Solaribus
Poeta veterano en el portal
La noche esconde un dolor adormecido
y en cofres grises entre algodón lo guarda.
El mar rugiente, de soledad vestido,
lo muestra a veces paciente hasta las lágrimas.
La luz del astro, por voluntad naciente,
se empeña dulce en iluminar tus sombras,
la piel y el alma con la canción alegre
de vivir enamorada de las cosas.
Canción de sal, de lagar y de montaña
de abeja frágil, inquieta y laboriosa
que se ha llegado hasta mí como en hazaña
mezclando al fin todo el polen de mis rosas.
Al ver tu desnudez se ha callado todo,
mudas las noches, las tardes, las mañanas.
Pasmado de silencios avanza el Cosmos
y en silencio encienden ángeles el alba.
Marchan silentes las lunas desde que eres,
calladas van mis estrellas meridianas.
Callados cielos avanzan con sus seres,
calladas mis aves, distantes, lejanas.
Y es tu espíritu, así expuesto, sin reservas
aquello que amo y contemplo sin descanso.
Como un perfume de finas madreselvas
has inundado el jardín de mi reparo.
De modo que no hay tortura que detenga
la azul ruta de mis manos a tus manos.
Ni lluvia fuerte que inunde ya la tierra,
ni imbécil muerte que impida los abrazos.
Desnuda y libre vas de alma por mi vida
liviana y grácil como agua de verano.
Fragancia a cielo, de flores poseída,
rumor de estrellas, de nubes perfumado.
Ya no hay muro que te oculte de mi rostro,
prenda tejida que cubrir pueda tu alma.
Desnuda estás para siempre ante mis ojos
que contemplan con amor todas tus llagas.
Así transitas el mundo a media tarde
entre distante y cercana como el aire.
Te respiro y me respiras hasta darme
la razón para existir más inefable.
Sólo diré, mi criatura ensimismada,
que estás presente ya en todos los colores
y eres un Todo que ayer era la Nada
que refunda bajo el sol todos los nombres.
No existe musa por bella que te iguale
si acaso herida de gozo abres tu carne.
Y no existe Paraíso que regale
un tesoro más preciado que tu sangre.
y en cofres grises entre algodón lo guarda.
El mar rugiente, de soledad vestido,
lo muestra a veces paciente hasta las lágrimas.
La luz del astro, por voluntad naciente,
se empeña dulce en iluminar tus sombras,
la piel y el alma con la canción alegre
de vivir enamorada de las cosas.
Canción de sal, de lagar y de montaña
de abeja frágil, inquieta y laboriosa
que se ha llegado hasta mí como en hazaña
mezclando al fin todo el polen de mis rosas.
Al ver tu desnudez se ha callado todo,
mudas las noches, las tardes, las mañanas.
Pasmado de silencios avanza el Cosmos
y en silencio encienden ángeles el alba.
Marchan silentes las lunas desde que eres,
calladas van mis estrellas meridianas.
Callados cielos avanzan con sus seres,
calladas mis aves, distantes, lejanas.
Y es tu espíritu, así expuesto, sin reservas
aquello que amo y contemplo sin descanso.
Como un perfume de finas madreselvas
has inundado el jardín de mi reparo.
De modo que no hay tortura que detenga
la azul ruta de mis manos a tus manos.
Ni lluvia fuerte que inunde ya la tierra,
ni imbécil muerte que impida los abrazos.
Desnuda y libre vas de alma por mi vida
liviana y grácil como agua de verano.
Fragancia a cielo, de flores poseída,
rumor de estrellas, de nubes perfumado.
Ya no hay muro que te oculte de mi rostro,
prenda tejida que cubrir pueda tu alma.
Desnuda estás para siempre ante mis ojos
que contemplan con amor todas tus llagas.
Así transitas el mundo a media tarde
entre distante y cercana como el aire.
Te respiro y me respiras hasta darme
la razón para existir más inefable.
Sólo diré, mi criatura ensimismada,
que estás presente ya en todos los colores
y eres un Todo que ayer era la Nada
que refunda bajo el sol todos los nombres.
No existe musa por bella que te iguale
si acaso herida de gozo abres tu carne.
Y no existe Paraíso que regale
un tesoro más preciado que tu sangre.
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