abcd
Poeta adicto al portal
Imaginar la vida desde otro rincón, algo alejado de uno mismo, algo adentro de un afuera sin alma, como un vórtice fueguino entre las mieles de la compasión; Es ludismo preventivo. Imaginar el caos total puede ser la salvación. Sin embargo desdibujarse en un lienzo de arena con los vientos fríos de la conciencia impidiendo la armonía del delirio es la parte cuasi cómica de mi apoplejía pre suicida.
A veces, me siento a mirar las olas de mis frustraciones. Observo impasible de encanto como se llevan mis libros mentales, mi paz espacial, mis estrellas de oro magenta, mis días de blanco en jardines azules; Y las olas no cesan y su tamaño ni infiere en el dolor causado. A veces un embrión de golondrina es todo el armamento necesario para volverme a la última despedida del primer sin sentido que es el post trauma del amor. Y una nube pasa, y en esa nube van mis camas entre las almohadas de las sabanas que nunca me vistieron.
Todos necesitamos alguien que nos escuché, alguien que nos ría, que nos espere en la lluvia y nos abrace en el beso de los tulipanes y las hormigas voladoras; Necesitamos que ese alguien nos nombre aún bajo el agua, aún en la culpa del orgasmo nocivo-vengativo, aún en el tallo de la fe desnuda entre los huesos donde ya no hay rojos esmaltes.
A veces, la mayoría de las veces, un gesto puro y simple nos tranquiliza de esa angustia incesante que es sentir que nuestro unicornio no le interesa a ningún otro ser vivo en la tierra. Pero claro, del gesto no hacemos escuela, y esperamos vivir más de un día con él. Pero la ciencia, pero la certeza empírica nos devuelve a esa nada en donde perecemos en pie para encontrarnos otra vez con esa angustia, con esa dulce traición a uno mismo que somos nosotros temblando ante el suicida que mira fingiendo otra derrota desde el espejo...
Todos los trenes pasan, y lloran sin que nadie les crea...
A veces, me siento a mirar las olas de mis frustraciones. Observo impasible de encanto como se llevan mis libros mentales, mi paz espacial, mis estrellas de oro magenta, mis días de blanco en jardines azules; Y las olas no cesan y su tamaño ni infiere en el dolor causado. A veces un embrión de golondrina es todo el armamento necesario para volverme a la última despedida del primer sin sentido que es el post trauma del amor. Y una nube pasa, y en esa nube van mis camas entre las almohadas de las sabanas que nunca me vistieron.
Todos necesitamos alguien que nos escuché, alguien que nos ría, que nos espere en la lluvia y nos abrace en el beso de los tulipanes y las hormigas voladoras; Necesitamos que ese alguien nos nombre aún bajo el agua, aún en la culpa del orgasmo nocivo-vengativo, aún en el tallo de la fe desnuda entre los huesos donde ya no hay rojos esmaltes.
A veces, la mayoría de las veces, un gesto puro y simple nos tranquiliza de esa angustia incesante que es sentir que nuestro unicornio no le interesa a ningún otro ser vivo en la tierra. Pero claro, del gesto no hacemos escuela, y esperamos vivir más de un día con él. Pero la ciencia, pero la certeza empírica nos devuelve a esa nada en donde perecemos en pie para encontrarnos otra vez con esa angustia, con esa dulce traición a uno mismo que somos nosotros temblando ante el suicida que mira fingiendo otra derrota desde el espejo...
Todos los trenes pasan, y lloran sin que nadie les crea...