Juno
Poeta que considera el portal su segunda casa
La aurora besó sus labios,
labios de fresa amarga.
El claroscuro, que se filtraba
por la persiana, lamió su cuerpo,
cuerpo de escayola.
Él tendió sus manos ausentes.
Acarició su rostro y apartando
el mechón que arropaba sus ojos
contempló su sueño inquieto.
A veces conseguía entrar en ellos.
En ese mundo etéreo él,
dejaba de serlo.
En ese leve instante,
en lo profundo de la noche,
el recuerdo se hacía
viva imagen, plausible, cierta.
La sombra no se desvanecía
mientras ella siguiera dormida….
¡Cómo has cambiado, mi niña!
Aparto telarañas de tristeza
que se enredan en tus pasos.
Sin que tú lo sepas…
Te susurro al oído despacio
para que no olvides nunca
la voz que te acunaba.
Sin que tú la oigas…
Te peino el alma de pesares,
con estos dedos inertes de vida.
Sin que tú los percibas…
Te pinto las ojeras
con la luz de las estrellas.
Sin que tú las veas…
Acaso la muerte sea esto,
una eternidad sin que me sientas….
Ella rodó por la cama.
Ronroneaba silencios.
Él aguardaba la mañana
y el despertar para marcharse.
No temas nada mi cielo…
Sigue durmiendo….
Ojalá pudieras decirme, princesa mía,
de qué te gustaría que fuera hoy el cuento…
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