Marisol era una mujer de 28 años de edad, que había sufrido mucho porque en la adolescencia había padecido un accidente en el bosque cercano a su casa -allá en el lago Villarica-. Se había incrustado un tronco que le perforó la espalda, le fracturó varias vértebras, lo cuál requirió de una larga rehabilitación, y por muchos años, por alguna razón desconocida, le dejó una herida profundamente abierta hasta la zona de la médula espinal.
Era lo que los curanderos del pueblo llamaban una "herida huidiza", se escabullía de la sanación y no tenía forma de curarse.
Los curanderos y brujos le decían a Marisol: "La herida que no cura es tu propia responsabilidad".
Pero ella no entendía que significaba esta sentencia.
Un poderoso mago del bosque recomendaba: "Cura tu herida con hiervas de primavera".
Los espíritus de la estación de verano le decían a sus padres: "El solsticio de esta época, le traerán la cura"...
Y así, todos los médicos y curanderos más renombrados iban y le daban su recomendación basados en la evidencia de su propia tradición.
Pero ella intentaba todo, todo y nunca, nunca se curaba.
La herida se cerraba un poco dejando ver las vértebras a veces, otras veces, la médula... le dolía mucho, pero ella y sus seres queridos ya se habían acostumbrado a tanto dolor. Tanto así que ya pasaba casi desapercibido y nadie la tomaba en cuenta, sólo en momentos de crisis. Cuando ella se quejaba ellos decían, "ah ya está haciendo escándalo, cómo le va a doler tanto si debe estar acostumbrada", lo que no entendían es que esta herida podía infectarse y causarle la muerte en cualquier momento, esto la llevaba a vivir una vida huraña y solitaria.
Ella intentaba mostrarse como si nada pasara y ese era el mayor problema, ante los ojos de los demás parecía que no tuviera nada... sus ojos reflejaban el dolor pero su boca esbozaba una sonrisa siempre.
Un día decidió que todo esto cambiaría, se cubrió su herida, tomo todos los consejos de los sabios y no los desechó, pero decidió hacerse a la vida, dejar de encerrarse en su casa por causa de la herida, y si se infectaba, bueno se dijo, "se infecta, pero yo tengo que vivir".
Comenzó a hacer cosas que nunca se atrevió a hacer antes, compartir con gente maravillosa, ver espectáculos de la naturaleza que estaban vetados para ella, ella creía que no podría hacerlo, pero pidió ayuda a todos sus amigos y todos le tendieron una mano, unos en una cosa, otros en otra. Poco a poco dejaron de verla como "la pobrecita", ya que su cuerpo se fue vitalizando, subieron sus endorfinas, se establecieron sus defensas y la herida se cerró.
Ella, quedó con una gran cicatriz en la espalda que le recordó su herida abierta por tantos años, pero ahora sólo le dolía un poco por la brida, de esta forma aprendió que una herida no debía detener su vida y que el componente físico de esta era muy relevante, pero el aspecto psicológico que la estaba deteniendo era aún mayor.
Marisol, ganó una gran cicatriz o brida, pero también gano una vida, y así fue como comprendió la sentencia de los curanderos de su pueblo, de que curar su herida no era sólo responsabilidad de las hierbas y los medicamentos, sino también de su actitud frente a su propia enfermedad.
Era lo que los curanderos del pueblo llamaban una "herida huidiza", se escabullía de la sanación y no tenía forma de curarse.
Los curanderos y brujos le decían a Marisol: "La herida que no cura es tu propia responsabilidad".
Pero ella no entendía que significaba esta sentencia.
Un poderoso mago del bosque recomendaba: "Cura tu herida con hiervas de primavera".
Los espíritus de la estación de verano le decían a sus padres: "El solsticio de esta época, le traerán la cura"...
Y así, todos los médicos y curanderos más renombrados iban y le daban su recomendación basados en la evidencia de su propia tradición.
Pero ella intentaba todo, todo y nunca, nunca se curaba.
La herida se cerraba un poco dejando ver las vértebras a veces, otras veces, la médula... le dolía mucho, pero ella y sus seres queridos ya se habían acostumbrado a tanto dolor. Tanto así que ya pasaba casi desapercibido y nadie la tomaba en cuenta, sólo en momentos de crisis. Cuando ella se quejaba ellos decían, "ah ya está haciendo escándalo, cómo le va a doler tanto si debe estar acostumbrada", lo que no entendían es que esta herida podía infectarse y causarle la muerte en cualquier momento, esto la llevaba a vivir una vida huraña y solitaria.
Ella intentaba mostrarse como si nada pasara y ese era el mayor problema, ante los ojos de los demás parecía que no tuviera nada... sus ojos reflejaban el dolor pero su boca esbozaba una sonrisa siempre.
Un día decidió que todo esto cambiaría, se cubrió su herida, tomo todos los consejos de los sabios y no los desechó, pero decidió hacerse a la vida, dejar de encerrarse en su casa por causa de la herida, y si se infectaba, bueno se dijo, "se infecta, pero yo tengo que vivir".
Comenzó a hacer cosas que nunca se atrevió a hacer antes, compartir con gente maravillosa, ver espectáculos de la naturaleza que estaban vetados para ella, ella creía que no podría hacerlo, pero pidió ayuda a todos sus amigos y todos le tendieron una mano, unos en una cosa, otros en otra. Poco a poco dejaron de verla como "la pobrecita", ya que su cuerpo se fue vitalizando, subieron sus endorfinas, se establecieron sus defensas y la herida se cerró.
Ella, quedó con una gran cicatriz en la espalda que le recordó su herida abierta por tantos años, pero ahora sólo le dolía un poco por la brida, de esta forma aprendió que una herida no debía detener su vida y que el componente físico de esta era muy relevante, pero el aspecto psicológico que la estaba deteniendo era aún mayor.
Marisol, ganó una gran cicatriz o brida, pero también gano una vida, y así fue como comprendió la sentencia de los curanderos de su pueblo, de que curar su herida no era sólo responsabilidad de las hierbas y los medicamentos, sino también de su actitud frente a su propia enfermedad.
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