"Manuelillo"
Minusválido inconsciente
de su inútil existencia
que soporta con paciencia
los desprecios de la gente.
Ni cobarde ni valiente,
a la desdicha se enfrenta
ignorando toda afrenta,
y perdona los insultos
que profieren los incultos
de estupidez irredenta.
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Vive solo en un altillo
que le presta una mujer,
todavía de buen ver,
protectora del chiquillo.
-"¡Hazme caso, Manuelillo,
sé feliz y triunfarás
demostrando a los demás
que eres más inteligente,
y aunque seas diferente
vales, que ellos, mucho más!".
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Manuelillo nada entiende
y se duerme agradecido
del cariño concedido
por la mujer que lo atiende.
Es generosa y pretende,
derrochando corazón,
que no sienta desazón
el muchacho de ojos claros
y de andares algo raros
al que cede habitación.
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Y la cojera progresa
conforme el tiempo transcurre,
pero su mente discurre
por senderos de turquesa.
Por el trabajo posesa,
el alma de nuestro amigo
planta cara a su castigo
y promete a la mujer
que a la suerte ha de vencer
poniendo a Dios por testigo.
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Manuelillo ya es Manuel
y la mujer está muerta.
La casucha está desierta:
nada queda del burdel.
Nunca olvida su clavel
que con amor deposita
cuando el domingo se cita
en la tumba de la dama
que le ofrece pan y cama
al que más lo necesita.
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Una lágrima resbala
por su lampiña mejilla
mientras sentado en su silla
en los cielos se regala.
Y su mirada se iguala
en gratitud y entereza
a la de un ángel que reza
con fervorosa pasión
una sentida oración
de esmeraldina belleza.
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Don Manuel es abogado:
ha cumplido su promesa.
En la calle, con sorpresa,
el asunto es comentado.
Es ejemplo, es denostado:
-"O espabilas o te quedas".
-"No hagas más de lo que puedas".
Y para gente malvada,
y envidiosa y despiadada:
-"Morirá en silla de ruedas".
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Churrete
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