Littera
Poeta asiduo al portal
Penetraste en mis sueños cierta noche
en que, abatida y temblorosa el alma
como agotado y dolorido el cuerpo,
rodeaba y sitiábame la muerte
de negras manos y sombríos ojos,
de vil semblante y traicioneros labios.
Fue mi nombre vertido por tus labios
en la yema retinta de la noche,
una llama feraz cundió en tus ojos,
un fuego súpito prendió mi alma
y, a salvo del aroma de la muerte,
di mis pasos al limen de tu cuerpo.
Sobre un sofá de blando y limpio cuerpo
supe que nada en tus ardientes labios
fuera sufrir a la temida muerte,
en tanto ansiaba la invidiosa noche
poseer la pasión de nuestra alma
y el humano cristal de nuestros ojos.
Aunque eran presos mis amantes ojos
en la curvada cárcel de tu cuerpo,
súbdita de tu voz mi frágil alma
y siervos mis humores de tus labios,
libre en cambio mostrábase la noche,
que galopó con rapidez y a muerte.
Así, horrible cual la cruda muerte
fue despertar y, abiertos ambos ojos,
sentir la fuga de la avara noche,
la ida de tu etéreo y magno cuerpo,
la falta de tu boca y de tus labios
y la plena rotura de mi alma.
Ya tu sonrisa tan gustosa al alma,
con que burlé la intriga de la muerte,
desvïé el bebedizo de sus labios
y escapé de la broza de sus ojos,
no rocïaba mi cadente cuerpo
ni me servía el néctar de la noche.
Cuanto gozase aquella noche el alma
y sepultase el cuerpo de la muerte
perdiose con tus ojos y tus labios.
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