Quiero amarte
Discurre el tiempo, en la quietud propuesta en tu fiereza,
e intento permanecer erguido a duras penas,
como un castaño de tronco grueso
que se encorva al desprendérsele la última de sus hojas,
y aún con el verdor en el alma, cae,
sin que pueda hacer del desespero el auxilio del bosque.
Y se levantan miles de hojas secas, a su caída
con el crespo de los taninos haciendo un rostro,
de alegóricas muecas me recuerdan tu sonrisa.
Nace en mi corazón la última verdad que puedo darte
en medio de la lucha de esos años creyendo en el amor
por tantos golpes, le fui endureciendo a este músculo enajenado
de toda razón, y de la existencia del que tumba robles.
No sé que puede más, si el instinto que crece a toda prisa
cuando estas cobijada bajo el ramaje, y detrás las inclemencias truncas
de un desamor enloquecido O el libreto de las castas
por permanecer sobrio ante el amor.
Es que quiero amar, sin detenimientos y después elevarme ruidoso
en la quietud de la tarde, y disfrutar del café que se verte de la prensa
sobre la tasa blanca en un remolino aromático, que cosquillea mis fosas,
dilatando la piel de mi rostro, adormeciéndolo,
llenándolo de la tibieza de tu brebaje.
Discurre el tiempo, en la quietud propuesta en tu fiereza,
e intento permanecer erguido a duras penas,
como un castaño de tronco grueso
que se encorva al desprendérsele la última de sus hojas,
y aún con el verdor en el alma, cae,
sin que pueda hacer del desespero el auxilio del bosque.
Y se levantan miles de hojas secas, a su caída
con el crespo de los taninos haciendo un rostro,
de alegóricas muecas me recuerdan tu sonrisa.
Nace en mi corazón la última verdad que puedo darte
en medio de la lucha de esos años creyendo en el amor
por tantos golpes, le fui endureciendo a este músculo enajenado
de toda razón, y de la existencia del que tumba robles.
No sé que puede más, si el instinto que crece a toda prisa
cuando estas cobijada bajo el ramaje, y detrás las inclemencias truncas
de un desamor enloquecido O el libreto de las castas
por permanecer sobrio ante el amor.
Es que quiero amar, sin detenimientos y después elevarme ruidoso
en la quietud de la tarde, y disfrutar del café que se verte de la prensa
sobre la tasa blanca en un remolino aromático, que cosquillea mis fosas,
dilatando la piel de mi rostro, adormeciéndolo,
llenándolo de la tibieza de tu brebaje.