Frater Noctis
Poeta recién llegado
14 de Agosto de1791, Isla de la Española.
La luz del atardecer teñía de sangre el firmamento caribeño. Para miles de esclavos era la señal que marcaba el final de otra insoportable jornada de trabajo en las plantaciones de las colonias francesas. Regresaban a sus chozas cabizbajos, maldiciendo otra vez aquel día en que fueron arrancados de su tierra. En cada hombre y mujer el oscuro espíritu del rencor aumentaba más y más, hasta convertirse en el estandarte de sus vidas. Esa noche se había convocado a todo el mundo a una ceremonia, que en la clandestinidad se llevaría a cabo en la selva, en un lugar conocido como Boïs Caiman.
Los franceses preñados de ignorancia y superioridad, habían cometido un grave error, al considerar que la mano de obra que trajeron del otro lado del Atlántico, eran meros animales salvajes desprovistos de alma.Nada más allá de la realidad. Desde la Costa de los Esclavos, las bodegas de los barcos eran colmatadas de seres humanos que iban a ser enviados a la otra orilla del mundo. Esos infames cargamentos guardaban un secreto que marcaría la diferencia en años venideros. Sanguinarios guerreros congo y yoruba, para quiénes la guerra constituía el soplo vital de su existencia, se hacinaban junto a los hechiceros más extraordinarios de la madre África. Gentes de Dahomey, que desde tiempos inmemoriales habían sido cabalgados por el Gran Espíritu, testaferros de su inconmensurable poder. Una bomba de relojería que algún día estallaría delante de los mostachos de los diablos blancos.
Cientos de antorchas marchaban en silencio hacia un claro en el bosque de Boïs Caiman, colocándose en torno a una enorme hoguera, preparándose a participar en la esperada ceremonia. Una gran tormenta empezaba a formarse frente a las playas de Cap Français, y amenazaba con engullirlo todo. Acto seguido un fuerte aguacero descargó sobre las cabezas de los participantes que silenciosamente estoicos, aguantaban en medio de la tempestad. Sentados cerca del fuego se colocaron veinte hombres que portaban los tambores sagrados.Rompieron el silencio cuando el cielo se partió con el primer trueno. Sus ritmos empezaban a tejer la atmósfera necesaria para alcanzar la absoluta comunión de las almas allí reunidas. El furor de la tormenta se mezcló con el furor de los corazones en una simbiosis perfecta. Una puerta se estaba empezando a abrir y a través de ella un poder con mayúsculas pronto entraría. La gente bailaba espásticamente, agitada por el acompasado golpeteo. La aparentemente anárquica situación aumentaba de intensidad. Algunos caían al suelo y se retorcían grotescamente sumidos en un espeluznante trance. Otros imitaban precisos movimientos felinos mientras sus ojos, imposiblemente abiertos, permanecían en blanco. El Gran Espíritu pronto estaría allí entre ellos, para sentirlo con más rotundidad que nunca. Acudiría a aquellos hombres y mujeres, dispuesto a saciar su sed de venganza.
Abriéndose paso a través de la multitud avanzaba una extraña comitiva. Un par de tipos fornidos machete en mano, apartaban a la gente intentando dejar vía libre a quiénes ofrecían su protección. Se trataba de una mujer vieja y enjuta que daba fuertes tirones de una soga amarrada al cuello de un enorme jabalí negro, y de un hombre extremadamente delgado y alto que andaba pesadamente a través del barrizal con los ojos cerrados. Eran la mecha que iba a encenderse esa noche para detonar la bomba de la revolución.
Cécile Fatiman se había convertido en la Mambo más poderosa del norte de la isla gracias al miedo que infundía en la gente. La bruja malvada con que las madres asustaban a los hijos desobedientes. En su cara, pequeña y arrugada, lucían dos brasas por ojos que centelleaban con una luz sobrenatural. La luz de la oscura magia que habitaba en ella. El negro y enorme jabalí, hechizado para la ocasión, la seguía cual mascota ajeno a su inminente final. El hombre que andaba a ciegas justo detrás, era conocido como Boukmann. Su imponente figura resaltaba entre la multitud quele reverenciaba a su paso vitoreando su nombre. El Houngan había llegado. Los Loas lo guiaban a través de la historia para liberar un pueblo.
