Francisco Lechuga Mejia
Poeta que no puede vivir sin el portal
Su amar era sincero, tenía la sonrisa más rápida que he conocido. Su sonrisa de media luna tenía el embrujo suficiente para cauterizar de inmediato la herida más profunda, poseía la fórmula perfecta para conjurar cualquier mal entendido y regresar a la vida, de inmediato, a cualquier sueño perdido. Su sonrisa de anzuelo era franca, no mentían, no necesitaba de una carnada.
En ocasiones, aunque sabía que hacía mal, me esforzaba para hacerle enojar nada más para que mordiera levemente su labio inferior y después pudiera mirar cómo poco a poco transformaba esa divina mueca en sonrisa y luego en un abrazo, un beso y aleluya.
Una tarde de otoño, en la que las sombras caían como hojas secas del árbol de la vida, tomó el teléfono y de la forma más sencilla me dijo; adiós, me dueles porque te amo y colgó.
No hubo explicaciones, ni broncas ni odios ni riñas, pero mis ojos se ahogaron en sus propios mares, mi mirada duró seca y salada por muchísimos días con todos sus insomnios y sus noches y sus pesadilla con desvelos.
Nunca he cuestionado su partida, hacerlo sería como poner en entre dicho las palabras que le dije al oído aquella noche en la que nuestros cuerpos fueron uno fundiéndose lentamente como cera, aquella noche en la que apenas abrió los ojos después de los fuegos de artificio y le dije que el verdadero amor no tolera ataduras, ni garfios ni cadenas.
En ocasiones creo que ya no espero su regreso, ya han pasado varios años desde aquella vez que tomó el teléfono y siendo fiel a su inocencia me dijo adiós. Creo que si hubiera habido explicaciones mi sentir se hubiera nublado y habría perdido el encanto que me regalo con su presencia a mi lado.
Nunca más he sabido nada de su vida, jamás cultivamos amistades que ahora pudieran decirme por dónde anda, cómo viste, cómo canta, cómo ríe, nuestro mundo entero, ahora lo comprendo, era un mundo en donde todo se ceñía a un nosotros, un mundo feliz, un mundo sencillo.
Due 7.10.12 en una noche en la que sé que no tarda en abandonarme la luna.
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En ocasiones, aunque sabía que hacía mal, me esforzaba para hacerle enojar nada más para que mordiera levemente su labio inferior y después pudiera mirar cómo poco a poco transformaba esa divina mueca en sonrisa y luego en un abrazo, un beso y aleluya.
Una tarde de otoño, en la que las sombras caían como hojas secas del árbol de la vida, tomó el teléfono y de la forma más sencilla me dijo; adiós, me dueles porque te amo y colgó.
No hubo explicaciones, ni broncas ni odios ni riñas, pero mis ojos se ahogaron en sus propios mares, mi mirada duró seca y salada por muchísimos días con todos sus insomnios y sus noches y sus pesadilla con desvelos.
Nunca he cuestionado su partida, hacerlo sería como poner en entre dicho las palabras que le dije al oído aquella noche en la que nuestros cuerpos fueron uno fundiéndose lentamente como cera, aquella noche en la que apenas abrió los ojos después de los fuegos de artificio y le dije que el verdadero amor no tolera ataduras, ni garfios ni cadenas.
En ocasiones creo que ya no espero su regreso, ya han pasado varios años desde aquella vez que tomó el teléfono y siendo fiel a su inocencia me dijo adiós. Creo que si hubiera habido explicaciones mi sentir se hubiera nublado y habría perdido el encanto que me regalo con su presencia a mi lado.
Nunca más he sabido nada de su vida, jamás cultivamos amistades que ahora pudieran decirme por dónde anda, cómo viste, cómo canta, cómo ríe, nuestro mundo entero, ahora lo comprendo, era un mundo en donde todo se ceñía a un nosotros, un mundo feliz, un mundo sencillo.
Due 7.10.12 en una noche en la que sé que no tarda en abandonarme la luna.
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