Su mujer parecía fatigada, aunque aparentemente no tenía frío. Supusieron que allí difícilmente podrían encontrar un hotel. Buscaron una pensión. En las afueras encontraron una. Les desalentó la ausencia de luces, también que el portón de entrada estuviese cerrado. Llamaron a la puerta. Oyeron pasos y vieron a un hombre mirándolos a través de los cristales de la parte de arriba de la puerta. Entreabrió, manteniendo la cadena de seguridad echada. No preguntó nada. Esperó a que fuesen ellos los primeros en hablar.
-Necesitamos una habitación para esta noche- dijo César.
-Todavía no admitimos inquilinos- contestó el hombre sucintamente.
-Pero no le pedimos ninguna clase de comodidad, tan solo un lugar donde protegernos de la lluvia- imploró César.
-Lo siento, me es imposible ayudarles,- contestó - inténtenlo en casa de la Chata, su pensión es amplia y ella está sola; otras veces ha ayudado a personas que se encontraban en la misma situación que ustedes se encuentran ahora.
Cerró la puerta y lo vieron perderse en la oscuridad y la calidez de la pensión.
Su mujer dijo que tenía un calor insoportable, que un abrigo como aquel no era adecuado para el mes de abril y que debería haberse llevado uno más liviano.
Buscaron la pensión recomendada por el hombre. Llegaron a una calle pavimentada con adoquines. Al final de esa calle se encontraba la pensión la Chata. La dueña, una mujer de mediana edad, atlética y alta, les permitió que pasaran la noche en una de las habitaciones, aunque- les informó- la única habitable que había en ese momento era una sin calefacción y por cuya ventana entraba la lluvia y el viento. Su mujer dijo, si tiene techo nos servirá para pasar la noche. César, aunque no opinaba lo mismo, no dijo nada, por miedo quizás a contrariar a la dueña; quizás también porque no quería parecer un desagradecido.
La pieza estaba en el segundo piso. Era tal y como la había descrito la dueña: fría y por la ventana entraba el viento y la lluvia. César se sintió reconfortado al pensar en la agradable sensación de la cálida agua de la ducha sobre su piel. Aún no sabía que no había agua caliente; tampoco sabía que por las noches se oían pasos recorriendo parsimoniosamente el pasillo. Su mujer se quitó el abrigo y pudo ver sus ropas secas. Él se quitó el pantalón y la camisa que dejaron en el suelo un diminuto río de agua. Los colgó en una percha de madera carcomida, cuyas patas estaban desniveladas.
En la cama se abrazó a su mujer para entrar en calor. Ella lo rechazó con un gruñido de desaprobación y de fastidio. Se separó. Oyó pasos en el pasillo y sintió curiosidad. Se levantó y abrió la chirriante puerta. No vio a nadie, aunque seguían oyéndose los pasos. Parecían venir de la parte derecha. La exploró. Vio innumerables puertas que conducían a inextricables pasillos que contenían muchas puertas que daban a pequeñas habitaciones. Rústicas lámparas de aceite alumbraban lo que parecía un laberinto. Encontró dos escaleras: una bajaba a un sótano donde se repetía la misma sucesión de puertas y pasillos; la otra conducía al piso superior constituido por una vasta pieza circular. La amplitud de todo lo que veía hizo que se olvidara de los pasos. Comenzó a sentir frío. La cara le ardía. Pensó que tal vez estuviese soñando y que al despertar estaría en su cama de siempre, y tras levantarse iría a la oficina y luego comería en el restaurante de costumbre, y al llegar la noche, dormiría plácidamente abrazado a su mujer. Sintió que la fiebre se apoderaba de sus sentidos. Creyó ver pasar junto a él un tigre. No se asustó, ahora era un valiente, un héroe. Notaba la garganta seca y los ojos ardientes. No era consciente de que sus miembros empezaban a temblar; tampoco del peligro que corría haciéndole cara al tigre. La fiera se abalanzó sobre él. Pelearon a mordiscos, con las garras, con las uñas.
La mañana amaneció soleada, aunque eso poco le importaba a César, que yacía en el suelo, junto a la cama donde dormía su mujer, muerto, el cuerpo destrozado y ensangrentado, como si mientras dormía hubiese peleado con una fiera.
