Francisco Lechuga Mejia
Poeta que no puede vivir sin el portal
He postergado tantas veces esta carta porque no creo en fantasma, porque sé que debe haber una razón lógica para que vengas a mí cada mañana a la hora de prepararme el desayuno, para que me tomes de las manos cuando el café suelta el aroma que se apropia de la cocina y después del desayunador y descansa un rato en la sala antes de acomodarse en la recamara.
Vienes a mí no como un recuerdo y eso en ocasiones me incomoda, vienes como si de veras estuvieras a mi lado a punto de hacer la comunión de sentarnos a la mesa.
La primera vez fuiste como una pieza de pan, como la sal, como el tocino al lado del los huevos estrellados, como el jugo de mandarina, es decir; fuiste tangible como la flama verde de la estufa a la que acaricie como si fuera tu mirada y que no era tan etérea como ahora atestigua la cicatriz de la quemada en mi mano. Esa vez me diste miedo, pude escuchar tu voz entre las notas del bolero que sonaba en la radio –Yo siento tus amarras como garfios como garras, que me ahogan en la playa de la farra y del dolor y siento tus cadenas arrastrar…- no entendí lo que decías, pero tu acento es único, ningún otro en la vida hace que cierre los sentidos como cuando beso y en esa ocasión caminé tres pasos, tropecé con la silla del comedor y la taza con el café caliente se estrelló en el piso manchando la alfombra, no hay duda, cerré los ojos y sentí tu boca humedeciendo la mía. Pero qué demonios, tú y yo jamás coincidimos en la cama, nunca hicimos planes, no nos atamos ni con palabras ni con cuerpo, ambos sabíamos que la distancia que habitaba entre nosotros terminaría por destruir cualquier intento de subsistencia.
Ese día decidí que lo mejor sería desayunar cada mañana lejos de casa.
Te escribo porque hoy, mientras desayunaba en el café del parque, vi salir de ahí a tu cuerpo que no llevaba a tu alma, no puedo estar equivocado, tu cabello de olas que siempre confundió al viento con la mar es tuyo y de nadie mas, ése contoneo es propio de tus delgadas, largas y hermosa piernas, nadie tiene como tú tus nalgas de luna llena ¡ah! y tus alas blancas menos esa pluma que me regalaste.
Te escribo para que me des un norte, para que me digas, sí es que tú lo sabes, qué me pasa, para que me digas que deje todo y me vaya a tu lado y lo intentemos aunque no haya esperanzas o por lo menos que pueda regresar al café de la cocina en las mañanas.
Decidí, pues, después de tanto tiempo, buscarte para ver si así puedo conjurar los desayunos. Así que al llegar de nuevo a casa teclee tu nombre para ver si el buscador de la PC arrojaba algún rastro de ti. Lo encontré en una asociación altruista, siempre te diste a los demás, eso lo sé, sin embargo en esta ocasión eras tú quien requerías seis paquetes de plaquetas urgentes en no sé que hospital de tu ciudad. Me acobardé, lo admito y lo siento, no quise leer más en ése momento, apreté el botón del monitor para no seguir leyendo, cerré los ojos y muy despacio mi boca se abrió, todo el departamento se lleno de aroma de café recién tostado que sabía a beso largo, sentí tu lengua penetrando mis labios, los dedos de tus manos hurgaron en mi cabellera, los cabellos de la nuca y los vellos de los brazos se me erizaron, sentí tu cuerpo tibio pegado a mi cuerpo y tu sexo despertando al mío; carajos, debimos haberlo intentado.
Terminar de leer las notas que aparecieron con tu nombre en el internet hubiera sido ocioso pues toda la sal posible se asió a mis angustias. Comprendí que la vida no te había respetado, que habías trascendido, así que esta carta te la enviare como las otras, encerrada en otra botella sin tratar de entender la lógica y con la promesa de aprender a creer en fantasmas.
7.10.11 en una tarde de café colombiano sobre la mesa, en una tarde de sus recuerdos amontonándose junto a la ropa sucia, en una tarde en la que mas valdría salir a tomar aire fresco, dejar el cuerpo a la deriva de las olas de cuerpos en el metro y tomar hacía cualquier otro derrotero.
Nota 1. El tiempo ya no lo hacen como antes. En mis tiempos, a estas alturas del año ya urgía que llegara el día de muertos para esperar con ansias las posadas, la navidad y el año nuevo, ahora lo que impera es la nostalgia del ponche del año viejo.
