Samuel17993
Poeta que considera el portal su segunda casa
La Sombra de Abel, Caín
22/06/2011
Se sentaba en ese banco, en medio de la calle, en medio de toda esa gente y sus voces trastocando el silencio, en medio de la soledad. Se sentía huido de la realidad; un desarraigado de su mundo era y sería, en ese dolor por la muerte de su mujer. ¡Tan poco vivida sus vida! ¡Tan muerta, después de dos meses de matrimonio y 22 primaveras en su noble corazón, en el cual bailaba la magia de sus ojos!
Ahora, en ese rincón del mundo, en esa ciudad, que él creía desolada, porque todo le recordaba a ella y por ello le hacía sentir así y notaba un fragor enorme en su corazón. Era la soledad, una soledad del dolor. Miro su sombra. Pensó que su única cosa que le quedaba era ésta. Posiblemente, la única que le escucharía y entendería, pues ella había estado siempre ahí, toda la vida escondida, escuchando, escuchándolo sus avatares y felicidades.
Lo único era que ésta no tenía vida. Sólo un retrato de su ser. No, de su reflejo oscuro, al ser reflejado por el astro rey. Si pudiera vivir . Si pudiera, se decía a sí mismo. Y es que, en algunos lugares extraños de la Psique, provoca que los deseos se cumplan. El deseo de un sueño, con un esfuerzo atroz, aunque algunos piensen que no, hace que se cumpla, como si un cuentista hiciera con sus letras realidad sus cuentos. Aunque no lo crean, los sueños, en vueltos en la locura de la desesperación, hacen magia y trastocan la realidad; y a ese hombre, de nombre Abel, lo deseaba con todas sus ganas.
Todos los días iba a ese mismo banco a sentarse; y ese día extraño de Invierno, casi de Diciembre, no hizo caso de su tradición y realizó su misa de la tarde, sentándose en el mismo banco, a la misma hora y ante el mismo sol. En ese día de frío, en que sus manos tiritaban de frío, en cuerpo y alma, su sombra hizo algo que sería el comienzo de su sueño o, sin saberlo, mejor dicho, de su pesadilla.
Con ese sol de invierno, lívido, casi pálido, la sombra se puso, antes sus ojos sorprendido, a bailar; ese día, la sombra era libre y quería bailar la danza de la vida, al igual que en existía en el Medievo la de la muerte Cosa normal en una época de muchos muertos-. Él sonrió. No podía creerlo, pero ya no estaba solo. Tenía su sombra.
Y se la llevó por la calles, mientras ésta jugaba en las paredes y con transeúntes posando su cuerpo invisible y oscuro, entres las misteriosas garras de la materia negra de las sombras. Su sombra le habló de ir al casino y de aliviar deudas. Él no lo pensó, era su día de suerte, y no podía salir nada mal.
La sombra le dijo que para tal juego, ya que era grande en eso del azar, ella se pondría en su cuerpo, como si le poseyera, y así, de tal modo, ganarían mucho dinero, el cual necesitaban. Él creía en su sombra. Pensaba que cómo parte suya, de su alma, no sucedería nada malo. Y así fue, la sombra, diosa en el juego, ganó y ganó tanto dinero en esos menesteres que la cuenta de Abel se le llenó de ceros matemáticos inmensos, ganados sin esfuerzo. La suerte le sonreía.
Pero la suerte no paró. La sombra le decía que no debía parar; su felicidad era la suya y él debía serlo. Así que lo llevó a un bar donde conoció a una mujer hermosa de pelo castaño y ojos misteriosos. El pobre Abel tenía miedo y sabía que esta inseguridad, más de su mente que de verdad factible, le llevaría nada más que a un despropósito que le conduciría directo, sin poder evitarlo, al descalabro del amor. Estaba seguro de ello.
