I
Cruzadas las montañas, vislumbro las llanuras
arenosas y áridas, con pequeños y claros
pinares esparcidos. Ningún suceso digno
de mención me ocurrió. Llegado el mediodía
me encontraba en lo alto de una bella colina,
y desde allí miré, los rayos que posaban
en la cúpula vieja de la gran catedral
que adorna a Salamanca, la ciudad melancólica.
Iglesias y conventos seducen al viajero,
por sus aglomeradas y grotescas figuras
que adornan las fachadas de recintos sagrados,
donde el estilo gótico resalta misterioso,
como una gris sonrisa que compensa al que llega.
Los techos apiñados de casas y Palacios,
forman una diadema de color rosa té,
haciendo que resalten sus terrazas unidas.
Cruzadas las montañas, vislumbro las llanuras
arenosas y áridas, con pequeños y claros
pinares esparcidos. Ningún suceso digno
de mención me ocurrió. Llegado el mediodía
me encontraba en lo alto de una bella colina,
y desde allí miré, los rayos que posaban
en la cúpula vieja de la gran catedral
que adorna a Salamanca, la ciudad melancólica.
Iglesias y conventos seducen al viajero,
por sus aglomeradas y grotescas figuras
que adornan las fachadas de recintos sagrados,
donde el estilo gótico resalta misterioso,
como una gris sonrisa que compensa al que llega.
Los techos apiñados de casas y Palacios,
forman una diadema de color rosa té,
haciendo que resalten sus terrazas unidas.