jamb
Poeta recién llegado
“Ahora solo serás una página quemada de un libro viejo, cuyo llanto no se oirá en las profundidades de mis sueños”. El hombre dejó el lápiz, cerró estrepitosamente su libro y se dirigió hacia su saco. Se lo puso, guardó el escrito en uno de sus bolsillos y dio a andar a la calle.
La luna ya mostraba su aura en el cielo estrellado, las calles ya oían al silencio. Su andar era un eco entre los edificios aledaños que inspiraban seriedad y misterio. Recorrió todo el perímetro del lago Easten, evocando los últimos pasajes de su memoria. Sacó el libro, pasó suavemente las hojas como dándoles caricias y se puso a leer escritos de hace un par de semanas: “Fría noche en el lago Easten y más intensa aún por la soledad…”.
Llegó a la calle Devon hasta el edificio 5746. Subió lentamente por el viejo ascensor hasta el décimo piso. En el ascenso, contemplaba la noche gris a través de los sucios vidrios. El oscuro cielo empezaba a gimotear al igual que sus más profundos sentimientos, aquellos que tenían ganas de dejar salir al demonio que llevaba adentro. Se acercó a la puerta 1002. Tocó el timbre. Sus ojos estaban rojos y tenía un gran nudo en la garganta.
- ¿Sí? ¿Quién es? – Respondió con delicadeza una chica.
La puerta estaba entreabierta. No se podía ver su cara. Consumida por la curiosidad que la invadía, la abrió rápidamente. De tono blanco tomó su rostro, sus pasos se alejaban de la puerta con nerviosismo, y tal sentimiento no la aguantó dejándola en el piso. Su cabeza tiritaba de miedo. Levantó la mirada lentamente y lo miro a los ojos. Veía una llama intensa que no se apagaba con la melancólica lluvia derramada.
- ¿Qué haces aquí?– gritó.
- Necesitaba verte, pero no así.
Entró y selló la puerta. La mujer arrastraba su cuerpo hacia el fondo del pasadizo mientras él la contemplaba. Su mano iba hacia su bolsillo. Ella cubría su cara con sus manos, escondía la vista tratando de no ver algo que quizás nunca hubiese querido. Se retorcía en sus pesadillas que se convertían en realidad, el miedo no la dejaba oír y el silencio la atormentaba. Abrió los ojos y el pasadizo se encontraba desamparado. Se dirigió a la puerta a ver si se había ido, y así fue. La calma volvía a ella hasta que su pie tropezó con un libro.
Ya en calma, se sentó en su escritorio y empezó a leerlo. Los sentimientos y recuerdos hechos versos se sumían en su corazón hasta tocar fondo y sentirse de una manera rara como cuando recibió la noticia. Cesó de llorar porque sabía que no era bueno para ella. Miró al techo como buscando que una respuesta que callera de él, pero no le daba ninguna. Se acercó a la ventana para buscar consuelo alguno, pero lo único que encontró fue a su sufrimiento: lo vio caminando por la berma; luego por la pista como jugando con su vida.
Sin meditarlo, agarró las llaves y se dirigió hacia él. Entre la neblina lo vio calle abajo, caminaba solo y tambaleándose sutilmente. Ella corrió como si no tuviera ningún peso encima, empujada por el viento y por su desesperación. Él ya estaba girando la esquina, cuando de pronto su cuerpo yacía en el frío suelo. Ella recogió su cabeza y lo recostó sobre su vientre, y le dijo:
- Era tuyo.
- Nunca lo fue…- respondió con poco aliento.
Una mano acarició el hombro de la mujer, una caricia de compasión. Los dos miraban cómo el sosiego hombre desfallecía, cómo un río rojo corría entre su cuerpo, cómo el poeta se volvía rojo.
La luna ya mostraba su aura en el cielo estrellado, las calles ya oían al silencio. Su andar era un eco entre los edificios aledaños que inspiraban seriedad y misterio. Recorrió todo el perímetro del lago Easten, evocando los últimos pasajes de su memoria. Sacó el libro, pasó suavemente las hojas como dándoles caricias y se puso a leer escritos de hace un par de semanas: “Fría noche en el lago Easten y más intensa aún por la soledad…”.
Llegó a la calle Devon hasta el edificio 5746. Subió lentamente por el viejo ascensor hasta el décimo piso. En el ascenso, contemplaba la noche gris a través de los sucios vidrios. El oscuro cielo empezaba a gimotear al igual que sus más profundos sentimientos, aquellos que tenían ganas de dejar salir al demonio que llevaba adentro. Se acercó a la puerta 1002. Tocó el timbre. Sus ojos estaban rojos y tenía un gran nudo en la garganta.
- ¿Sí? ¿Quién es? – Respondió con delicadeza una chica.
La puerta estaba entreabierta. No se podía ver su cara. Consumida por la curiosidad que la invadía, la abrió rápidamente. De tono blanco tomó su rostro, sus pasos se alejaban de la puerta con nerviosismo, y tal sentimiento no la aguantó dejándola en el piso. Su cabeza tiritaba de miedo. Levantó la mirada lentamente y lo miro a los ojos. Veía una llama intensa que no se apagaba con la melancólica lluvia derramada.
- ¿Qué haces aquí?– gritó.
- Necesitaba verte, pero no así.
Entró y selló la puerta. La mujer arrastraba su cuerpo hacia el fondo del pasadizo mientras él la contemplaba. Su mano iba hacia su bolsillo. Ella cubría su cara con sus manos, escondía la vista tratando de no ver algo que quizás nunca hubiese querido. Se retorcía en sus pesadillas que se convertían en realidad, el miedo no la dejaba oír y el silencio la atormentaba. Abrió los ojos y el pasadizo se encontraba desamparado. Se dirigió a la puerta a ver si se había ido, y así fue. La calma volvía a ella hasta que su pie tropezó con un libro.
Ya en calma, se sentó en su escritorio y empezó a leerlo. Los sentimientos y recuerdos hechos versos se sumían en su corazón hasta tocar fondo y sentirse de una manera rara como cuando recibió la noticia. Cesó de llorar porque sabía que no era bueno para ella. Miró al techo como buscando que una respuesta que callera de él, pero no le daba ninguna. Se acercó a la ventana para buscar consuelo alguno, pero lo único que encontró fue a su sufrimiento: lo vio caminando por la berma; luego por la pista como jugando con su vida.
Sin meditarlo, agarró las llaves y se dirigió hacia él. Entre la neblina lo vio calle abajo, caminaba solo y tambaleándose sutilmente. Ella corrió como si no tuviera ningún peso encima, empujada por el viento y por su desesperación. Él ya estaba girando la esquina, cuando de pronto su cuerpo yacía en el frío suelo. Ella recogió su cabeza y lo recostó sobre su vientre, y le dijo:
- Era tuyo.
- Nunca lo fue…- respondió con poco aliento.
Una mano acarició el hombro de la mujer, una caricia de compasión. Los dos miraban cómo el sosiego hombre desfallecía, cómo un río rojo corría entre su cuerpo, cómo el poeta se volvía rojo.
Última edición: