Nadie entendía realmente lo que el anónimo artista quería decir, cosa para nada extraña en un país en el cual sobran los artistas incomprendidos, pero movidos por el frio argumento de que nadie que no fuera realmente bueno pudiera exhibir sus obras en aquel salón, se convencían que aquella noche ,que colgaba en la pared, era una obra maestra digna de ser apreciada por todas las generaciones venideras. Al quedar el salón desocupado de tanta exégesis mística, esotérica y otras tantas teleológicas, el desconocido artista quitó la sábana negra que cubría su obra maestra.