Samuel17993
Poeta que considera el portal su segunda casa
El escenario
14/06/2011
¡Ai! ¡Cómo odiaba los semáforos! ¿Por qué esas normas de conducta? ¿Por qué esas trabas? –desconocía la libertad de la propia tiranía, acorralantes de las defensas de las murallas— Verde, verde, verde esperanza. El árbol de bien y del mal del tráfico ya le permitía continuar. Bien. “Let`s go”. El chico corrió por el paso de cebra, por su cuerpo carcomido por las garras de los leónidos coches. El de los pies ligeros, volando por las alas de sus pies, llegó hasta el parque.
¡Qué lugar! Era su pequeño refugio. Los libros son un viaje y ese parque su pequeña selva. Pero sobre todo, en ese lugar, podía ser lo que fuera; allí, las cosas de verdad y los malos siempre pierden; las palabras y lugares de los libros se convertían en el guión de ese teatro callejero. Eran cinco pícaros imaginando otro lugar. Uno ideal para ellos.
Él siempre quería ser el más valeroso, aunque fuera el lacayo, pero quien triunfaba, quien se llevaba a la princesa y derrotaba al villano de turno. Sus amigos Daniel y Javier eran soldados, fuertes y defensores de lo que fuera. Su amigo Guillermo era el Rey, el jefe o el dirigente déspota, como el rey que desterró al Cid Campeador, y que, aunque cobarde y tirano, le servía, siempre por el bien mayor; al final, en algún caso especial y votado en esa pequeña democracia de pequeñuelos, era derrotado por Rodrigo, aunque, otras, era él el vencido, porque no siempre ganan los héroes justos. Y Silvia, la chica morenita que hacía de princesa, de esas que son casi siempre rubias y tontas, o damiselas; pero a ella era morena de pelo azabache y no le gustaba el papel tradicional y casi siempre era la vencedora, utilizando su inteligencia, y no el héroe de turno, que caía por su ignorancia y era rescatado por ella, y que en este caso era el pobre Rodrigo.
A Rodrigo le encantaba esa libertad y ese escenario. Todos los días, los cinco de siempre, actuando. Con las mismas risas y juegos. Para ellos, era su pequeño rincón cercano al paraíso, a un espejismo o una nebulosa que les aislase del mundo, tan aburrido en pudrirse por dentro.
Su segundo hogar era ése y no quería que nada cambiase. Pero, un día de septiembre, cuando las las lucen del Sol empiezan a declinar ante la Luna, un Golem, en nombre del padre de Silvia, se la llevó lejos. Y el pícaro héroe, le suplicó, pero ese villano no se le vencía con palabras. La niña era suya, de nadie más ni menos de ella misma. Suya. Era una niña y el padre o lo que era lo mismo, ella su títere y él el titiritero. Ella intentando escaparse de la gran mano del Golem, con una triste sonrisa, fue la última de sus actuaciones.
Después de ello el grupo se desintegró. El soberbio rey se quiso apropiar de todo el poder y el `pícaro no quiso. Por lo tanto, ninguno dio a brazo a torcer. Los soldados siempre apoyaron al más fuerte, al rey, y el héroe , indispensable, se fue.
Pasados los años, el rey se convirtió en un magnate especulador, el cual se libraba fácilmente de deudas, mujeres y de quien quería plantarle cara; su vida fue la de un parásito y un cobarde, sin escrúpulos y que su felicidad se basaba en ganar, lo cual casi siempre hacía; en verdad, estaba amargado y nunca fue feliz. Los soldados se convirtieron en sus empleados, sus manos derecha e izquierda, siempre protegiéndole de la caída: del estado, de otras empresas, de los empleados y, en sí, de cualquier amenaza a su poder.
Rodrigo empezó a hacer escritos, de los cuales gana poco dinero y el suficiente para no depender de ningún rey ni tirano. Había vuelto a ese parque, a recordar. Y su cara se llenó de felicidad y también odio, pero sobre todo de lo primero, porque el odio es pasajero y menos poderoso.
De pronto, la vio. Era Silvia. Se habían citado allí, después de tanto tiempo. Su padre, el Golem, había muerto en el olvido entre alcohol y deudas producto de un cáncer que le volvía loco. Ya no había odio hacia el Golem. Ninguno lo recordaba. Después de tanto tiempo, eran otra vez los dos actores que siempre estaban juntos; los que luchaban a viento y marea. El tiempo había pasado y había algo que les hacía volver a sus papeles tan utópicos y, a la vez, tan reales como la vida misma.
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