pablo7972
Poeta que considera el portal su segunda casa

Aquella tarde de febrero prometía. Cerraba el lustroso maletín con los contratos ya firmados, pólizas y demás zarandajas de oficina, cuando la avisé:
-Hoy voy a llegar más tarde, le voy a dar un repaso al... balance para fin de mes.
La voz estrambótica de aquella mujer resonó con el estrépito de los gigantes en el largo pasillo del hogar:
-¡Otra vez, hoy, precisamente! ¡Nuestro aniversario!
Me sonreí, lo que no sabía ella era que yo sí lo iba a celebrar, en otro lugar, claro.
-Mujer, a estas alturas no me vengas con rollos. Pídete una pizza, o ... ¡Llama a alguna de tus amigas! ¿Por qué no vas a las rebajas? Soy un marido liberal ¡Ja ja!
Salí al pasillo, con el móvil aún en ristre. El mensajito secreto ya estaba a buen recaudo.
Pero se avino ella como una exhalación, como el reventón de uno de los motores a reacción de un boeing 747. Llegó desde la habitación de la entrada y atravesando el pasillo se estrelló contra mi cuerpo cual tigre de Bengala, me plantó aquel beso indecible que desprecié profundamente, y mi mejilla, flanqueando el contacto como pudo, atajó la embestida de aquella escasa mujer en su pretendido acto de amor.
-¡Aparta, coño! ¿Qué quieres, mujer, qué te pasa?
-¡Sólo te quiero dar un beso de despedida, como si todavía nos quisiéramos! ¿O es que ya no me quieres?
No reparé en el resplandor que nutría sus ojos, ávidos como los de la fiera que descarna al cervatillo, solo maldije a todos los santos, y entre ellos a mi santa mujer, por haber dado con mi móvil estrellado contra el duro suelo.
-¡Maldita sea, estúpida! - Grité, ahora sí, delirante y sin juicio.
No sólo había conseguido estrellar mi ordenador de a bordo contra el suelo. Yacían sus partes íntimas desperdigadas, laceradas por el estúpido ósculo de una mujer que no me importaba ni al mínimo. La carcasa, la batería, el teclado. La tarjeta SIM.
Se juntaron los cielos y los infiernos, juro que no llegué al punto de descargar mi brazo tensionado ya contra la blanca cara de aquel ángel del infortunio. Pero no hay regla en el mundo que pueda medir distancia tan pequeña, tan nimia, que entonces me apartó de ello.
-Ya lo recojo yo todo- sollozaba ella, a mis pies, de rodillas, afanada en la servil tarea de enmendar el error propio elevado a la categoría de falta suprema por mi mandamiento cuasi divino.
Y yo permanecí allí con mi brazo en alto, todavía dubitativo, con el ansia de abofetearla desfalleciendo poco a poco, enervándose las venas y arterias que marcando todo el contorno del antebrazo, casi sugerían pequeños derrames azulados.
Con la vista puesta en la cerradura de la puerta, deseé estar fuera para siempre de aquel lugar. Si fuera posible, en otros brazos, claro.
Ella ya no contestó más, pudo haber estado media hora allí a mis pies, componiendo y descomponiendo entre lágrimas el teclado, la batería, la tarjeta SIM. ¡Hasta debió encontrar la antena de aquel móvil de ultimísima generación!
Simplemente esperé esa eternidad, era un precio justo.
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La tarde había sido de perros. Ni un solo cliente. Cerré el despacho antes de lo habitual. Tendría ahora la justa recompensa a los dislates de aquel estúpido día. Mi chica esperaba. Menos mal que había enviado el mensajito de mis amores justo antes del tropiezo, o del intento de abrazo o beso ¡qué sé yo! que me había pretendido endilgar aquella mujer perdedora ¡Vaya risa!
- Pobre estúpida, preparando la cena, y yo, comiendo caviar y del bueno.
