Francisco Aravena
Poeta recién llegado
Ahí estaba, pintando de azul su arena,
no sabía bien por qué, pero ahí estaba,
mirando al cielo, buscando su luna llena.
El sol se lo impedía, provocaba su ceguera.
El silencio abrazador, su única compañía,
con ironía le suplicaba que se fuera.
Ahí estaba, tanteando hacia el vacío,
con sus manos partidas, ya nada era real.
Entumecidos sus pies, calzándose de frío.
De pie se encontraba, y ya nada sentía.
Moribundo el corazón, palpita una señal,
esfuerzo banal, la luna no se aprecia de día.
En soledad dejó pasar, su sabiduría espiritual,
preocupación excesiva, por dejarse guiar
en su cegado afán, dejo de seguir lo esencial.
Desesperado, ante tanta tranquilidad,
olvidó su arena azul, su eterno manantial,
condenándose a vivir, en eterna soledad.
no sabía bien por qué, pero ahí estaba,
mirando al cielo, buscando su luna llena.
El sol se lo impedía, provocaba su ceguera.
El silencio abrazador, su única compañía,
con ironía le suplicaba que se fuera.
Ahí estaba, tanteando hacia el vacío,
con sus manos partidas, ya nada era real.
Entumecidos sus pies, calzándose de frío.
De pie se encontraba, y ya nada sentía.
Moribundo el corazón, palpita una señal,
esfuerzo banal, la luna no se aprecia de día.
En soledad dejó pasar, su sabiduría espiritual,
preocupación excesiva, por dejarse guiar
en su cegado afán, dejo de seguir lo esencial.
Desesperado, ante tanta tranquilidad,
olvidó su arena azul, su eterno manantial,
condenándose a vivir, en eterna soledad.