Arrancaste la ropa
con uñas y brama,
dibujando la trama
de sangre en mi carne,
mientras gritabas
y rompíamos la copa
de tarde en tarde.
El cabello humedecido
enmarcaba tus mejillas,
dejando confundido
al conejo de las maravillas,
mientras retozabas
en los montes de la entrega
encendiendo lo que rozabas
con tus sales y candela.
Tu voz en ausente desvarío,
acusó toda la faena
diluyendo el rubor y la pena
al hacer tu cuerpo mío.