Punzadas de aflicción, puntadas de ira que amargan la nobleza del ser que no las desvía. No hay lugar en ellos para el airamiento; los consume su entereza, su regia pasión, monárquica causa de enfrentar en soledad la puntada, la lanzada de la iniquidad, tantas veces movida por la diestra dormida de un ser, no supremo, inferior. Arbitrario.
Yo sería condescendiente; perdonaría, condonaría el sufrimiento; repartiría, con quien no conoce, las mieles del dolor. Tan enriquecedor, tan sugestivo como el cuchillo en el ombligo. Como la intempestiva y devastadora manotada del gélido atardecer invernal sobre la capota de una sombrilla de sol abandonada en febrero. Hoy mismo.
¡Qué fácil es!, ¿cuál es la fuerza de la marea cuando son los astros de la riqueza a quienes se aplica la Ley de Newton y, por ende, la gravedad? ¡Cuán difícil es arrastrarse donde la suciedad y la inmundicia del aislado se oponen al respirar, tergiversando el mensaje y el hilo conductor de nuestras palabras! Se suprimen los puntos y añaden comas, subterfugios, acotamientos, condiciones para nuestra permanencia en el lugar.
¡Cuán ruin suena la palabra "ayuda" y "conmiseración" cuando cerca de ella, es el eco del estertor del moribundo el que retiembla contra la simple paz y espera de las arrinconadas telarañas!
Ser mudo no es cuestión en tal peldaño del mundo. Porque las palabras escritas y habladas ya han dejado de ser leídas y escuchadas. Sólo son repatriadas al mismo rincón. Repudiadas. Después de garabatear un anuncio de una multinacional en vivo rojo y dulzón carmesí, o de bailar un vals vienés con la primera ministra en el encabezamiento del "Zeitung" de turno, en blanco y negro, como si la tinta de color no mereciera tales palabras, provenientes de un planeta dentro del nuestro y tan alejado como el mismo sol.
Abrazos, Loma Fresquita, compañera, me has sugerido muchas cosas, tal vez las cuelgue como prosa sociopolítica. De nuevo, abrazos y gracias por todo.