Eladio Parreño Elías
28-Noviembre-1994
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Empujaron el coche hasta sacarlo fuera de la carretera. Lo dejaron en un camino, debajo de unos árboles. Llovía como si no lo hubiese hecho nunca.
-Hay días que es mejor no levantarse- pensó César.
Caminaron hacia las luces que se veían en la lejanía, con la esperanza de encontrar allí algún sitio donde guarecerse de la lluvia y pasar la noche. El viento húmedo del norte les azotaba la cara y les helaba las manos; para colmo, César, llevaba ropas de primavera: cómo iba él a suponer que de pronto se pusiese a llover como si fuese enero. Oía con fastidio los reproches de su mujer: no será porque no te dije que no te fiaras del tiempo, pero claro, con esa manía tuya de llevarte siempre el gato al agua no le haces caso a nadie. Pensó en la calefacción del coche que hasta hacía unos instantes había calentado sus miembros. Llegaron al pueblo ateridos y demacrados. Su mujer parecía fatigada, aunque aparentemente no tenía frío. Supusieron que allí difícilmente podrían encontrar un hotel. Buscaron una pensión. En las afueras encontraron una. Les desalentó la ausencia de luces, también que el portón de entrada estuviese cerrado. Llamaron a la puerta. Oyeron pasos y vieron a un hombre mirándolos a través de los cristales de la parte de arriba de la puerta. Entreabrió, manteniendo la cadena de seguridad echada. No preguntó nada. Esperó a que fuesen ellos los primeros en hablar.
-Necesitamos una habitación para esta noche- dijo César.
-Todavía no admitimos inquilinos- contestó el hombre sucintamente.
-Pero no le pedimos ninguna clase de comodidad, tan solo un lugar donde protegernos de la lluvia- imploró César.
-Lo siento, me es imposible ayudarles,- contestó - inténtenlo en casa de la Chata, su pensión es amplia y ella está sola; otras veces ha ayudado a personas que se encontraban en la misma situación que ustedes se encuentran ahora.
Cerró la puerta y lo vieron perderse en la oscuridad y la calidez de la pensión.
Su mujer dijo que tenía un calor insoportable, que un abrigo como aquel no era adecuado para el mes de abril y que debería haberse llevado uno más liviano.
Buscaron la pensión recomendada por el hombre. Llegaron a una calle pavimentada con adoquines. Al final de esa calle se encontraba la pensión la Chata. La dueña, una mujer de mediana edad, atlética y alta, les permitió que pasaran la noche en una de las habitaciones, aunque- les informó- la única habitable que había en ese momento era una sin calefacción y por cuya ventana entraba la lluvia y el viento. Su mujer dijo, si tiene techo nos servirá para pasar la noche. César, aunque no opinaba lo mismo, no dijo nada, por miedo quizás a contrariar a la dueña; quizás también porque no quería parecer un desagradecido.
La pieza estaba en el segundo piso. Era tal y como la había descrito la dueña: fría y por la ventana entraba el viento y la lluvia. César se sintió reconfortado al pensar en la agradable sensación de la cálida agua de la ducha sobre su piel. Aún no sabía que no había agua caliente; tampoco sabía que por las noches se oían pasos recorriendo parsimoniosamente el pasillo. Su mujer se quitó el abrigo y pudo ver sus ropas secas. Él se quitó el pantalón y la camisa que dejaron en el suelo un diminuto río de agua. Los colgó en una percha de madera carcomida, cuyas patas estaban desniveladas.
En la cama se abrazó a su mujer para entrar en calor. Ella lo rechazó con un gruñido de desaprobación y de fastidio. Se separó. Oyó pasos en el pasillo y sintió curiosidad. Se levantó y abrió la chirriante puerta. No vio a nadie, aunque seguían oyéndose los pasos. Parecían venir de la parte derecha. La exploró. Vio innumerables puertas que conducían a inextricables pasillos que contenían muchas puertas que daban a pequeñas habitaciones. Rústicas lámparas de aceite alumbraban lo que parecía un laberinto. Encontró dos escaleras: una bajaba a un sótano donde se repetía la misma sucesión de puertas y pasillos; la otra conducía al piso superior constituido por una vasta pieza circular. La amplitud de todo lo que veía hizo que se olvidara de los pasos. Comenzó a sentir frío. La cara le ardía. Pensó que tal vez estuviese soñando y que al despertar estaría en su cama de siempre, y tras levantarse iría a la oficina y luego comería en el restaurante de costumbre, y al llegar la noche, dormiría plácidamente abrazado a su mujer. Sintió que la fiebre se apoderaba de sus sentidos. Creyó ver pasar junto a él un tigre. No se asustó, ahora era un valiente, un héroe. Notaba la garganta seca y los ojos ardientes. No era consciente de que sus miembros empezaban a temblar; tampoco del peligro que corría haciéndole cara al tigre. La fiera se abalanzó sobre él. Pelearon a mordiscos, con las garras, con las uñas.