La sombra, bien conocedor de Abel, tuvo que hacer algo; y por ello le planteó el mismo plan que el del casino. La sombra dominaba tres puntos: el azar, el amor y la manipulación. O eso le dijo. Pero no era cierto, lo cierto era que lo último provocaba que fuera un maestro en los dos primeros puntos. Es decir, su engaño le hacía ganar en la riqueza y en el amor. Pero Abel era ingenuo y le dejo paso. Y no fue sólo una vez, sino siempre que lo necesitaba o que se veían él y su novia Elvira. La sombra, cada vez más, era parte de su vida, ya no era una sombra simplemente, sino era él mismo.
Llegó el día en que le propuso matrimonio a Elvira y tuvo que conocer a sus padres. Él, que empezaba a temer que su sombra ocupará demasiado en su vida, aunque se lo agredecía, le dijo que esta vez no lo necesitaba. Y la furia de Caín se despertó, dejando ver su verdadero ser. El demonio encarcelado, ya liberado, no quería volver a la celda del oscuro abrigo de la materia negra de las sombras. La oscuridad ya no sería su hogar. Y le enseño sus verdaderas intenciones:
-No. Yo iré con los padres de Elvira. La vas a cagar, siempre lo haces
-No. Tú eres has sido muy buena ayuda pero no te necesito, amiga.
-No soy tu amiga, ni amigo. La sombra ya no es tu sombra.
-¿Qué dices?
-Que ya no soy tu otra cara. No. Tú eres la otra cara. Hemos cambiado las tornas Ahora, tú eres mi esclavo, mi sombra. Y tú vas a obedecer Dijo con una mirada tenebrosa y maligna, propia de todo dominador feroz, de león furioso, que sabe de su victoria. Pero él no sabía que Abel no se rendía.
-No.Gritó Yo no soy tu sombra: No. Eres tú mi sombra.
Y le encerró en el cuarto de estar, en el sótano de sus secretos, del pacto que había hecho con ese demonio de su ser. Estaba asustado y Caín no paraba de de gritar desde su cuarto. Faltaban dos horas. Eran las 2:15. Bien, queda tiempo. Pero, Tempus Fugit. Y Caín no callaba y eran las 2:45. Su voz atronadora no cesaba desde su encierro y eran las 3:00. Quedaba una hora y quince minutos.
Una hora, 3:15, y la voz de Caín cayó. Por fin, pensó Abel, se habrá cansado. Y notó un poco de calma, por primera vez, en esas horas angustiosas. Se durmió plácidamente sobre el sofá del salón. Se despertó a las 3:45. Quedan ¿Cuánto?, pensó. 30 minutos. Colocó lo que ya había colocado y colocó lo que no había colocado ya. Todo estaba bien, era normal. Eran las 4:00. Queda poco. Las 4:05. Las 4:10. El tic-tac del reloj le ponía nervioso. Ya llegaban las 4:15. Era el momento de Caín.
Abel abrió la puerta y saludó a los padres de Elvira, que eran muy amables y que le ayudaron cuando no podía hablar por los nervios con un no pasa nada, tranquilo y una sonrisa. A Elvira la besó y ella sonrió. Era feliz con ese chico encantador, aunque extraño a veces en algún momento, cuando se ocultaba su ser. Pero eran felices, y eso era lo único importante.
Caín, sin ser visto por nadie, con sus artes, salió de su oscuro encierro. No se rendía. Iba a ser libre, por las buenas o por las malas. Los vio. Le dio un amargo sentimiento egoísta. Ese yo, que le había escondido y esclavizado, iba a padecer y convertirse en lo que él fue. Ese maldito ingrato infeliz. Y en ese momento se pagó, se desmayó y Caín mató con deleite a los padres de Elvira, mientras ella gritaba y Abel no podía hacer nada. Después, Caís se sació de Elvira y la colgó en la habitación donde Abel lo escondió.
Abel despertó. Caín le había dejado inconsciente. Pronto vio los cadáveres de los padres de Elvira. Gritó y corrió a la habitación de Caín, donde vio a Elvira. Se puso a llorar. Y escuchó las risas de Caín. Se dio la vuelta y vio su cuerpo. Lo había conseguido. Había vencido. Ya no era más que una sombra de ese loco, el cual le había engañado. Y ahora era él el encarcelado en la prisión de las sombras de Caín.
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