Mariana Dominguez Flores
Poeta recién llegado
LA CASA HABITADA.
Enfrente de nadie, siempre hay una casa eternamente abierta de puertas verdes y ventanas verdes como las enredaderas caprichosas que la bordean. Sus mosquiteras invisibles e infranqueables engañan la vista del visitante.
Todo en ella es anaranjado como atardeceres que nunca se fueron.
Su dueña infinitamente sola, es cálida como el azul del mar.
El patio de arriates sembrado de limoneros, laurel, olivos, buganvillas, jazmines, yerbabuena y romero, ilumina el rostro de los que a ella se acercan sin timidez, confiados, expectantes y sonrientes.
Llegan sin disculpas ni excusas sorprendiendo los ojos de la única habitante y acogidos por su sonrisa abierta, franca y cálida: Pasen que llega la gracia de Dios a esta casa
Un ficus poderoso les da la bienvenida con un guiño de complicidad junto con la maceta de pilistra y espejos de Venecia.
Pasan al comedor y los recibe arcos de herradura encendidos con luces tenues casi como velas de iglesia románica. La única lámpara que cuelga parece un sombrero de copa de ala ancha
Las cortinas de colores cálidos cuelgan flojas recogidas por lazos invisibles.
El rincón de leer con lámparas agujereadas de barro tunecino está abandonado; nos vamos a otros lugares del hogar
Marianita la molinera. 09.09.2012.
Enfrente de nadie, siempre hay una casa eternamente abierta de puertas verdes y ventanas verdes como las enredaderas caprichosas que la bordean. Sus mosquiteras invisibles e infranqueables engañan la vista del visitante.
Todo en ella es anaranjado como atardeceres que nunca se fueron.
Su dueña infinitamente sola, es cálida como el azul del mar.
El patio de arriates sembrado de limoneros, laurel, olivos, buganvillas, jazmines, yerbabuena y romero, ilumina el rostro de los que a ella se acercan sin timidez, confiados, expectantes y sonrientes.
Llegan sin disculpas ni excusas sorprendiendo los ojos de la única habitante y acogidos por su sonrisa abierta, franca y cálida: Pasen que llega la gracia de Dios a esta casa
Un ficus poderoso les da la bienvenida con un guiño de complicidad junto con la maceta de pilistra y espejos de Venecia.
Pasan al comedor y los recibe arcos de herradura encendidos con luces tenues casi como velas de iglesia románica. La única lámpara que cuelga parece un sombrero de copa de ala ancha
Las cortinas de colores cálidos cuelgan flojas recogidas por lazos invisibles.
El rincón de leer con lámparas agujereadas de barro tunecino está abandonado; nos vamos a otros lugares del hogar
Marianita la molinera. 09.09.2012.
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