dulcinista
Poeta veterano en el Portal
Llegó una noche de invierno al monasterio franciscano de Friscalia. Decía desconocer su edad y origen, aunque los frailes supusieron por su forma de hablar que debía pertenecer a una familia noble. No recordaba su nombre, y los frailes decidieron llamarle Hugolino.
Una noche, acostado en su celda, soñó que era requerido por Eusebio, el abad del monasterio. Había llegado un mensaje del rey de Francia, en el que le invitaban a visitarlo. Dentro de unos días llegaría el cortejo para acompañarlo en el viaje. Llegó el día señalado. Atravesaron bosques pantanosos y bordearon caudalosos ríos. Sufrieron lluvias torrenciales y nieblas nocturnas y tenebrosas. Por fin llegaron al palacio del rey. Anochecía. El monarca le informó de que era hijo de su hermana. Le asignaron un preceptor. Su vida en palacio era monótona y aburrida. Aún no había cumplido los dieciocho años cuando fue ordenado sacerdote. Siete años después lo hicieron obispo. Se volvió avaricioso y cruel. Se encaprichó de Patricia, joven prostituta lasciva y voluptuosa. Conspiró para enriquecerse. Hizo quemar en la hoguera a un rico mercader para despojarlo de sus posesiones y regalárselas a su amante. Su afán de riquezas no tenía límites. Tuvo tres hijos con ella. A la edad de cincuenta y dos años fue elegido Papa. Se encaprichó de una joven llamada Claudia. Ordenó que asesinaran a Patricia. Tuvo una hija con su nueva amante. Mandó desterrar a sus tres hijos. A los seis años de ser elegido Papa, fue depuesto y encarcelado. El pueblo asaltó la cárcel y lo ataron a la cola de un caballo. Fue arrastrado por las calles de la ciudad. Más de diez horas estuvo el caballo galopando por el empedrado de las calles; lo que quedó de él se lo echaron a los perros.
Se despertó sobresaltado y sudoroso. Oró en su celda en silencio, pidiéndole a Dios perdón por haber obrado tan mal en el sueño. Como todos los días, fue a la biblioteca a copiar algunos libros. Allí estaba cuando Eusebio lo mandó llamar. Había recibido un mensaje del rey de Francia invitándole a visitarlo. Dentro de unos días llegaría el cortejo para acompañarlo en el viaje.
Esa misma noche abandonó el monasterio. Pasó su vida recorriendo los caminos, descalzo. Nunca su corazón ambicionó riquezas ni honores. Gracias a la pobreza y a la humildad salvó su alma.
Eladio Parreño Elías
11-Septiembre-2011
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