[TABLE="width: 750"]
[TR]
[TD]No existe el silencio.
¡Por mucho que cautericé mis oídos
para vencer los besos idos
y el sonido que sentencio!
Arranqué mis ojos
sin temores ni demora,
sentenciando cada hora
a ser penumbra de hinojos.
Mis manos las sometí
al fuego de Vesta
para arrojar en una cesta
lo que nunca quise, lo que nunca fui.
Una vez teniendo ajeno el entorno
pude escuchar el correr de las ideas
algunas augustas, otras un tanto feas
pero todas ellas desde mi horno.
En cada palabra un eco resuena;
un eco que ahora es poderoso bastión,
el mismo que me dice en toda ocasión:
“El perdón es cosa buena”[/TD]
[TD]
[/TD]
[/TR]
[/TABLE]
[TR]
[TD]No existe el silencio.
¡Por mucho que cautericé mis oídos
para vencer los besos idos
y el sonido que sentencio!
Arranqué mis ojos
sin temores ni demora,
sentenciando cada hora
a ser penumbra de hinojos.
Mis manos las sometí
al fuego de Vesta
para arrojar en una cesta
lo que nunca quise, lo que nunca fui.
Una vez teniendo ajeno el entorno
pude escuchar el correr de las ideas
algunas augustas, otras un tanto feas
pero todas ellas desde mi horno.
En cada palabra un eco resuena;
un eco que ahora es poderoso bastión,
el mismo que me dice en toda ocasión:
“El perdón es cosa buena”[/TD]
[TD]
[/TR]
[/TABLE]