ivoralgor
Poeta fiel al portal
Recibí tus ojos rezaba el mensaje recibido en el teléfono móvil. Se ahogaba un suspiro en los
adentros de Paz; gemía a solas en la habitación. El sol alentaba su despertar, la brisa era
tenue y su sal algo perfumada, los ojos de la luna se cerraban agobiados. La voz del alma ya no
pudo reprimir el sentir de sus paredes húmedas y frágiles:
Sé que lo amaré con todo, sin nada, en los ayeres de placeres infinitos. Oigo esa razón
inequívoca que destila un suspiro cuando escucho resonar su voz en mis labios. ¿Cuánto ha
cambiado mi vida? Desde que mis ojos se postraron en su aroma supe que sería la cruz que
calzaría mi pena y mi dicha. Sus ojos penetraron el acuoso ser de mis besos, los desmanteló sin
más aplomo que su sonrisa inquieta
La voz del alma se apresuraba a recitar con toda la emoción contenida. Paz se mordía los labios
una y otra vez, nada podía detener la catarsis que ahora emergía. El vibrar del teléfono móvil
la distrajo: El llanto de mi voz se apaga en tu risa. Terminó por apagar el teléfono móvil,
quería estar sola. Se dirigió a la cama cansinamente, con alientos de sentenciada a muerte. Sin
dudar se despojó de sus ropas lentamente. El crujir de su pensamiento la detuvo un instante
eterno. Continuó mecánicamente despojándose de sus ropas, ya no tenía calor, ni frío, sólo se
sentía ligera como ella lo había soñado hacía cuatro noches:
Se volcaba en las manos de una sombra desnuda que inapropiadamente le desgarra las ropas, con
ímpetus de ganas carnales, con salvajismo tenue, con excitación pausada pero imponente. Se
dejaba arrastrar por los holanes de las caricias de la sombra desnuda. Gemía a ratos, sollozaba
en otros, pero jamás dejó de sentir las caricias que penetraban su alma entera. Se sentía
ligera, liviana, hermana del aire, etérea completamente.
Se recostó en la cama envolviéndose con las sábanas carmín. Suspiró un poco, otro sollozo, un
suspiro de nuevo, un quejido antes de cerrar los ojos. Apretó el alma hasta quedar exhausta,
hasta quedar ligera, dormida. La sombra desnuda tomó sus labios, le tatuó un rosal de caricias.
Ella ya no gemía, ni suspiraba, sólo se sentía ligera, dormida. La sombra desnuda le exprimió el
último céntimo que le quedaba de vida, se lo engulló sintiendo un placer exquisito; la risa
ciega se dibujó en su desnuda sombra y Paz ya no dormía, ni gemía, sólo de soledad moría.
adentros de Paz; gemía a solas en la habitación. El sol alentaba su despertar, la brisa era
tenue y su sal algo perfumada, los ojos de la luna se cerraban agobiados. La voz del alma ya no
pudo reprimir el sentir de sus paredes húmedas y frágiles:
Sé que lo amaré con todo, sin nada, en los ayeres de placeres infinitos. Oigo esa razón
inequívoca que destila un suspiro cuando escucho resonar su voz en mis labios. ¿Cuánto ha
cambiado mi vida? Desde que mis ojos se postraron en su aroma supe que sería la cruz que
calzaría mi pena y mi dicha. Sus ojos penetraron el acuoso ser de mis besos, los desmanteló sin
más aplomo que su sonrisa inquieta
La voz del alma se apresuraba a recitar con toda la emoción contenida. Paz se mordía los labios
una y otra vez, nada podía detener la catarsis que ahora emergía. El vibrar del teléfono móvil
la distrajo: El llanto de mi voz se apaga en tu risa. Terminó por apagar el teléfono móvil,
quería estar sola. Se dirigió a la cama cansinamente, con alientos de sentenciada a muerte. Sin
dudar se despojó de sus ropas lentamente. El crujir de su pensamiento la detuvo un instante
eterno. Continuó mecánicamente despojándose de sus ropas, ya no tenía calor, ni frío, sólo se
sentía ligera como ella lo había soñado hacía cuatro noches:
Se volcaba en las manos de una sombra desnuda que inapropiadamente le desgarra las ropas, con
ímpetus de ganas carnales, con salvajismo tenue, con excitación pausada pero imponente. Se
dejaba arrastrar por los holanes de las caricias de la sombra desnuda. Gemía a ratos, sollozaba
en otros, pero jamás dejó de sentir las caricias que penetraban su alma entera. Se sentía
ligera, liviana, hermana del aire, etérea completamente.
Se recostó en la cama envolviéndose con las sábanas carmín. Suspiró un poco, otro sollozo, un
suspiro de nuevo, un quejido antes de cerrar los ojos. Apretó el alma hasta quedar exhausta,
hasta quedar ligera, dormida. La sombra desnuda tomó sus labios, le tatuó un rosal de caricias.
Ella ya no gemía, ni suspiraba, sólo se sentía ligera, dormida. La sombra desnuda le exprimió el
último céntimo que le quedaba de vida, se lo engulló sintiendo un placer exquisito; la risa
ciega se dibujó en su desnuda sombra y Paz ya no dormía, ni gemía, sólo de soledad moría.