Leonardo Vinci
Poeta recién llegado
Ostentan tus ojos benditos el poder de la licantropía; y como una mentira de lo sagrado que hay en mí, tu piel se extiende como tinta y papel, lacre y silencio, mientras las sombras se queman y arrebujan en madrigueras y laberintos atiborrados de crisoles con plata, donde el sueño se empecina y prepara en su más abnegada tarea, oficio, o como merezca llamarse al temple y los aceros que golpean el pedernal de los infiernos. Y aunque el mar, ese lugar al que alguien creyó tirar alguna vez la llave de un cerrojo llamado tiempo, ondula como un camastro infinito, donde yace la música postrada y amenazada de muerte sin resurrección, así, con ese parecido movimiento vago, la llama azafranada de una vela custodia mi retina, como si fuera ella ese féretro solemne donde descansan los restos de viejas imágenes, los sueños que ahora despiertan con su tos en la noche. Instinto, instinto que te lleva conmigo y te reproduce en el más maravilloso y pulido de los espejos, tu vida misma, de la que brota tu voz contra mi cara abriendo las jaulas del dolor de la noche, y muy a pesar de las bestias y sus cortantes lenguas de fuego. Tus ojos benditos.