R_Cordero
Poeta asiduo al portal
En la ciudad pasean,
como el eco de un nombre gritado en el vacío,
escombros de un palacio de memoria
sobre la irrealidad de las promesas.
En esa incertidumbre
pisa un hombre la acera resolviendo
su enigma en cada paso y provocando
a la ciudad insomne
como en una pelea.
Serpiente azul, acuosa silueta,
el rio Spree cruza condescendiente
el frio del metal de nuestro siglo
igual que fue testigo
de los ferrocarriles hacia el Este
y de todas las piras
del odio
en dócil procesión.
Marca su territorio un hombre solo
bajo el múltiple espectro
del tiempo en los relojes de Alexander
Platz.
Busca cobijo
el mundo en sus señales compartidas,
en el compás de un tiempo bajo acuerdo:
la piedra como un símbolo,
los muros derribados
de la historia
que han llevado a su fin dilapidario.
Un margen en los precios de la vida y un contorno
de arquitectura utópica recogen
al hombre que camina
y no piensa en volver pero recuerda
que un día fueron suyas las aceras
de Friedrichshain,
el Muro y su tragedia tatuada,
la cerveza en Boxhagener y un beso
junto a las viejas vías cuando el alba
firmaba el manuscrito de la noche
con una despedida.
como el eco de un nombre gritado en el vacío,
escombros de un palacio de memoria
sobre la irrealidad de las promesas.
En esa incertidumbre
pisa un hombre la acera resolviendo
su enigma en cada paso y provocando
a la ciudad insomne
como en una pelea.
Serpiente azul, acuosa silueta,
el rio Spree cruza condescendiente
el frio del metal de nuestro siglo
igual que fue testigo
de los ferrocarriles hacia el Este
y de todas las piras
del odio
en dócil procesión.
Marca su territorio un hombre solo
bajo el múltiple espectro
del tiempo en los relojes de Alexander
Platz.
Busca cobijo
el mundo en sus señales compartidas,
en el compás de un tiempo bajo acuerdo:
la piedra como un símbolo,
los muros derribados
de la historia
que han llevado a su fin dilapidario.
Un margen en los precios de la vida y un contorno
de arquitectura utópica recogen
al hombre que camina
y no piensa en volver pero recuerda
que un día fueron suyas las aceras
de Friedrichshain,
el Muro y su tragedia tatuada,
la cerveza en Boxhagener y un beso
junto a las viejas vías cuando el alba
firmaba el manuscrito de la noche
con una despedida.