La mañana amaneció soleada, aunque eso poco le importaba a César, que yacía en el suelo, junto a la cama donde dormía su mujer, muerto, el cuerpo destrozado y ensangrentado, como si mientras dormía hubiese peleado con una fiera.
Eladio Parreño Elías
28-Noviembre-1994
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Empujaron el coche hasta sacarlo fuera de la carretera. Lo dejaron en un camino, debajo de unos árboles. Llovía como si no lo hubiese hecho nunca.
-Hay días que es mejor no levantarse- pensó César.
Caminaron hacia las luces que se veían en la lejanía, con la esperanza de encontrar allí algún sitio donde guarecerse de la lluvia y pasar la noche. El viento húmedo del norte les azotaba la cara y les helaba las manos; para colmo, César, llevaba ropas de primavera: cómo iba él a suponer que de pronto se pusiese a llover como si fuese enero. Oía con fastidio los reproches de su mujer: no será porque no te dije que no te fiaras del tiempo, pero claro, con esa manía tuya de llevarte siempre el gato al agua no le haces caso a nadie. Pensó en la calefacción del coche que hasta hacía unos instantes había calentado sus miembros. Llegaron al pueblo ateridos y demacrados. Su mujer parecía fatigada, aunque aparentemente no tenía frío. Supusieron que allí difícilmente podrían encontrar un hotel. Buscaron una pensión. En las afueras encontraron una. Les desalentó la ausencia de luces, también que el portón de entrada estuviese cerrado. Llamaron a la puerta. Oyeron pasos y vieron a un hombre mirándolos a través de los cristales de la parte de arriba de la puerta. Entreabrió, manteniendo la cadena de seguridad echada. No preguntó nada. Esperó a que fuesen ellos los primeros en hablar.
-Necesitamos una habitación para esta noche- dijo César.
-Todavía no admitimos inquilinos- contestó el hombre sucintamente.
-Pero no le pedimos ninguna clase de comodidad, tan solo un lugar donde protegernos de la lluvia- imploró César.
-Lo siento, me es imposible ayudarles,- contestó - inténtenlo en casa de la Chata, su pensión es amplia y ella está sola; otras veces ha ayudado a personas que se encontraban en la misma situación que ustedes se encuentran ahora.
Cerró la puerta y lo vieron perderse en la oscuridad y la calidez de la pensión.
Su mujer dijo que tenía un calor insoportable, que un abrigo como aquel no era adecuado para el mes de abril y que debería haberse llevado uno más liviano.
Buscaron la pensión recomendada por el hombre. Llegaron a una calle pavimentada con adoquines. Al final de esa calle se encontraba la pensión la Chata. La dueña, una mujer de mediana edad, atlética y alta, les permitió que pasaran la noche en una de las habitaciones, aunque- les informó- la única habitable que había en ese momento era una sin calefacción y por cuya ventana entraba la lluvia y el viento. Su mujer dijo, si tiene techo nos servirá para pasar la noche. César, aunque no opinaba lo mismo, no dijo nada, por miedo quizás a contrariar a la dueña; quizás también porque no quería parecer un desagradecido.
La pieza estaba en el segundo piso. Era tal y como la había descrito la dueña: fría y por la ventana entraba el viento y la lluvia. César se sintió reconfortado al pensar en la agradable sensación de la cálida agua de la ducha sobre su piel. Aún no sabía que no había agua caliente; tampoco sabía que por las noches se oían pasos recorriendo parsimoniosamente el pasillo. Su mujer se quitó el abrigo y pudo ver sus ropas secas. Él se quitó el pantalón y la camisa que dejaron en el suelo un diminuto río de agua. Los colgó en una percha de madera carcomida, cuyas patas estaban desniveladas.
