Una vez en un país más bien lejano
me han contado que hubo un rey muy poderoso
que tenía en su palacio de verano
un jardín florido y bello, grande, hermoso.
Le gustaba en él perderse a la princesa
(no lo he dicho pero el rey tuvo una hija
cuyos labios ya sabéis- eran de fresa
y peinaba una melena muy prolija.)
Le gustaba en él perderse a la princesa
y una noche se perdió completamente:
su inocencia convirtió la en fácil presa
de un amor que la sedujo astutamente
Una vez en un país más bien lejano
supo un rey, sin él comerlo ni beberlo,
que tenía en su palacio de verano
dos mellizos, sendos nietos de estraperlo.
Me han contado que era el rey tan poderoso
que logró a su hija soltera y los gemelos
encontrarles un buen padre y buen esposo
en un conde; que, agarrando por los pelos
la ocasión de su viudez sobrevenida;
le ofreció, como quien no quiere la cosa,
mejorar en su habitual nivel de vida
aceptando a la princesa como esposa.
Hubo nupcias en el Reino, un espectáculo
los gemelos eran ambos monaguillos
del obispo que oficiaba con su báculo
y llevaba en anulares dos anillos
estrategia que le daba medio hecha
pleitesía, hondo respeto y sumisión
con los besos de la izquierda y la derecha
aunque el Rey quisiera laica su nación.
Tas las fiestas, el jolgorio y el boato
ya en la cámara nupcial, es la princesa,
con su cara de jamás romper un plato,
quien pregunta: oye, conde, tu condesa
¿prefería hacerlo aquí, o en el jardín?
los detalles los conoce nuestro rey,
dice el conde, era su amante, porque en fin
por si no te han informado yo soy gay.
El obispo ya controla la política,
el monarca tiene, claro, nueva amante,
la princesa es, hoy por hoy, un tanto cínica
y el buen conde, prosiguiendo su talante,
se ha ligado a un juvenil palafrenero.
Queda al Pueblo, como siempre, abrir la mano
por si hubiera una migaja del dinero
que se ingresa en un país más bien lejano.