Sinuhé
Poeta adicto al portal
Solo tú, únicamente tú en mis palabras.
La carta esta que nunca te envío,
la que siempre guardo entre mis ropas;
aquí sigue, sin destino.
¿Para qué me amas?, ya déjame ir,
abandóname finalmente.
Deséame lejos una vez, destiérrame;
al abismo desde donde ya no te sueñe.
Si. Ya lo sabes, aquí sigue lloviendo.
Caen los recuerdos
y el cofre donde te guardo
también sigue existiendo.
Interminable y lleno de todo,
de tanto y tanto
que ilumina siempre
y claramente tu nombre.
¿Cómo he de llamarte hoy?
¿Desnuda?, ¿Poderosa?;
¿Triste sueño mío?
¿Cómo debo implorarte hoy, para que marches?
¡Evítame!, ¡Vete y dilúyete espléndida!
Si ya sabes que me duele tu rostro
¿por qué me esperas entonces?
Aquí, en este cuarto mínimo sin ti,
¿por qué sigo llamándote?
¿Por qué?
¿Solo dime por qué sigues brotando en los días
y me atrapas inevitablemente con tu canto?
Si tan solo pudiera celebrar tu partida,
distante mía,
liberarme de ti un solo instante.
Ya no escribirte ni llamarte.
Si tú lo sabes,
y aun así sigues llenándome de todo,
invadiéndome en tu encanto.
Y de solo imaginarte
se me encienden de pronto los besos
y ya no puedo marcharme...
me atrapas nuevamente
y derrotado tomo de nuevo
y guardo entre mis ropas tu carta;
en el mismo sobre que tú ya no abres.
Sigue lloviendo.
Y la noche misma te sigue buscando.
Ah mi eterna, niña mía de mis manos, deseo mío.
¿Cómo puedo entonces olvidarte?
Si la tierra misma se enamora de tu nombre
y yo mismo aún te sigo llamando.
La carta esta que nunca te envío,
la que siempre guardo entre mis ropas;
aquí sigue, sin destino.
¿Para qué me amas?, ya déjame ir,
abandóname finalmente.
Deséame lejos una vez, destiérrame;
al abismo desde donde ya no te sueñe.
Si. Ya lo sabes, aquí sigue lloviendo.
Caen los recuerdos
y el cofre donde te guardo
también sigue existiendo.
Interminable y lleno de todo,
de tanto y tanto
que ilumina siempre
y claramente tu nombre.
¿Cómo he de llamarte hoy?
¿Desnuda?, ¿Poderosa?;
¿Triste sueño mío?
¿Cómo debo implorarte hoy, para que marches?
¡Evítame!, ¡Vete y dilúyete espléndida!
Si ya sabes que me duele tu rostro
¿por qué me esperas entonces?
Aquí, en este cuarto mínimo sin ti,
¿por qué sigo llamándote?
¿Por qué?
¿Solo dime por qué sigues brotando en los días
y me atrapas inevitablemente con tu canto?
Si tan solo pudiera celebrar tu partida,
distante mía,
liberarme de ti un solo instante.
Ya no escribirte ni llamarte.
Si tú lo sabes,
y aun así sigues llenándome de todo,
invadiéndome en tu encanto.
Y de solo imaginarte
se me encienden de pronto los besos
y ya no puedo marcharme...
me atrapas nuevamente
y derrotado tomo de nuevo
y guardo entre mis ropas tu carta;
en el mismo sobre que tú ya no abres.
Sigue lloviendo.
Y la noche misma te sigue buscando.
Ah mi eterna, niña mía de mis manos, deseo mío.
¿Cómo puedo entonces olvidarte?
Si la tierra misma se enamora de tu nombre
y yo mismo aún te sigo llamando.
Última edición: