Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Rápido.
Y duro. Como un golpe.
Dolor. Dolor intenso que te abre la piel.
Se rompe la luz en mil oscuridades
y llega el silencio, profundo,
tenebrante,
que no aciertan a romper los ruidos,
las voces, los gritos,
el llanto.
El mundo se derrumba,
nos ahoga, aprisiona,
mientras el alma se asfixia
en boqueadas lancinantes.
Un niño.
El niño.
¡Mi niño!
Perdido. Y morimos todos
un poco, un mucho, con él.
Y más dolor.
Estalla el pecho,
mientras el triste corazón
se empeña en seguir latiendo.
Me duele
y respiro.
Me duele
y veo, oigo, siento.
Me duele
y, a pesar de todo, vivo
Tal vez habrá otro tiempo
dode pueda anidar
junto al dolor el recuerdo.
Para siempre niño;
por siempre bello y tierno.
No habrá vejez
para el niño eterno.
Llegará el día
que el regazo materno
sienta, como un eco,
el leve peso de su cuerpo.
Un estremecimiento recorrerá el reposo
en la duermevela de la tarde,
remembranza de un tiempo hermoso.
Pasarán los años
y jugará en los juegos de los otros.
Dejará oir su risa
entre el bullicio alegre
de un parque, o un colegio.
Y tu sabrás que es su voz,
su mano, sus labios,
quienes rápidos, como un juego,
a tu lado se deslicen,
pues te habrán estremecido,
en el hálito de un beso.
A una madre, que perdió a su hijo y no halla consuelo.
Y duro. Como un golpe.
Dolor. Dolor intenso que te abre la piel.
Se rompe la luz en mil oscuridades
y llega el silencio, profundo,
tenebrante,
que no aciertan a romper los ruidos,
las voces, los gritos,
el llanto.
El mundo se derrumba,
nos ahoga, aprisiona,
mientras el alma se asfixia
en boqueadas lancinantes.
Un niño.
El niño.
¡Mi niño!
Perdido. Y morimos todos
un poco, un mucho, con él.
Y más dolor.
Estalla el pecho,
mientras el triste corazón
se empeña en seguir latiendo.
Me duele
y respiro.
Me duele
y veo, oigo, siento.
Me duele
y, a pesar de todo, vivo
Tal vez habrá otro tiempo
dode pueda anidar
junto al dolor el recuerdo.
Para siempre niño;
por siempre bello y tierno.
No habrá vejez
para el niño eterno.
Llegará el día
que el regazo materno
sienta, como un eco,
el leve peso de su cuerpo.
Un estremecimiento recorrerá el reposo
en la duermevela de la tarde,
remembranza de un tiempo hermoso.
Pasarán los años
y jugará en los juegos de los otros.
Dejará oir su risa
entre el bullicio alegre
de un parque, o un colegio.
Y tu sabrás que es su voz,
su mano, sus labios,
quienes rápidos, como un juego,
a tu lado se deslicen,
pues te habrán estremecido,
en el hálito de un beso.
A una madre, que perdió a su hijo y no halla consuelo.