En la cama se abrazó a su mujer para entrar en calor. Ella lo rechazó con un gruñido de desaprobación y de fastidio. Se separó. Oyó pasos en el pasillo y sintió curiosidad. Se levantó y abrió la chirriante puerta. No vio a nadie, aunque seguían oyéndose los pasos. Parecían venir de la parte derecha. La exploró. Vio innumerables puertas que conducían a inextricables pasillos que contenían muchas puertas que daban a pequeñas habitaciones. Rústicas lámparas de aceite alumbraban lo que parecía un laberinto. Encontró dos escaleras: una bajaba a un sótano donde se repetía la misma sucesión de puertas y pasillos; la otra conducía al piso superior constituido por una vasta pieza circular. La amplitud de todo lo que veía hizo que se olvidara de los pasos. Comenzó a sentir frío. La cara le ardía. Pensó que tal vez estuviese soñando y que al despertar estaría en su cama de siempre, y tras levantarse iría a la oficina y luego comería en el restaurante de costumbre, y al llegar la noche, dormiría plácidamente abrazado a su mujer. Sintió que la fiebre se apoderaba de sus sentidos. Creyó ver pasar junto a él un tigre. No se asustó, ahora era un valiente, un héroe. Notaba la garganta seca y los ojos ardientes. No era consciente de que sus miembros empezaban a temblar; tampoco del peligro que corría haciéndole cara al tigre. La fiera se abalanzó sobre él. Pelearon a mordiscos, con las garras, con las uñas.
La mañana amaneció soleada, aunque eso poco le importaba a César, que yacía en el suelo, junto a la cama donde dormía su mujer, muerto, el cuerpo destrozado y ensangrentado, como si mientras dormía hubiese peleado con una fiera.
Eladio Parreño Elías
28-Noviembre-1994
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Empujaron el coche hasta sacarlo fuera de la carretera. Lo dejaron en un camino, debajo de unos árboles. Llovía como si no lo hubiese hecho nunca.
-Hay días que es mejor no levantarse- pensó César.
Caminaron hacia las luces que se veían en la lejanía, con la esperanza de encontrar allí algún sitio donde guarecerse de la lluvia y pasar la noche. El viento húmedo del norte les azotaba la cara y les helaba las manos; para colmo, César, llevaba ropas de primavera: cómo iba él a suponer que de pronto se pusiese a llover como si fuese enero. Oía con fastidio los reproches de su mujer: no será porque no te dije que no te fiaras del tiempo, pero claro, con esa manía tuya de llevarte siempre el gato al agua no le haces caso a nadie. Pensó en la calefacción del coche que hasta hacía unos instantes había calentado sus miembros. Llegaron al pueblo ateridos y demacrados. Su mujer parecía fatigada, aunque aparentemente no tenía frío. Supusieron que allí difícilmente podrían encontrar un hotel. Buscaron una pensión. En las afueras encontraron una. Les desalentó la ausencia de luces, también que el portón de entrada estuviese cerrado. Llamaron a la puerta. Oyeron pasos y vieron a un hombre mirándolos a través de los cristales de la parte de arriba de la puerta. Entreabrió, manteniendo la cadena de seguridad echada. No preguntó nada. Esperó a que fuesen ellos los primeros en hablar.
-Necesitamos una habitación para esta noche- dijo César.
-Todavía no admitimos inquilinos- contestó el hombre sucintamente.
-Pero no le pedimos ninguna clase de comodidad, tan solo un lugar donde protegernos de la lluvia- imploró César.
-Lo siento, me es imposible ayudarles,- contestó - inténtenlo en casa de la Chata, su pensión es amplia y ella está sola; otras veces ha ayudado a personas que se encontraban en la misma situación que ustedes se encuentran ahora.
Cerró la puerta y lo vieron perderse en la oscuridad y la calidez de la pensión.
Su mujer dijo que tenía un calor insoportable, que un abrigo como aquel no era adecuado para el mes de abril y que debería haberse llevado uno más liviano.
Buscaron la pensión recomendada por el hombre. Llegaron a una calle pavimentada con adoquines. Al final de esa calle se encontraba la pensión la Chata. La dueña, una mujer de mediana edad, atlética y alta, les permitió que pasaran la noche en una de las habitaciones, aunque- les informó- la única habitable que había en ese momento era una sin calefacción y por cuya ventana entraba la lluvia y el viento. Su mujer dijo, si tiene techo nos servirá para pasar la noche. César, aunque no opinaba lo mismo, no dijo nada, por miedo quizás a contrariar a la dueña; quizás también porque no quería parecer un desagradecido.
