Leonardo Vinci
Poeta recién llegado
Llueve,
y a bocanadas el cielo pretende congelarte
como un fárrago de rayas grises sobre los techos.
Llueve,
y te juro que soy incapaz de calcular nada en esta esquina,
soy yo mismo una inundación
que separa las veredas hasta romperse.
El agua cae desesperada,
se mata en las pendientes,
y se agolpa en los rincones.
Me llega el arbitrio de tu nombre
como graznidos lejanos;
ese líquido de tu boca
que ahora sale de la noche
y usa tu voz para inundarme.
Llueve y es la nostalgia de siempre,
es ese rastro al descuido entre las frazadas
y el despertar reminiscente,
es el almíbar que en mi boca se hace lábil
a pesar del ingenioso recuerdo y su ambrosía;
es esa mirada de zafiro tuya desde aquí adentro,
condenándome al exilio de la luz.
Se junta en los pliegues
de lo que dice llamarse corazón,
algo como un polvo radioactivo,
como si una diadema de cadmio rusiente
fuera esa justa razón por la que la lluvia se atreve
entre las cintas de tu pelo.
Y yo cierro los ojos, y ella huele a vos.
y a bocanadas el cielo pretende congelarte
como un fárrago de rayas grises sobre los techos.
Llueve,
y te juro que soy incapaz de calcular nada en esta esquina,
soy yo mismo una inundación
que separa las veredas hasta romperse.
El agua cae desesperada,
se mata en las pendientes,
y se agolpa en los rincones.
Me llega el arbitrio de tu nombre
como graznidos lejanos;
ese líquido de tu boca
que ahora sale de la noche
y usa tu voz para inundarme.
Llueve y es la nostalgia de siempre,
es ese rastro al descuido entre las frazadas
y el despertar reminiscente,
es el almíbar que en mi boca se hace lábil
a pesar del ingenioso recuerdo y su ambrosía;
es esa mirada de zafiro tuya desde aquí adentro,
condenándome al exilio de la luz.
Se junta en los pliegues
de lo que dice llamarse corazón,
algo como un polvo radioactivo,
como si una diadema de cadmio rusiente
fuera esa justa razón por la que la lluvia se atreve
entre las cintas de tu pelo.
Y yo cierro los ojos, y ella huele a vos.