Pedro Ferreira
Poeta veterano en el portal
“... et nemo loquebatur ei verbum; videbant enim
dolorem esse vehementem.”
Liber Iob, 2:13.
Las aguas del arroyo de la vida
se vuelven noche o fango. Algunas veces
las vides fuertes pierden los sarmientos
o el trigo quiebra tierno en sus espigas,
el dedo sólo es útil para lavar
las pústulas infames del castigo
y baja un hielo que la piel horada
hasta abrir en abismo el propio mar.
¿No están quietos los pies, clavados, firmes,
armando los despojos del destino?
¿No ha quemado la cólera del cielo
las retinas que sólo ven vacío?
Solo camina el ser abandonado
cuando no queda ya ni la razón
y acechan en la bruma los colmillos.
Entonces hay unas manos que lo alcanzan,
ponen su espalda y junto a él se sientan.
Hay un desgarro del alma estremecida
que comparte el silencio y las preguntas.
Aunque los pasos vengan de lejana
tierra y los ojos pongan un encaje
ante sí, surge un llanto compartido
que moja el polvo sobre los cabellos.
Y alzan las manos una misma copa.
Aguadulce, diciembre de 2010
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