La pieza estaba en el segundo piso. Era tal y como la había descrito la dueña: fría y por la ventana entraba el viento y la lluvia. César se sintió reconfortado al pensar en la agradable sensación de la cálida agua de la ducha sobre su piel. Aún no sabía que no había agua caliente; tampoco sabía que por las noches se oían pasos recorriendo parsimoniosamente el pasillo. Su mujer se quitó el abrigo y pudo ver sus ropas secas. Él se quitó el pantalón y la camisa que dejaron en el suelo un diminuto río de agua. Los colgó en una percha de madera carcomida, cuyas patas estaban desniveladas.
En la cama se abrazó a su mujer para entrar en calor. Ella lo rechazó con un gruñido de desaprobación y de fastidio. Se separó. Oyó pasos en el pasillo y sintió curiosidad. Se levantó y abrió la chirriante puerta. No vio a nadie, aunque seguían oyéndose los pasos. Parecían venir de la parte derecha. La exploró. Vio innumerables puertas que conducían a inextricables pasillos que contenían muchas puertas que daban a pequeñas habitaciones. Rústicas lámparas de aceite alumbraban lo que parecía un laberinto. Encontró dos escaleras: una bajaba a un sótano donde se repetía la misma sucesión de puertas y pasillos; la otra conducía al piso superior constituido por una vasta pieza circular. La amplitud de todo lo que veía hizo que se olvidara de los pasos. Comenzó a sentir frío. La cara le ardía. Pensó que tal vez estuviese soñando y que al despertar estaría en su cama de siempre, y tras levantarse iría a la oficina y luego comería en el restaurante de costumbre, y al llegar la noche, dormiría plácidamente abrazado a su mujer. Sintió que la fiebre se apoderaba de sus sentidos. Creyó ver pasar junto a él un tigre. No se asustó, ahora era un valiente, un héroe. Notaba la garganta seca y los ojos ardientes. No era consciente de que sus miembros empezaban a temblar; tampoco del peligro que corría haciéndole cara al tigre. La fiera se abalanzó sobre él. Pelearon a mordiscos, con las garras, con las uñas.
La mañana amaneció soleada, aunque eso poco le importaba a César, que yacía en el suelo, junto a la cama donde dormía su mujer, muerto, el cuerpo destrozado y ensangrentado, como si mientras dormía hubiese peleado con una fiera.
Eladio Parreño Elías
28-Noviembre-1994
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Empujaron el coche hasta sacarlo fuera de la carretera. Lo dejaron en un camino, debajo de unos árboles. Llovía como si no lo hubiese hecho nunca.
-Hay días que es mejor no levantarse- pensó César.
Caminaron hacia las luces que se veían en la lejanía, con la esperanza de encontrar allí algún sitio donde guarecerse de la lluvia y pasar la noche. El viento húmedo del norte les azotaba la cara y les helaba las manos; para colmo, César, llevaba ropas de primavera: cómo iba él a suponer que de pronto se pusiese a llover como si fuese enero. Oía con fastidio los reproches de su mujer: no será porque no te dije que no te fiaras del tiempo, pero claro, con esa manía tuya de llevarte siempre el gato al agua no le haces caso a nadie. Pensó en la calefacción del coche que hasta hacía unos instantes había calentado sus miembros. Llegaron al pueblo ateridos y demacrados. Su mujer parecía fatigada, aunque aparentemente no tenía frío. Supusieron que allí difícilmente podrían encontrar un hotel. Buscaron una pensión. En las afueras encontraron una. Les desalentó la ausencia de luces, también que el portón de entrada estuviese cerrado. Llamaron a la puerta. Oyeron pasos y vieron a un hombre mirándolos a través de los cristales de la parte de arriba de la puerta. Entreabrió, manteniendo la cadena de seguridad echada. No preguntó nada. Esperó a que fuesen ellos los primeros en hablar.
-Necesitamos una habitación para esta noche- dijo César.
-Todavía no admitimos inquilinos- contestó el hombre sucintamente.