Nota 2.
Nota 3. la Nota 3 se niega rotundamente a decir cualquier cosa en las prosas….tssst
.
Vienes a mí no como un recuerdo y eso en ocasiones me incomoda, vienes como si de veras estuvieras a mi lado a punto de hacer la comunión de sentarnos a la mesa.
La primera vez fuiste como una pieza de pan, como la sal, como el tocino al lado del los huevos estrellados, como el jugo de mandarina, es decir; fuiste tangible como la flama verde de la estufa a la que acaricie como si fuera tu mirada y que no era tan etérea como ahora atestigua la cicatriz de la quemada en mi mano. Esa vez me diste miedo, pude escuchar tu voz entre las notas del bolero que sonaba en la radio –Yo siento tus amarras como garfios como garras, que me ahogan en la playa de la farra y del dolor y siento tus cadenas arrastrar…- no entendí lo que decías, pero tu acento es único, ningún otro en la vida hace que cierre los sentidos como cuando beso y en esa ocasión caminé tres pasos, tropecé con la silla del comedor y la taza con el café caliente se estrelló en el piso manchando la alfombra, no hay duda, cerré los ojos y sentí tu boca humedeciendo la mía. Pero qué demonios, tú y yo jamás coincidimos en la cama, nunca hicimos planes, no nos atamos ni con palabras ni con cuerpo, ambos sabíamos que la distancia que habitaba entre nosotros terminaría por destruir cualquier intento de subsistencia.
Ese día decidí que lo mejor sería desayunar cada mañana lejos de casa.
Te escribo porque hoy, mientras desayunaba en el café del parque, vi salir de ahí a tu cuerpo que no llevaba a tu alma, no puedo estar equivocado, tu cabello de olas que siempre confundió al viento con la mar es tuyo y de nadie mas, ése contoneo es propio de tus delgadas, largas y hermosa piernas, nadie tiene como tú tus nalgas de luna llena ¡ah! y tus alas blancas menos esa pluma que me regalaste.
Te escribo para que me des un norte, para que me digas, sí es que tú lo sabes, qué me pasa, para que me digas que deje todo y me vaya a tu lado y lo intentemos aunque no haya esperanzas o por lo menos que pueda regresar al café de la cocina en las mañanas.
Decidí, pues, después de tanto tiempo, buscarte para ver si así puedo conjurar los desayunos. Así que al llegar de nuevo a casa teclee tu nombre para ver si el buscador de la PC arrojaba algún rastro de ti. Lo encontré en una asociación altruista, siempre te diste a los demás, eso lo sé, sin embargo en esta ocasión eras tú quien requerías seis paquetes de plaquetas urgentes en no sé que hospital de tu ciudad. Me acobardé, lo admito y lo siento, no quise leer más en ése momento, apreté el botón del monitor para no seguir leyendo, cerré los ojos y muy despacio mi boca se abrió, todo el departamento se lleno de aroma de café recién tostado que sabía a beso largo, sentí tu lengua penetrando mis labios, los dedos de tus manos hurgaron en mi cabellera, los cabellos de la nuca y los vellos de los brazos se me erizaron, sentí tu cuerpo tibio pegado a mi cuerpo y tu sexo despertando al mío; carajos, debimos haberlo intentado.
Terminar de leer las notas que aparecieron con tu nombre en el internet hubiera sido ocioso pues toda la sal posible se asió a mis angustias. Comprendí que la vida no te había respetado, que habías trascendido, así que esta carta te la enviare como las otras, encerrada en otra botella sin tratar de entender la lógica y con la promesa de aprender a creer en fantasmas.
7.10.11 en una tarde de café colombiano sobre la mesa, en una tarde de sus recuerdos amontonándose junto a la ropa sucia, en una tarde en la que mas valdría salir a tomar aire fresco, dejar el cuerpo a la deriva de las olas de cuerpos en el metro y tomar hacía cualquier otro derrotero.
Nota 1. El tiempo ya no lo hacen como antes. En mis tiempos, a estas alturas del año ya urgía que llegara el día de muertos para esperar con ansias las posadas, la navidad y el año nuevo, ahora lo que impera es la nostalgia del ponche del año viejo.
Nota 2.
Nota 3. la Nota 3 se niega rotundamente a decir cualquier cosa en las prosas….tssst
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