Ricardo José Lascano
Poeta que considera el portal su segunda casa
Un alud de mineral ardiente tapó las desnudas estatuas
hostigando el filo de su onda primavera. Endureció la tierra
de la raíz que copiaba el flujo de su devenir temprano
con párpados pesados de diamantes procurando el fruto,
el divino campo de la siembra de los girasoles continuos
ardiendo ahora sus lenguas ante la pezuña oscura
de los comensales que confundieron la madera con cristales
de un sueño que no reflejan rostros ni acerca dóciles manos.
Le quedaba mejor, nunca se lo dije, pero había nidos
con aroma a jazmín entre las nudosas fibras de su mesa.
No había tiempo para las miradas porque nos veíamos dentro
como se ve la hierba sobre la noche de los espejos fijos.
Pero hay un tiempo que arrastra, confunde y te somete
y no te mirará vencido porque es tiempo que te espera
desnudo como fuiste, integral de huellas que allanaban
la dura sepa de la felicidad. Ahora vienen.
No se detendrán porque no saben cómo.
Nadie les dijo lo bien que se veían sus mesas.
hostigando el filo de su onda primavera. Endureció la tierra
de la raíz que copiaba el flujo de su devenir temprano
con párpados pesados de diamantes procurando el fruto,
el divino campo de la siembra de los girasoles continuos
ardiendo ahora sus lenguas ante la pezuña oscura
de los comensales que confundieron la madera con cristales
de un sueño que no reflejan rostros ni acerca dóciles manos.
Le quedaba mejor, nunca se lo dije, pero había nidos
con aroma a jazmín entre las nudosas fibras de su mesa.
No había tiempo para las miradas porque nos veíamos dentro
como se ve la hierba sobre la noche de los espejos fijos.
Pero hay un tiempo que arrastra, confunde y te somete
y no te mirará vencido porque es tiempo que te espera
desnudo como fuiste, integral de huellas que allanaban
la dura sepa de la felicidad. Ahora vienen.
No se detendrán porque no saben cómo.
Nadie les dijo lo bien que se veían sus mesas.
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