-Pero no le pedimos ninguna clase de comodidad, tan solo un lugar donde protegernos de la lluvia- imploró César.
-Lo siento, me es imposible ayudarles,- contestó - inténtenlo en casa de la Chata, su pensión es amplia y ella está sola; otras veces ha ayudado a personas que se encontraban en la misma situación que ustedes se encuentran ahora.
Cerró la puerta y lo vieron perderse en la oscuridad y la calidez de la pensión.
Su mujer dijo que tenía un calor insoportable, que un abrigo como aquel no era adecuado para el mes de abril y que debería haberse llevado uno más liviano.
Buscaron la pensión recomendada por el hombre. Llegaron a una calle pavimentada con adoquines. Al final de esa calle se encontraba la pensión la Chata. La dueña, una mujer de mediana edad, atlética y alta, les permitió que pasaran la noche en una de las habitaciones, aunque- les informó- la única habitable que había en ese momento era una sin calefacción y por cuya ventana entraba la lluvia y el viento. Su mujer dijo, si tiene techo nos servirá para pasar la noche. César, aunque no opinaba lo mismo, no dijo nada, por miedo quizás a contrariar a la dueña; quizás también porque no quería parecer un desagradecido.
La pieza estaba en el segundo piso. Era tal y como la había descrito la dueña: fría y por la ventana entraba el viento y la lluvia. César se sintió reconfortado al pensar en la agradable sensación de la cálida agua de la ducha sobre su piel. Aún no sabía que no había agua caliente; tampoco sabía que por las noches se oían pasos recorriendo parsimoniosamente el pasillo. Su mujer se quitó el abrigo y pudo ver sus ropas secas. Él se quitó el pantalón y la camisa que dejaron en el suelo un diminuto río de agua. Los colgó en una percha de madera carcomida, cuyas patas estaban desniveladas.
En la cama se abrazó a su mujer para entrar en calor. Ella lo rechazó con un gruñido de desaprobación y de fastidio. Se separó. Oyó pasos en el pasillo y sintió curiosidad. Se levantó y abrió la chirriante puerta. No vio a nadie, aunque seguían oyéndose los pasos. Parecían venir de la parte derecha. La exploró. Vio innumerables puertas que conducían a inextricables pasillos que contenían muchas puertas que daban a pequeñas habitaciones. Rústicas lámparas de aceite alumbraban lo que parecía un laberinto. Encontró dos escaleras: una bajaba a un sótano donde se repetía la misma sucesión de puertas y pasillos; la otra conducía al piso superior constituido por una vasta pieza circular. La amplitud de todo lo que veía hizo que se olvidara de los pasos. Comenzó a sentir frío. La cara le ardía. Pensó que tal vez estuviese soñando y que al despertar estaría en su cama de siempre, y tras levantarse iría a la oficina y luego comería en el restaurante de costumbre, y al llegar la noche, dormiría plácidamente abrazado a su mujer. Sintió que la fiebre se apoderaba de sus sentidos. Creyó ver pasar junto a él un tigre. No se asustó, ahora era un valiente, un héroe. Notaba la garganta seca y los ojos ardientes. No era consciente de que sus miembros empezaban a temblar; tampoco del peligro que corría haciéndole cara al tigre. La fiera se abalanzó sobre él. Pelearon a mordiscos, con las garras, con las uñas.
La mañana amaneció soleada, aunque eso poco le importaba a César, que yacía en el suelo, junto a la cama donde dormía su mujer, muerto, el cuerpo destrozado y ensangrentado, como si mientras dormía hubiese peleado con una fiera.
Eladio Parreño Elías
28-Noviembre-1994
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Empujaron el coche hasta sacarlo fuera de la carretera. Lo dejaron en un camino, debajo de unos árboles. Llovía como si no lo hubiese hecho nunca.
-Hay días que es mejor no levantarse- pensó César.
