Juno
Poeta que considera el portal su segunda casa
Al templo de tus besos, devota de tu piel,
iré vistiendo sueños libertos de tristeza,
ofrendas que escalonan, con férrea firmeza,
el fuste de tu pecho llegando al capitel.
Volutas en cairel
en pos de que el mañana
me traiga sin tardanza, eterna y alazana,
la réplica segura
del alma que se muere ansiosa por tu albura.
Bien sé, del intrincado cordón de arboladura
que rige el derrotero... Directo a la bocana,
de adiós pusiste rumbo a aquella atarazana.
Allí, no tengo amarre que enhebre con ventura
tu amor y mi locura.
Colgado en el dintel
no soy, ni más ni menos, que el pálido arambel
que aún y con presteza,
con ínfima esperanza, por ti por siempre reza
al cielo, que esculpió de llantos el destino
y puso tu mirar vertiendo en mí tu risa,
al ángel de la guarda, caído de la abscisa
que algún fugaz lucero, trazó con torpe tino
dejando en mi camino
las hebras de un anhelo,
al sol que en sus ocasos pintó de oscuro vuelo
las alas del poeta,
al dios que cada letra convierte en su profeta.
Yo sólo pido tiempo, que pare la saeta
que ensarta nuestras vidas con sádico desvelo,
amarte sin silencios, quererte sin recelo...
Sentir, por un instante, cayendo la careta
que oculta toda grieta.
Tu abrazo peregrino
imploro amaneciendo, que alongue vespertino
en esta poetisa
a cambio de su voz orlada en tu divisa.
Última edición: