Javier Palanca
Poeta fiel al portal
EL DÍA DE SAN MARTÍN
Mientras sus lagrimas anegaban mis hombros, yo la estrujaba como queriendo extraer por sus poros toda la amargura y los miedos pasados.
-Llegaba otra vez borracho-me dijo balbuceando-. ¿Donde estás perra?, gritaba nada más entrar. Pero esta vez no he dejado que me tocara.
-Te acuerdas-le dije- cuando jugábamos a la pelota dentro de casa y rompiste la quesera de cerámica que era el único recuerdo tangible que le quedaba a la mamá de la abuela.
-Claro que me acuerdo-dijo.
-Y sabes-continué- por qué me declaré culpable
-Porque siempre me has protegido y querido más que nadie-respondió.
-Pues ahora no lo olvides-concluí.
La aparte de mi cuerpo y cerrando la mano en puño le golpee dos veces en la cara hasta que cayó al suelo y le di varias patadas en el cuerpo.
Acerqué mi boca a su oído y le dije: Helena, me ha dolido más que a ti, pero ahora piensa los hechos que le contarás a la policía antes de llamarla. Yo tengo que irme.
Pasé otra vez por encima del cuerpo de Roberto que yacía en el suelo de la cocina al lado de un cuchillo ensangrentado.
Cuando llegué a casa, Elvira estaba acostada, aunque despierta. Me tumbé a su lado sin cenar.
-¿Qué tal el día?-dijo mientras se me acoplaba- ¿Ha llamado tu hermana?
- No, hoy no ha llamado.
- Igual todo va mejor. Entonces ¿estás de humor?- dijo mientras pasaba su mano por debajo de la goma de mi pijama.
-Estoy- le dije- como en las noches cuando íbamos al pueblo a la matanza del gorrino.
-No lo dudo, porque empiezo a sentir dentro de mi mano el pedestal de mármol de San Martín.
Mientras sus lagrimas anegaban mis hombros, yo la estrujaba como queriendo extraer por sus poros toda la amargura y los miedos pasados.
-Llegaba otra vez borracho-me dijo balbuceando-. ¿Donde estás perra?, gritaba nada más entrar. Pero esta vez no he dejado que me tocara.
-Te acuerdas-le dije- cuando jugábamos a la pelota dentro de casa y rompiste la quesera de cerámica que era el único recuerdo tangible que le quedaba a la mamá de la abuela.
-Claro que me acuerdo-dijo.
-Y sabes-continué- por qué me declaré culpable
-Porque siempre me has protegido y querido más que nadie-respondió.
-Pues ahora no lo olvides-concluí.
La aparte de mi cuerpo y cerrando la mano en puño le golpee dos veces en la cara hasta que cayó al suelo y le di varias patadas en el cuerpo.
Acerqué mi boca a su oído y le dije: Helena, me ha dolido más que a ti, pero ahora piensa los hechos que le contarás a la policía antes de llamarla. Yo tengo que irme.
Pasé otra vez por encima del cuerpo de Roberto que yacía en el suelo de la cocina al lado de un cuchillo ensangrentado.
Cuando llegué a casa, Elvira estaba acostada, aunque despierta. Me tumbé a su lado sin cenar.
-¿Qué tal el día?-dijo mientras se me acoplaba- ¿Ha llamado tu hermana?
- No, hoy no ha llamado.
- Igual todo va mejor. Entonces ¿estás de humor?- dijo mientras pasaba su mano por debajo de la goma de mi pijama.
-Estoy- le dije- como en las noches cuando íbamos al pueblo a la matanza del gorrino.
-No lo dudo, porque empiezo a sentir dentro de mi mano el pedestal de mármol de San Martín.