alecalo
Poeta que considera el portal su segunda casa
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LO DEJÓ PARTIR
Daba pasos hacia la nada, la mirada hacia abajo a orillas del mar. El día estaba gris, los vientos soplaban fuertes, ella caminaba sin destino.
Un escalofrío profundo recorrió su ser cortándole la respiración. Ojos en lágrimas.
El agua mojaba sus pies, estaba helada, por momentos la paralizaba. La espuma acariciaba la piel de sus piernas y al retroceder dejaba marcada huellas en la arena.
Los brazos provocaban la caricia que en ese instante necesitaba. Sujetándose con fuerza dejaba en su piel las marcas de los dedos. Buscaba la contención que el viento le robaba.
Los pensamientos secuenciaban situaciones pasadas, era imposible contenerse.
El recuerdo con su hombre cuando juntos jugaban a ser pequeños seres descubriéndose recostados en la arena. Se entregaban besos ingenuos que les gustaba saborear. Daban vueltas sobre si mismos acompañados de risas cómplices. Inspirados sin poder detenerse. Siendo observados por las constelaciones del cielo azul. Cada gesto que sus manos manifestaban lo hacían en un acto solemne de ternura. La arena mezclada con los deseos era para ellos la única vestimenta, esa que no podían arrancar del cuerpo. La felicidad de sentirse dibujaba en sus rostros expresiones que los conducían al placer extremo.
Recuerdos la dejaba entumecida y susurrando contaba al océano los momentos que quería conservar intactos.
Las horas pasaban. El viento elevaba sus cabellos. Comenzaba a sentir frió. Estaba sola. Su hombre partió sin un adiós.
Con enojo soltó su cuerpo miró hacia el cielo y con los brazos extendidos lanzo un grito desgarrador. Sabiendo que él no iba a regresar.
De pronto comenzó a correr. Quería ser absorbida por el viento. Elevada al mismo cielo en el cual veía el reflejo de su hombre. Cada vez más rápido y con su mente nula, se desvaneció sobre la arena. Despertó cuando el día había marchado y al subir la marea fue alcanzada por el leve oleaje que acariciaba sus pies. En el suspirar del viento que rodeaba sus oídos sintió un suave eco diciéndole...
-Siempre estaré contigo, seré tu ángel, aquí en esta eternidad te esperaré, mi tiempo a tu lado tuvo su final y ese final me permite quedar en tu memoria-.
Sintió calma. Lo dejo partir. Lo dejo volar con todo su dolor. Le dio el descanso que necesitaba. No sintió su abandono. Ahora anhela un reencuentro y continuar la historia en el reino de los cielos.
LO DEJÓ PARTIR
Daba pasos hacia la nada, la mirada hacia abajo a orillas del mar. El día estaba gris, los vientos soplaban fuertes, ella caminaba sin destino.
Un escalofrío profundo recorrió su ser cortándole la respiración. Ojos en lágrimas.
El agua mojaba sus pies, estaba helada, por momentos la paralizaba. La espuma acariciaba la piel de sus piernas y al retroceder dejaba marcada huellas en la arena.
Los brazos provocaban la caricia que en ese instante necesitaba. Sujetándose con fuerza dejaba en su piel las marcas de los dedos. Buscaba la contención que el viento le robaba.
Los pensamientos secuenciaban situaciones pasadas, era imposible contenerse.
El recuerdo con su hombre cuando juntos jugaban a ser pequeños seres descubriéndose recostados en la arena. Se entregaban besos ingenuos que les gustaba saborear. Daban vueltas sobre si mismos acompañados de risas cómplices. Inspirados sin poder detenerse. Siendo observados por las constelaciones del cielo azul. Cada gesto que sus manos manifestaban lo hacían en un acto solemne de ternura. La arena mezclada con los deseos era para ellos la única vestimenta, esa que no podían arrancar del cuerpo. La felicidad de sentirse dibujaba en sus rostros expresiones que los conducían al placer extremo.
Recuerdos la dejaba entumecida y susurrando contaba al océano los momentos que quería conservar intactos.
Las horas pasaban. El viento elevaba sus cabellos. Comenzaba a sentir frió. Estaba sola. Su hombre partió sin un adiós.
Con enojo soltó su cuerpo miró hacia el cielo y con los brazos extendidos lanzo un grito desgarrador. Sabiendo que él no iba a regresar.
De pronto comenzó a correr. Quería ser absorbida por el viento. Elevada al mismo cielo en el cual veía el reflejo de su hombre. Cada vez más rápido y con su mente nula, se desvaneció sobre la arena. Despertó cuando el día había marchado y al subir la marea fue alcanzada por el leve oleaje que acariciaba sus pies. En el suspirar del viento que rodeaba sus oídos sintió un suave eco diciéndole...
-Siempre estaré contigo, seré tu ángel, aquí en esta eternidad te esperaré, mi tiempo a tu lado tuvo su final y ese final me permite quedar en tu memoria-.
Sintió calma. Lo dejo partir. Lo dejo volar con todo su dolor. Le dio el descanso que necesitaba. No sintió su abandono. Ahora anhela un reencuentro y continuar la historia en el reino de los cielos.
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