rosa amarilla
Poeta que no puede vivir sin el portal
Una mañana temprano
salió rápido de casa,
llevaba un cirio en la mano
y una sola rosa blanca.
Por la vereda del río
muy sola y triste vagaba
y la rosa del estío
en sus brazos apretaba.
En un profundo recodo,
cuando nadie la miraba,
se despedía de todo
y la ropa se quitaba.
Alzó los ojos al cielo
y una súplica entonaba
recordando a aquél, su dueño
y todo lo que lo amaba.
Venía del aire
y a él volaba,
para que nadie
la recordara...
Se fue perdiendo muy dulcemente
entre las aguas que la abrazaban,
y en un recodo, el dolor latente
de mudas flores, que la lloraban...
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