Caminaron hacia las luces que se veían en la lejanía, con la esperanza de encontrar allí algún sitio donde guarecerse de la lluvia y pasar la noche. El viento húmedo del norte les azotaba la cara y les helaba las manos; para colmo, César, llevaba ropas de primavera: cómo iba él a suponer que de pronto se pusiese a llover como si fuese enero. Oía con fastidio los reproches de su mujer: no será porque no te dije que no te fiaras del tiempo, pero claro, con esa manía tuya de llevarte siempre el gato al agua no le haces caso a nadie. Pensó en la calefacción del coche que hasta hacía unos instantes había calentado sus miembros. Llegaron al pueblo ateridos y demacrados. Su mujer parecía fatigada, aunque aparentemente no tenía frío. Supusieron que allí difícilmente podrían encontrar un hotel. Buscaron una pensión. En las afueras encontraron una. Les desalentó la ausencia de luces, también que el portón de entrada estuviese cerrado. Llamaron a la puerta. Oyeron pasos y vieron a un hombre mirándolos a través de los cristales de la parte de arriba de la puerta. Entreabrió, manteniendo la cadena de seguridad echada. No preguntó nada. Esperó a que fuesen ellos los primeros en hablar.
-Necesitamos una habitación para esta noche- dijo César.
-Todavía no admitimos inquilinos- contestó el hombre sucintamente.
-Pero no le pedimos ninguna clase de comodidad, tan solo un lugar donde protegernos de la lluvia- imploró César.
-Lo siento, me es imposible ayudarles,- contestó - inténtenlo en casa de la Chata, su pensión es amplia y ella está sola; otras veces ha ayudado a personas que se encontraban en la misma situación que ustedes se encuentran ahora.
Cerró la puerta y lo vieron perderse en la oscuridad y la calidez de la pensión.
Su mujer dijo que tenía un calor insoportable, que un abrigo como aquel no era adecuado para el mes de abril y que debería haberse llevado uno más liviano.
Buscaron la pensión recomendada por el hombre. Llegaron a una calle pavimentada con adoquines. Al final de esa calle se encontraba la pensión la Chata. La dueña, una mujer de mediana edad, atlética y alta, les permitió que pasaran la noche en una de las habitaciones, aunque- les informó- la única habitable que había en ese momento era una sin calefacción y por cuya ventana entraba la lluvia y el viento. Su mujer dijo, si tiene techo nos servirá para pasar la noche. César, aunque no opinaba lo mismo, no dijo nada, por miedo quizás a contrariar a la dueña; quizás también porque no quería parecer un desagradecido.
La pieza estaba en el segundo piso. Era tal y como la había descrito la dueña: fría y por la ventana entraba el viento y la lluvia. César se sintió reconfortado al pensar en la agradable sensación de la cálida agua de la ducha sobre su piel. Aún no sabía que no había agua caliente; tampoco sabía que por las noches se oían pasos recorriendo parsimoniosamente el pasillo. Su mujer se quitó el abrigo y pudo ver sus ropas secas. Él se quitó el pantalón y la camisa que dejaron en el suelo un diminuto río de agua. Los colgó en una percha de madera carcomida, cuyas patas estaban desniveladas.
En la cama se abrazó a su mujer para entrar en calor. Ella lo rechazó con un gruñido de desaprobación y de fastidio. Se separó. Oyó pasos en el pasillo y sintió curiosidad. Se levantó y abrió la chirriante puerta. No vio a nadie, aunque seguían oyéndose los pasos. Parecían venir de la parte derecha. La exploró. Vio innumerables puertas que conducían a inextricables pasillos que contenían muchas puertas que daban a pequeñas habitaciones. Rústicas lámparas de aceite alumbraban lo que parecía un laberinto. Encontró dos escaleras: una bajaba a un sótano donde se repetía la misma sucesión de puertas y pasillos; la otra conducía al piso superior constituido por una vasta pieza circular. La amplitud de todo lo que veía hizo que se olvidara de los pasos. Comenzó a sentir frío. La cara le ardía. Pensó que tal vez estuviese soñando y que al despertar estaría en su cama de siempre, y tras levantarse iría a la oficina y luego comería en el restaurante de costumbre, y al llegar la noche, dormiría plácidamente abrazado a su mujer. Sintió que la fiebre se apoderaba de sus sentidos. Creyó ver pasar junto a él un tigre. No se asustó, ahora era un valiente, un héroe. Notaba la garganta seca y los ojos ardientes. No era consciente de que sus miembros empezaban a temblar; tampoco del peligro que corría haciéndole cara al tigre. La fiera se abalanzó sobre él. Pelearon a mordiscos, con las garras, con las uñas.
La mañana amaneció soleada, aunque eso poco le importaba a César, que yacía en el suelo, junto a la cama donde dormía su mujer, muerto, el cuerpo destrozado y ensangrentado, como si mientras dormía hubiese peleado con una fiera.