Ahora sólo el tambor madre sonaba ya. Grandilocuente, desafiando a la espectacular tormenta que se cernía sobre aquel claro en el bosque de Boïs Caimán. La Puerta estaba abierta de par en par. Sólo un puente faltaba. La ceremonia iba a comenzar.
En un instante todo quedó en absoluto silencio. La gente calló. El tambor calló. La tormenta calló. Junto a la gran hoguera, Boukman abrió por fin los ojos y con el rostro vuelto hacía el cielo comenzó a decir:
« El Dios que creó la Tierra y que creó el Sol que nos da luz. El Dios que sostiene el océano, que hace el rayo tronar. Es nuestro Dios y tiene oídos que escuchan. Él, que esta escondido en las nubes, que nos observa desde allí, ha visto todo lo que los blancos nos han hecho sufrir. El Dios de los hombres blancos quiere que estos cometan crímenes contra nosotros. Así, nuestro Dios nos ordena que nos venguemos de ellos. Él dirigirá nuestra lucha y nos llevará a la victoria. Él nos ayudará. Tenemos que destruir la imagen del Dios de los blancos y no tener piedad. Escuchad hermanos míos. Son las voces de la libertad que hablan dentro de nuestros corazones ».
Acto seguido Cécile alzó sus huesudos brazos, y con un gesto desencajado asestó un tremendo machetazo al embrujado animal, que sin emitir sonido alguno, cayó al suelo fulminado. La Mambo llenó un cuenco con la sangre que salía a borbotones del profundo corte, y dio a beber a Boukmann que esperaba mirando fijamente al ojo de la de la tormenta. Bebió despacio, saboreando cada molécula, comulgando con la deidad que desde el cielo iba a descender a la tierra de un momento a otro.
El pacto había sido sellado.
Los años venideros tiñeron de rojo el blanco vestido de la libertad. Así se forjaría el espíritu de un país, donde el bien y el mal yacen en la misma cama, y la puerta al otro lado siempre está entreabierta.
La luz del atardecer teñía de sangre el firmamento caribeño. Para miles de esclavos era la señal que marcaba el final de otra insoportable jornada de trabajo en las plantaciones de las colonias francesas. Regresaban a sus chozas cabizbajos, maldiciendo otra vez aquel día en que fueron arrancados de su tierra. En cada hombre y mujer el oscuro espíritu del rencor aumentaba más y más, hasta convertirse en el estandarte de sus vidas. Esa noche se había convocado a todo el mundo a una ceremonia, que en la clandestinidad se llevaría a cabo en la selva, en un lugar conocido como Boïs Caiman.
Los franceses preñados de ignorancia y superioridad, habían cometido un grave error, al considerar que la mano de obra que trajeron del otro lado del Atlántico, eran meros animales salvajes desprovistos de alma.Nada más allá de la realidad. Desde la Costa de los Esclavos, las bodegas de los barcos eran colmatadas de seres humanos que iban a ser enviados a la otra orilla del mundo. Esos infames cargamentos guardaban un secreto que marcaría la diferencia en años venideros. Sanguinarios guerreros congo y yoruba, para quiénes la guerra constituía el soplo vital de su existencia, se hacinaban junto a los hechiceros más extraordinarios de la madre África. Gentes de Dahomey, que desde tiempos inmemoriales habían sido cabalgados por el Gran Espíritu, testaferros de su inconmensurable poder. Una bomba de relojería que algún día estallaría delante de los mostachos de los diablos blancos.
