Qalat Chabir
Poeta que considera el portal su segunda casa
Si simplemente por el candor de tu amor pudieran crecer
cerca del mar, bailando, infinitas huellas de gaviotas;
si solamente acercándome al filo de unas espumas salvajes
pudiera saber de un verdadero amor
en la orilla naciente de finísimas huellas,
toda la arena en la playa sería de un maravilloso color a sol y pan;
si solamente pudiera mantener la vista elevada en torno a ti
un simple instante sonoro entre las calles que dices
y en otros cuerpos tan parecidos.
Pero a veces me acompaña un hielo rezagado en los ojos,
echando espantos,
que no me deja verte con ese ímpetu de adolescente o de recién nacido.
Cuando te presentas a mí con una fuerza atardecida, bailando,
con el aire como una solución de vida fresca y rosa,
con formas de huracán que impregnan mis pupilas de canela;
reconozco que no tengo ninguna excusa negra de sílabas.
¿Acaso es el candor de la palabra en tu boca, que arde y quema;
es la incendiada por un diminuto y amoroso sol
o quizás sea un racimo de versos rojos subrayados
por una intermitente mirada o quizás un mediodía inundado?
Pero después de todo;
hay grietas entre las piedras del tiempo
donde se acentúan finas huellas de gaviotas en la playa,
instantes y sonidos largamente esperados
donde renaces con un maquillaje de música y nido,
flor y círculo de fruta verde;
y caes mordiendo las sombras,
y riegas los sentidos con la fuerza de un fuego blanco
para detener el final anunciado
y vencerlo con la pasión de un girasol poderoso, poderosísimo.
Es aquí la línea recta, el dolor y la pasión,
el dedo índice que te señala como un quijote,
como un asteroide de otros universos
para que no olvides el camino candoroso y vivo.
El viento que voltea la palabra escrita en un papel transparente.
Siempre el sentimiento en forma de paloma agradecida.
cerca del mar, bailando, infinitas huellas de gaviotas;
si solamente acercándome al filo de unas espumas salvajes
pudiera saber de un verdadero amor
en la orilla naciente de finísimas huellas,
toda la arena en la playa sería de un maravilloso color a sol y pan;
si solamente pudiera mantener la vista elevada en torno a ti
un simple instante sonoro entre las calles que dices
y en otros cuerpos tan parecidos.
Pero a veces me acompaña un hielo rezagado en los ojos,
echando espantos,
que no me deja verte con ese ímpetu de adolescente o de recién nacido.
Cuando te presentas a mí con una fuerza atardecida, bailando,
con el aire como una solución de vida fresca y rosa,
con formas de huracán que impregnan mis pupilas de canela;
reconozco que no tengo ninguna excusa negra de sílabas.
¿Acaso es el candor de la palabra en tu boca, que arde y quema;
es la incendiada por un diminuto y amoroso sol
o quizás sea un racimo de versos rojos subrayados
por una intermitente mirada o quizás un mediodía inundado?
Pero después de todo;
hay grietas entre las piedras del tiempo
donde se acentúan finas huellas de gaviotas en la playa,
instantes y sonidos largamente esperados
donde renaces con un maquillaje de música y nido,
flor y círculo de fruta verde;
y caes mordiendo las sombras,
y riegas los sentidos con la fuerza de un fuego blanco
para detener el final anunciado
y vencerlo con la pasión de un girasol poderoso, poderosísimo.
Es aquí la línea recta, el dolor y la pasión,
el dedo índice que te señala como un quijote,
como un asteroide de otros universos
para que no olvides el camino candoroso y vivo.
El viento que voltea la palabra escrita en un papel transparente.
Siempre el sentimiento en forma de paloma agradecida.
Última edición: