Love Craft
Poeta asiduo al portal
…el pintor se acercó a un estrecho sendero que salía del primer plano del fresco y pareció perderse en el espacio.
Cuento anónimo chino
Y no podía ver que los colores que extendía sobre el lienzo borrábanse de las mejillas de la que tenía sentada a su lado.
Poe, El retrato oval
Manos y rostros ocultan su deformidad causada por el fuego pasado y el presente que los derrite, como cirios se iluminan desde el pasado y alumbran un futuro paradigma; mustias candelarias decaen por los gritos de la esquizofrénica madre, perforada por sus raíces, y pretenden salir del cascarón gris de la tormenta para abrevar del cáliz de un girasol; máculas oscuras oscurecen el pedestal que las contiene, desbordándose desde los márgenes que quiebran… Son varias ideas soterradas bajo pinturas y tonalidades, son ideales el cedro de las pupilas de un aficionado para enmarcar tales fantasmagorías. Resultaba extraño y llamativo cómo la arena fue plegando mis párpados para dormir. Afirmar en momentos tan frenéticos e inspiradores que el tiempo se escapa por invisible, sonaría molesto y despectivo a los cuadros disgustados.
Luego de admirar en la noche pálida la galería de arte, singular en su estilo, singlé por el piélago de las avenidas para llegar a mi hogar. Apreciaba al artista por su inteligente uso de perspectiva sobre la unión latente entre actores y espectadores. Creía que cualquier obra utiliza la representación a través de una actuación fingida y escrita por nuestras expresiones, y que las mentiras, las ilusiones, albergan pedazos verdaderos nuestros, y que nuestra felicidad depende de aceptar aquello que despreciamos, la irracionalidad, el sinsentido. Desdeñaba cualquier relación directa con el público, y así como también que sus admiradores rastrearan en sus obras cualquier huella autobiográfica, no por orgullo o desconsideración, sino porque creía que la unión entre artista y espectador debe darse en niveles menos figurativos.
-La contemplación tiene una virtud propia: se apodera de los que han contemplado una vez y se los atrae a sí, como el imán atrae al hierro.
El transcurso a pie se mantenía apacible. La deleitable luz que pegaba en mi vista ayudaba llamando el sueño, y la oscuridad restituía el entorno arrebatado en húmedas acuarelas para mayor descanso de la mirada.
Apenas desperté del efecto anti-diurno, de las Híades gozando la devoción y las vacías amapolas de alcohol, el engaño se presentó, y los negros y coloridos jarrones de pigmento se acababan vorazmente, enderezando las ocurrencias como escultor a escultura. La piel, al igual que las paredes, lucía tiznada. Por segundos imaginé sólo los borrones delatando la presencia de invisibles objetos y personas, ahogándome en los recuerdos encuadrados antes de la noche.
Parecía a cada momento que actuaba sobre alguna escena, recuadro o escrito. La respiración deteniéndose por algo espeso surgido del acto reflejo. Las imágenes semejantes a suicida escapando del suicidio: el escapismo producido se percibía como espejo en las pinturas, donde sombras sombrean los bordes para vagar desnudas de compasión, contagiándome la ceguera al rozarles, entintando mi cuerpo que iba visiblemente hacia algún rincón de oscuras fantasías.
Me encontraba caminando en un sendero adornado de árboles y hojas secas. El sonido descifraba interrogantes a saber en un idioma desconocido, pero no presté la menor intención de entender al detenerme y hollar el enjambre de oro que danzaba con mis pies, como los duendes de aquel cuadro eran llevados a la sepultura con canciones de cuna. Atraían los pasteles color crema y el fondo acuoso, pero, súbitamente agotado, caí en la florescencia rupestre.
De noctámbulo, el lugar yacía ligado a lo sombrío, y el único farol gélido no se avistaba en el lienzo flotante. Pero las pisadas musicales seguían allí aguardándome, guiándome en la fuerte claustrofobia visual.
La puerta tenía una textura desconocida, pero debía adentrarme en su arquitectura antes que noctívaga tintura me enrede en su greña. Comenzaba a comprender lo abstracto que desfiguraba los aledaños, los símbolos empezaban a figurar en un espacio inexplicable y difuso.
Abriéndose, la música seguía el patrón de aquella imagen borrosa orquestada por alaridos, la postura del arcángel antes de cernir su guadaña. El claroscuro me forzaba a reavivar heridas con el encendedor de una daga. El rojo florecido a modo de candil describía tenuemente la estancia. Tanteé cómo corría la pintura rojiza, cómo la iluminación portaba una sangrante vida, como una ventana sin cortinaje que deja ver el final de todo.
Observé perplejo, en un dualismo separado entre la línea de lo tangible y lo intangible, real e irreal difuminándose por el nuevo tirano mundo que regía sobre mí. Un esbozo del matiz de mi aura en un lado; del otro, mi cuerpo se desvanecía con cada puñalada que daba más forma al inconcluso retrato. Mientras continuamos los dos opuestos con el único nexo, que es la muda súplica. Vivía para morir, moría para vivir, y me encaminaba a vivir muerto dentro de una inmóvil representación, sujetado a la contemplación.
