El Cielo de Octubre
Poeta asiduo al portal
Una tarde en una feria no me diga donde usted,
vio Esther por vez primera al hombre viejo,
que se ocultaba de las luces entre algodones de azúcar
y un cubo oxidado utilizaba de espejo.
Esa tarde en esa feria se acercó el hombre a Esther
y tras hacer de introducción un silencio,
sacó del cubo una muñeca, con una perfecta figura,
y en las manos se la colocó como obsequio.
Te entrego el alma de un viejo que no la supo vender
al precio que él pensó ser justo y serio,
a cambio de ella le dieron esta muñeca desnuda,
puede ser tuya, pero otro alma es su precio.
Acariciando a la muñeca como si fuera su propia piel
se alejó del carnaval dando gracias al viejo,
pero despistada ella jugando se equivocó de ruta,
y junto a un lago usó un árbol como techo.
Asustada del frío y los ruidos ya no supo que hacer
mientras huía nadando notando el peso en su cuerpo,
pero su ropa se hacía pesada, y decidió quedar desnuda,
pues sus fuerzas le impedían nadar más lejos.
Abrazada a su tobillo la muñeca del hombre aquel
arrastraba a la niña hasta el más inmenso suelo,
y tras el silencio infinito, la oscuridad más profunda,
hizo a Esther entrar en un profundo sueño.
vio Esther por vez primera al hombre viejo,
que se ocultaba de las luces entre algodones de azúcar
y un cubo oxidado utilizaba de espejo.
Esa tarde en esa feria se acercó el hombre a Esther
y tras hacer de introducción un silencio,
sacó del cubo una muñeca, con una perfecta figura,
y en las manos se la colocó como obsequio.
Te entrego el alma de un viejo que no la supo vender
al precio que él pensó ser justo y serio,
a cambio de ella le dieron esta muñeca desnuda,
puede ser tuya, pero otro alma es su precio.
Acariciando a la muñeca como si fuera su propia piel
se alejó del carnaval dando gracias al viejo,
pero despistada ella jugando se equivocó de ruta,
y junto a un lago usó un árbol como techo.
Asustada del frío y los ruidos ya no supo que hacer
mientras huía nadando notando el peso en su cuerpo,
pero su ropa se hacía pesada, y decidió quedar desnuda,
pues sus fuerzas le impedían nadar más lejos.
Abrazada a su tobillo la muñeca del hombre aquel
arrastraba a la niña hasta el más inmenso suelo,
y tras el silencio infinito, la oscuridad más profunda,
hizo a Esther entrar en un profundo sueño.