Cientos de antorchas marchaban en silencio hacia un claro en el bosque de Boïs Caiman, colocándose en torno a una enorme hoguera, preparándose a participar en la esperada ceremonia. Una gran tormenta empezaba a formarse frente a las playas de Cap Français, y amenazaba con engullirlo todo. Acto seguido un fuerte aguacero descargó sobre las cabezas de los participantes que silenciosamente estoicos, aguantaban en medio de la tempestad. Sentados cerca del fuego se colocaron veinte hombres que portaban los tambores sagrados.Rompieron el silencio cuando el cielo se partió con el primer trueno. Sus ritmos empezaban a tejer la atmósfera necesaria para alcanzar la absoluta comunión de las almas allí reunidas. El furor de la tormenta se mezcló con el furor de los corazones en una simbiosis perfecta. Una puerta se estaba empezando a abrir y a través de ella un poder con mayúsculas pronto entraría. La gente bailaba espásticamente, agitada por el acompasado golpeteo. La aparentemente anárquica situación aumentaba de intensidad. Algunos caían al suelo y se retorcían grotescamente sumidos en un espeluznante trance. Otros imitaban precisos movimientos felinos mientras sus ojos, imposiblemente abiertos, permanecían en blanco. El Gran Espíritu pronto estaría allí entre ellos, para sentirlo con más rotundidad que nunca. Acudiría a aquellos hombres y mujeres, dispuesto a saciar su sed de venganza.
Abriéndose paso a través de la multitud avanzaba una extraña comitiva. Un par de tipos fornidos machete en mano, apartaban a la gente intentando dejar vía libre a quiénes ofrecían su protección. Se trataba de una mujer vieja y enjuta que daba fuertes tirones de una soga amarrada al cuello de un enorme jabalí negro, y de un hombre extremadamente delgado y alto que andaba pesadamente a través del barrizal con los ojos cerrados. Eran la mecha que iba a encenderse esa noche para detonar la bomba de la revolución.
Cécile Fatiman se había convertido en la Mambo más poderosa del norte de la isla gracias al miedo que infundía en la gente. La bruja malvada con que las madres asustaban a los hijos desobedientes. En su cara, pequeña y arrugada, lucían dos brasas por ojos que centelleaban con una luz sobrenatural. La luz de la oscura magia que habitaba en ella. El negro y enorme jabalí, hechizado para la ocasión, la seguía cual mascota ajeno a su inminente final. El hombre que andaba a ciegas justo detrás, era conocido como Boukmann. Su imponente figura resaltaba entre la multitud quele reverenciaba a su paso vitoreando su nombre. El Houngan había llegado. Los Loas lo guiaban a través de la historia para liberar un pueblo.
Ahora sólo el tambor madre sonaba ya. Grandilocuente, desafiando a la espectacular tormenta que se cernía sobre aquel claro en el bosque de Boïs Caimán. La Puerta estaba abierta de par en par. Sólo un puente faltaba. La ceremonia iba a comenzar.
En un instante todo quedó en absoluto silencio. La gente calló. El tambor calló. La tormenta calló. Junto a la gran hoguera, Boukman abrió por fin los ojos y con el rostro vuelto hacía el cielo comenzó a decir:
« El Dios que creó la Tierra y que creó el Sol que nos da luz. El Dios que sostiene el océano, que hace el rayo tronar. Es nuestro Dios y tiene oídos que escuchan. Él, que esta escondido en las nubes, que nos observa desde allí, ha visto todo lo que los blancos nos han hecho sufrir. El Dios de los hombres blancos quiere que estos cometan crímenes contra nosotros. Así, nuestro Dios nos ordena que nos venguemos de ellos. Él dirigirá nuestra lucha y nos llevará a la victoria. Él nos ayudará. Tenemos que destruir la imagen del Dios de los blancos y no tener piedad. Escuchad hermanos míos. Son las voces de la libertad que hablan dentro de nuestros corazones ».
Acto seguido Cécile alzó sus huesudos brazos, y con un gesto desencajado asestó un tremendo machetazo al embrujado animal, que sin emitir sonido alguno, cayó al suelo fulminado. La Mambo llenó un cuenco con la sangre que salía a borbotones del profundo corte, y dio a beber a Boukmann que esperaba mirando fijamente al ojo de la de la tormenta. Bebió despacio, saboreando cada molécula, comulgando con la deidad que desde el cielo iba a descender a la tierra de un momento a otro.
El pacto había sido sellado.
Los años venideros tiñeron de rojo el blanco vestido de la libertad. Así se forjaría el espíritu de un país, donde el bien y el mal yacen en la misma cama, y la puerta al otro lado siempre está entreabierta.
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