Love Craft
Poeta asiduo al portal
A ratos vivo alegre igual que un lirón este poeta loco, amador e indolente, y otras veces sombrío cual Clitandro doliente... cierto día una mano llamó a su habitación. ¡Era la muerte! Entonces él suspiró: "Señora, dejadme urdir las rimas de mi último soneto". Después cerró los ojos -acaso un poco inquieto ante el frío enigma -para aguardar su hora... Dicen que fue holgazán, errátil e ilusorio, que dejaba secar la tinta en su escritorio. Lo quiso saber todo y al final nada ha sabido. Y una noche de invierno, cansado de la vida, dejó escapar el alma de la carne podrida y se fue preguntando: ¿Para qué habré venido?
Gérard de Nerval
Gérard de Nerval
El Poema inacabable yace nevado encima del Libro despierto
amenazando al Ser este fantasma, el Frío, de la inefable Inspiración
-aquel mismo tiritar de venales cuerdas
cual aquel nocturno insomnio veraniego de maniatadas vibraciones
aquel su detener monásticos tañidos sepulcrales
como aquel rubor artístico cegador de glacial Estatua segada-
y queda el moldeado sin voluntad de mortales privado de prohibición
ya que el mencionado espectro lo inhibe.
-Cuchillo, sanguijuela, ala, espina, recitar-
figuran compactados como un símbolo ambivalente.
Y el Alba vespertina de las hórridas Moiras, sin aplicarse al espacio,
recitan el Astro juglar del ardor de violines ciegos-coagulación, arco-
derrite movilizando los engranajes
el péndulo roce y baja incrustando una experiencia vez ninguna suministrada-.
Derrite la lunar tinta de claro las viles aflicciones cual calor estival floreciera la Paz -jamás-;
las estaciones rotan, los vitrales y enfermedades.
Sigue, continúa, el abominable desvelo infinito de Verano
los incongruentes párpados de ropa alisados constantemente, los céfiros ya mudan perturbados de composición, examinan unísonos las garras y no se hielan las dadas heridas-.
Había ahora flotantes lápidas color abyección de vivos
una a una se arrancaban las hojas de tachones colmadas
y los bóreas a los epitafios desparrama de muertas enajenaciones pendientes del mío íntimo Árbol:
la Clarividencia lejanía se permite ausente.
Las nácares mañanas lozanas llevan mías obras tatuadas sin declarar Palabra fúnebre
y se creen así aún no exánimes:
las traspapeladas baldosas son suyo sudario.
Este Otoño de senectud no se despide cordialmente; únicamente se despide lo retornable.
Sólo los aires abanicados de mis dos seráficas Páginas amplificó el escrito aquí descrito.
He arrancado las plumas de mis Alas tangibles para escribirte
pues tengo las Alas pálidas que desperezan una hemorragia
usándolas también para resistirse a una inevitable caída
-¿a quién se lo dedico? ¿Por qué soy Poeta? ¿Están suspendidas? ¿Vuelan al fin?-.
La sangre vacua de pasiones pudo descongelar el Horror del candor.
Sólo el Sol negro de la Melancolía y el Astro rojo de un monte arrullado de vestimenta sazonaron
la palidez de esa víctima
-el estéril cuaderno se fertiliza libando el crepitar de humos depositados-.
E inclusive así, inconcluso queda.
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