Cuento anónimo chino
Y no podía ver que los colores que extendía sobre el lienzo borrábanse de las mejillas de la que tenía sentada a su lado.
Poe, El retrato oval
Manos y rostros ocultan su deformidad causada por el fuego pasado y el presente que los derrite, como cirios se iluminan desde el pasado y alumbran un futuro paradigma; mustias candelarias decaen por los gritos de la esquizofrénica madre, perforada por sus raíces, y pretenden salir del cascarón gris de la tormenta para abrevar del cáliz de un girasol; máculas oscuras oscurecen el pedestal que las contiene, desbordándose desde los márgenes que quiebran… Son varias ideas soterradas bajo pinturas y tonalidades, son ideales el cedro de las pupilas de un aficionado para enmarcar tales fantasmagorías. Resultaba extraño y llamativo cómo la arena fue plegando mis párpados para dormir. Afirmar en momentos tan frenéticos e inspiradores que el tiempo se escapa por invisible, sonaría molesto y despectivo a los cuadros disgustados.
Luego de admirar en la noche pálida la galería de arte, singular en su estilo, singlé por el piélago de las avenidas para llegar a mi hogar. Apreciaba al artista por su inteligente uso de perspectiva sobre la unión latente entre actores y espectadores. Creía que cualquier obra utiliza la representación a través de una actuación fingida y escrita por nuestras expresiones, y que las mentiras, las ilusiones, albergan pedazos verdaderos nuestros, y que nuestra felicidad depende de aceptar aquello que despreciamos, la irracionalidad, el sinsentido. Desdeñaba cualquier relación directa con el público, y así como también que sus admiradores rastrearan en sus obras cualquier huella autobiográfica, no por orgullo o desconsideración, sino porque creía que la unión entre artista y espectador debe darse en niveles menos figurativos.
-La contemplación tiene una virtud propia: se apodera de los que han contemplado una vez y se los atrae a sí, como el imán atrae al hierro.
El transcurso a pie se mantenía apacible. La deleitable luz que pegaba en mi vista ayudaba llamando el sueño, y la oscuridad restituía el entorno arrebatado en húmedas acuarelas para mayor descanso de la mirada.
Apenas desperté del efecto anti-diurno, de las Híades gozando la devoción y las vacías amapolas de alcohol, el engaño se presentó, y los negros y coloridos jarrones de pigmento se acababan vorazmente, enderezando las ocurrencias como escultor a escultura. La piel, al igual que las paredes, lucía tiznada. Por segundos imaginé sólo los borrones delatando la presencia de invisibles objetos y personas, ahogándome en los recuerdos encuadrados antes de la noche.
Parecía a cada momento que actuaba sobre alguna escena, recuadro o escrito. La respiración deteniéndose por algo espeso surgido del acto reflejo. Las imágenes semejantes a suicida escapando del suicidio: el escapismo producido se percibía como espejo en las pinturas, donde sombras sombrean los bordes para vagar desnudas de compasión, contagiándome la ceguera al rozarles, entintando mi cuerpo que iba visiblemente hacia algún rincón de oscuras fantasías.
Me encontraba caminando en un sendero adornado de árboles y hojas secas. El sonido descifraba interrogantes a saber en un idioma desconocido, pero no presté la menor intención de entender al detenerme y hollar el enjambre de oro que danzaba con mis pies, como los duendes de aquel cuadro eran llevados a la sepultura con canciones de cuna. Atraían los pasteles color crema y el fondo acuoso, pero, súbitamente agotado, caí en la florescencia rupestre.
De noctámbulo, el lugar yacía ligado a lo sombrío, y el único farol gélido no se avistaba en el lienzo flotante. Pero las pisadas musicales seguían allí aguardándome, guiándome en la fuerte claustrofobia visual.
La puerta tenía una textura desconocida, pero debía adentrarme en su arquitectura antes que noctívaga tintura me enrede en su greña. Comenzaba a comprender lo abstracto que desfiguraba los aledaños, los símbolos empezaban a figurar en un espacio inexplicable y difuso.
Abriéndose, la música seguía el patrón de aquella imagen borrosa orquestada por alaridos, la postura del arcángel antes de cernir su guadaña. El claroscuro me forzaba a reavivar heridas con el encendedor de una daga. El rojo florecido a modo de candil describía tenuemente la estancia. Tanteé cómo corría la pintura rojiza, cómo la iluminación portaba una sangrante vida, como una ventana sin cortinaje que deja ver el final de todo.
Observé perplejo, en un dualismo separado entre la línea de lo tangible y lo intangible, real e irreal difuminándose por el nuevo tirano mundo que regía sobre mí. Un esbozo del matiz de mi aura en un lado; del otro, mi cuerpo se desvanecía con cada puñalada que daba más forma al inconcluso retrato. Mientras continuamos los dos opuestos con el único nexo, que es la muda súplica. Vivía para morir, moría para vivir, y me encaminaba a vivir muerto dentro de una inmóvil representación, sujetado a la contemplación.
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