Miré la hora de nuevo, no sé por qué, todavía me ponía nervioso al acercarme a las inmediaciones del hotelucho de barrio, de aquella pensión cómplice que me miraba desde la ventana que tan bien conocía; donde las colillas de nuestros cigarrillos consumidos cada viernes se abarrotaban y hacinaban en el alféizar, prestas a volar con cualquier brisa que allí ni soplaba.
- ¡Las nueve y un minuto! ¡Joder! Pero si salí antes de la hora, ¡Qué coño pasa! ¿Me he quedado dormido por el camino, o qué?
Daba igual, ella vendría en media hora. Éramos la pareja ideal, pero su horario no le permitía conciliar más y mejor nuestros desvaríos y amoríos en tan sórdido escenario.
Pedí la llave, la de siempre, me sentía importante allí, con mi maleta negra y mi corbata bien planchada. El imbécil de la consigna no me miró. Tenía la llave delante de mí en el mostrador, retándome, anticipándose a mi vanidosa reacción. El estúpido ¿era yo? Mientras aquel infrahombre de pelo ralo y mal peinado seguía enfrascado en el periódico de ayer.
Subí como el rayo. Deseaba asearme a mil por hora y volver a tener cinco años menos. Pero eso ya no podía arreglarlo.
Tras el rápido aseo, me senté en la butaca y encendí la vieja televisión. Puse el móvil en vibrador, a partir de las nueve de la noche no se atienden llamadas, ja, ja. Al tiempo, miré la hora.
- ¡Las nueve y un minuto! ¡Maldita sea!
La muy estúpida debía de haberse golpeado contra mi Time-Force de lujo, consiguiendo que dejara de funcionar. Era capaz de estropear todo lo que tocaba ¿cómo era posible?
- No te preocupes, lleváselo a tu cuñado, a cuenta que le eche un vistazo y que me lo arregle gratis, que ya he pagado sobreprecio aguantando a su hermana todos estos años.
Empecé a reír locamente. Mas, qué importaba. En aquel hotel de tres al cuarto podía ser el único cliente. Al menos, el único que vestía zapatos de más de 100 euros. Me reía de ella, de su papel en aquella historia, de su hermano relojero, de mi trabajo bien pagado...
Acerté a mirar la hora entre mis propios estruendos. ¡Las nueve y un minuto, ja ja! Qué caro iba a pagarlo aquella cabrona, primero el móvil, luego el reloj, mi vida destrozada por aquella aburrida y santa esposa. En la televisión las noticias echaban fuego, la crisis, ¡ba, ba!
Yo sí que echaba fuego, tanto que me invadió un sopor pavoroso, mis músculos laxos se dejaron vencer y fui cayendo en el diván hasta que mis brazos colgaron, hilarantes, también ellos.
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- ¿Quién demonios está hablando?- Me froté los ojos varias veces, mientras observaba a aquellos dos hombres que allí mismo en la habitación de la pensión, como espectros, acompañaban al escaso mobiliario.
- Oigan, ¡Oigan! ¿Qué está pasando aquí?
Intenté incorporarme del butacón, pero me sentía completamente exánime. Había dormido demasiado tiempo.
-¡Oigan! ¿Qué pasa, es que no me oyen?
Agucé el oído.
El bajito hombre de azul le dijo al alto de traje gris bien planchado:
-Tenemos el número de móvil de su mujer, porque en la casa nadie atiende al teléfono.
-Llámala ya, y que vaya viniendo también ella. No le digas nada. Simplemente infórmala de que se la requiere para un asunto de importancia. De lo demás me encargo yo, ¿estamos?
-Claro, jefe.
Comenzó el pequeño hombre de azul a marcar en un teléfono móvil los números.
Pin, pin, pin...
Yo no perdía detalle. Lo que estaba claro es que allí había pasado algo gordo, mientras dormía. Estaban junto a la puerta, ahora abierta. Vi sangre en el suelo.
