Orfelunio
Poeta veterano en el portal
DE VERBOS Y TIEMPOS
Cuentan, que andaba Durero, amargo,
y encontró en su camino, al mito, Durando
Comieron sus migas, hablando,
bebieron sus vinos, cantando,
y sin darse cuenta, fue el tiempo ,
el Verbo, cabalgando.
En el principio creó Dios
los Cielos y la Tierra;
fuera el inicio lo que creó
porque allí no estaba el que lo cuenta.
Dios es Dios por las orgías
Telémaco con Circe,
Telégono de fiesta,
se unió a esa Penélope,
y Homero nos lo cuenta.
Por bueno el sacrificio,
de Isaac lo fue, se inventa,
el cordero, y el ciervo;
con el mismo artificio
se legó sólo el oficio,
se donó aquella Ifigenia.
En el tiempo uno, dice que creó,
y ese pasado es otro turno,
que dicho presente sólo es quimera;
lo dice el este de algún futuro
por donde un Sol sale lumbrera.
El cuento nos quiere
con su sentido encantar;
el cuento, es cuento si fuere
un cuento que no ha de pasar ,
si el cuento no muere,
es el cuento de nunca acabar.
Lo que cuento es calor que me puede;
lo que pienso, es frío coral en la nieve,
porque siento, si durando lo sé, y me llueve
Ni lo digo, ni me enciendo,
me lo quedo remedo de fiebre.
Aun el tiempo que dure
ese verbo que calla,
y es verbo en la plebe,
será el verbo en su verbo que falla,
cuando el tiempo de verde lo llama
y maduro durando lo tiene.
Quede pues claro,
que todo sea en el pasado
de quien lo crea;
mas, si cree en lo presente
siempre tendrá futuras hierbas.
El poniente que está a la espera,
es otro turno, otra manera,
de no querer equivocarse,
la voluntad de desnudarse
del hombre mito donde naciera;
que es un lugar de la panza
de cuyo nombre no quiere acordarse,
porque aprendió en la vida Sancho,
y nació en la ancha Tierra.
Cuando el camino se haga largo,
y tú no estés,
espero vida, sin embargo,
y sin estrés,
tener paciencia en el amargo,
y el revés,
y pueda un día, tal vez nardo,
tal vez pez,
ver la luz, el arbolado,
que en la tierra yo planté.
Y podría ser
que fuera feliz,
al pensar que por azar
en el polvillo te encontré;
y en el pasillo de ese bazar
nos comimos la perdiz.
Tarde tiempo en dibujar,
con la experiencia que ofrece el don,
ese Durero tranquilidad;
una manera del cangilón,
de dar vueltas sin importar
lo que haya dentro de su interior.
En esa noria,
la señorita se nos ofrece
de luz ramera;
nos vende su historia
y deja sus preces,
decires de bálsamos, ¡momias!
que de antigua casera,
regando el jardín que no crece,
pretende que algunas palmeras
donen los dátiles dulces,
mediando los tiempos,
durante su muerte,
vestida de fiera.
¡Levanta ese muñón!,
grita la vieja.
El águila temblor,
ese ave de pluma inquieta,
es ave del portador,
redoble del gran tambor
cuando desfilan las mil veletas.
Se escuchan los pasos son,
se calzan las bayonetas;
ya vienen por estribor,
ya llegan con sus vendejas.
Los hombres con su terrón
nos abren las nuevas grietas;
¡Durero cantando van!,
comienzan las nuevas tretas,
quedando su resplandor
brillante por las estepas.
Andante requeridor,
de muertes en su guerrera,
nos habla de un matador
que lucha y no hubo guerra.
Hay tiempos que borbotón,
son tiempos de ver cometas;
las piedras del Rubicón
cerradas son las retretas,
que esperan a que el telón
nos abra todas sus puertas.
El verbo se hace a la mar,
navega, y al tiempo quedan,
aguas de su exterior,
ríos del tiempo huella.
Si el cuento se cuenta
por fe en el revés,
su vara nos muestra
la cara trasera;
el cuento que cuenta la vieja,
es cuánto nos cuenta,
un cuento chinés
vestido de veras.