Y qué del fuego,
del silencio y los perímetros
alrededor de tu casa;
fingiendo unas veces azúcar
en la frente,
y tu silencio, ya no.
Y qué de tus ojos
que pasan más despiertos
con mi sueño y siguen
desprovistos de mi reflejo,
pasen los días y los suelos
pero esta ingrata sensación
quédese cerca, indiferente.
Dejadez del llamado
y esa boca
pulula aventuras sin lengua
que del viento presurosa
como amígdala, marcha feliz
por morir por escapar
del infinito desdén de infantes.
Mis dedos han tocado
tu frente y antes
que la buena citara
y que este remolino, quisieran tocar
días antaño de setiembre
y algún verano en un rincón,
también los años antiguos,
pues nadie calla,
nadie escucha aquellos
embelesos sin un nombre.
Que fiero es el fuego
y que dicha a su vez junto
que será cuando des
cuenta en contables
papeles rotos y lentos diarios,
mayores tiernos y algún
canto de tu canto.
Que era una presencia,
una figura detrás de un almanaque
y que mañana o más tarde
era nunca jamás;
y hoy sería casi un día
en que te recuerdo chiquilla
hoy sería la misma prístina
y suelos a pie delante.
Que al llegar
des cuenta de la labor
que costó enumerar
sueldos junios y fisuras
encarnados.
Ese casi siempre
sin primavera, recoge
de mujeres desnudas cuadros,
sus enteros acertijos en tu piel
y activa su hipotálamo
a pesar de su pereza.
Como antes, como yo,
el inferior supremo
en balcón de sitio,
esperando tus ondas telegráficas;
casi nada por estela
y cuadro tanto en pie de amigo.
Qué serán ahora
los ojos sin mirar
las pupilas secas
pues tanta luz blanca
no aminora crueles
espacios oscuros en tu haber.
Y qué del fuego,
del espacio entre primeros
datos, que de los domingos,
son de muertos, ya no.
del silencio y los perímetros
alrededor de tu casa;
fingiendo unas veces azúcar
en la frente,
y tu silencio, ya no.
Y qué de tus ojos
que pasan más despiertos
con mi sueño y siguen
desprovistos de mi reflejo,
pasen los días y los suelos
pero esta ingrata sensación
quédese cerca, indiferente.
Dejadez del llamado
y esa boca
pulula aventuras sin lengua
que del viento presurosa
como amígdala, marcha feliz
por morir por escapar
del infinito desdén de infantes.
Mis dedos han tocado
tu frente y antes
que la buena citara
y que este remolino, quisieran tocar
días antaño de setiembre
y algún verano en un rincón,
también los años antiguos,
pues nadie calla,
nadie escucha aquellos
embelesos sin un nombre.
Que fiero es el fuego
y que dicha a su vez junto
que será cuando des
cuenta en contables
papeles rotos y lentos diarios,
mayores tiernos y algún
canto de tu canto.
Que era una presencia,
una figura detrás de un almanaque
y que mañana o más tarde
era nunca jamás;
y hoy sería casi un día
en que te recuerdo chiquilla
hoy sería la misma prístina
y suelos a pie delante.
Que al llegar
des cuenta de la labor
que costó enumerar
sueldos junios y fisuras
encarnados.
Ese casi siempre
sin primavera, recoge
de mujeres desnudas cuadros,
sus enteros acertijos en tu piel
y activa su hipotálamo
a pesar de su pereza.
Como antes, como yo,
el inferior supremo
en balcón de sitio,
esperando tus ondas telegráficas;
casi nada por estela
y cuadro tanto en pie de amigo.
Qué serán ahora
los ojos sin mirar
las pupilas secas
pues tanta luz blanca
no aminora crueles
espacios oscuros en tu haber.
Y qué del fuego,
del espacio entre primeros
datos, que de los domingos,
son de muertos, ya no.
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