Tal vez, habían pedido la llave al estúpido de la consigna. Debían de haberse peleado dos putas allí fuera, o los maricas que encontraban en la secretud de aquella pensión pordiosera, el magma ideal para dar rienda suelta a sus aberraciones, pensé.
- Alguien me informará al menos de lo sucedido. Merezco una explicación y una disculpa.- Espeté, intentando guardar calma.
Caso omiso. Enfrascados en la labor policial, ni siquiera giraron el cuello.
Pin, pin, pin. Marcaba el pequeño agente los números en el aparato.
El hombre alto del traje gris se agachó al suelo para... supongo, medir las dimensiones del charco.
Pin, pin, pin
Vi entonces dos pies tendidos en el suelo, bajo el umbral de la puerta de mi habitación. Sus zapatos eran de hombre, de suela dura, no de goma. Pero... ¿qué había ocurrido allí? Ni siquiera me habían despertado.
Entró en la habitación otro agente de policía con el casco todavía puesto:
-Ya viene el juez de camino, inspector.
-Bien, bien. Y la esposa, ¿contesta a la llamada?
Respondió el hombre bajo de azul, con el aparato en la oreja:
-Solo un momento, señor, ya estoy esperando que lo coja.
Me quedé mudo, como si todo el silencio del mundo embargara mis pequeñas posesiones, mi cuerpo, mis sensaciones, mis cuerdas vocales...y la hernia de hiato que rechinaba hacía rato, hasta que una pequeñísima lombriz se comenzó a agitar voluptuosa encima de mi corazón. Una lombriz atrapada en el bolsillo de mi camisa, bien planchada.
Un mordisquito primero, una dentellada, después, abrasión. Fuego del infierno de Dante. La lombriz debía de ser una pesada y gorda víbora. Punzaba y hendía vibrátil sus colmillos en mi pecho. Aquello no era mi corazón que ya no latía o, al menos, hacía tiempo que no lo sentía yo.
¡Brummmmmmm, brummmmmmmm, Brummmmmmmm
¡Brummmmmmm, brummmmmmmm, Brummmmmmmm
-No lo coge nadie, inspector.
-Aguante un poco, es muy importante contactar con la esposa.
Ya no soportaba aquella vibración en mi pecho. Grité, esperando que aquellos hombres me ayudaran. No se inmutaron. Ni siquiera se giraron.
Pertenecían a un holograma casi transparente, enfrente de mis propias narices.
El zumbido siguió impenitente casi al tiempo que mi respiración desfallecía. Mi cuerpo se había paralizado por un terror informe y anestesiador de todo músculo.
¡Brummmmmmm, brummmmmmmm, Brummmmmmmm
Miré la hora, ¿las nueve y un minuto? ¡Las nueve y un minuto!
El pavor era ya indescifrable, no podría ni levantar el belfo inferior, estirado cual goma de mascar hasta el suelo.
¡Brummmmmmm, brummmmmmmm, Brummmmmmmm
-No lo cogen, inspector. ¿Cuelgo ya?
¡Brummmmmmm, brummmmmmmm, Brummmmmmmm
El hombre alto del traje gris miró su reloj. Se quedó pensativo.
¡Brummmmmmm, brummmmmmmm, Brummmmmmmm
-¡Cuelgue!, ya son las diez menos cinco minutos. Hará el reconocimiento en túmulos.
¡Brummmmmmm,
Brum.
Cesó el zumbido. Y cesaron las puntadas de mi lejano corazón.
Aquellos hologramas se confundían en la gélida e irritante atmósfera, los azules con el celeste de las paredes, los grises con el polvo de los muebles aventado por los ratones,
el rojo por una mano ensangrentada que bajaba a través del pliego de mis párpados, mi vista en toda su ancha lontananza.
Todavía pude seguir escuchando, pasivo, como un maniquí retirado del escaparate. Escuchaba.
El noticiario anunció la llegada del estío y de los calores hórridos de julio en la vieja televisión Thomson de rayos catódicos.
- ¡La tarjeta SIM! ¡La puta tarjeta SIM...!

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