Eladio Parreño Elías
28-Noviembre-1994
Muchas gracias amiga por tu amabilidad y simpatía. Seguiré escribiendo, es para mí como un droga.Un beso.¡Me ha encantado tu pluma, como siempre....
te mando Reputación y que escribas más pues si no te tirare de las orejas cuando duermas, jajajjaa
besossssssssssssssss
Cierto, amiga, es peligroso ser demasiado curioso, aunque también pienso que el pobre no llegó a levantarse de la cama. En fin, que es algo muy extraño. Besos.ouch pobrecito hombre,ves lo ke hace la curiosidad,mato al gato jajaj ,saludos amigo ,buen fin de semana.
Celebro que te haya gustado. Siempre procuro sorprender en mis relatos. Un beso, amiga.Nunca se sabe con que se puede uno encontrar en un viaje, más cuando te sorprende la noche en lugares desconocidos... nunca se sabe con que va a temblar el corazón cuando te lee... ¡me encanó!!! un abrazo y estrellas!!!!
Gracias amigo César, me alegra que te haya gustado. Un abrazo.Excelente manera de atrapar al lector.
¡Hombre! Vaya el destino de mi tocayo.
Como siempre Dulcinista muy buenas líneas.
Un abrazo fraterno.
Muchas gracias amigo Samuel por acercarte a mi relato. Un abrazo.Gran relato Dulcinista. Cuidado con el tigre, podían haber avisado. La curiosidad a veces nos mata. Como siempre un relato que desde principio al final nos sumerge en su lectura.
Un saludo de Samuel y te recomiendo leer una cosa que he escrito: http://www.mundopoesia.com/foros/pr...a-voz-del-pueblo-esperpento-quijotesco-2.html .
Algunas veces el peligro lo tenemos al lado nuestro y no somos capaces de verlo. Un beso."la curiosidad MATA al hombre" reza un dicho popular, jajaja
Me encantó tu relato amigo, gracias por compartir tus creaciones, que por cierto, son bellísimas, aunque después de leerte, cuando escuche un ruido, voy a cerrar mi puerta con triple llaves,,jajajaja
Saludos y felicitaciones!!!!
Gracias amigo Victor, me encantan los relatos sorprendentes, y por eso los escribo así. Besos.Victor Ríos;3499105 dijo:Estimado Eladio, siempre espero con ánimo tus relatos porque son verdaderamente atrayentes y siempre nos sorprendes con un final inesperado, tal como debe ser. Felicidades por tu pluma.
Gracias, amiga, un beso.Impactante,sin duda,la imagen del pobre César junto a la cama,
describiste magistralmente el "decorado",sentí el agua de la lluvia recorriendo mi cara y me llegó el penetrante olor de las lámparas de aceite,
gracias por dejarme este rato de buena lectura.
Un beso.
Gracias amigo Reverendo por todo. Celebro que te gusten mis relatos. Un abrazo.Eladio, o cabe duda yá ¡Te encanta la intriga y "desesperar al lector que con un ansia irrefrenable" yá no puede más! está deseando "comerse el libro" ¡Que maestria Eladio! ¡Que maestria! eres el Edgar Allan Poe ¡Español! este relato es una marvilla y me gusta y yá sabes lo que hago yo cuando algo me gusta :Reputación, estrellas*****y un abrazo fuerte amigo mío ¡Que grande eres tio.¡Un MAESTRO! desde Toledo feiz fin de semana hermano.¡Vaya por Dios doy a la estrella y no me deja darte repu, en fin...que conste que LA MERECES que lo lea el sistema o quien le corresponda no es justo esto.Eladio un abrazo amigo mío.
Gracias mi estimado José luis. Un abrazo.José Luis Blázquez;3499142 dijo:Es proverbial la forma tan espléndida con la que desarrollas tus relatos. Una vez más, das muestra de tu maestría con este tipo de obras, en las que lo más difícil es mantener la atención del lector hasta el final, y tú lo consigues de manera magistral. Además, me gusta mucho ese aire de misterio que imprimes a todo lo que haces, con esa detallada forma de describir hasta los más mínimos detalles.
Recibe mis estrellas y el mayor de mis aplausos.
Un abrazo.
José Luis
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