
Siguiendo los escritos de manuscritos antiguos, donde los ofrendados cumplían sus pactos a sabiendas que en caso de desacato terminarían muertos o desterrados, encuentro entre papeles, ya ajados por los decenios, una idea que pareciese la respuesta precisa a la incógnita que me ha rodeado por dos lustros.
Al romperse el pacto, se mermaron las fuerzas, a tal grado que un organismo sano en apariencia se estaba consumiendo del interior hacia fuera.
Por azar del destino se empezó a cumplir lo estipulado y regresaron las fuerzas, reapareció el hambre de conocimiento y por dicha divina llegó la musa de quimeras.
Extraña coincidencia, saberse señalado, poseedor del destino y del destierro.